Moniciones y homilías

Domingo  23  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos, hermanos y amigos, a esta Eucaristía familiar en este recién comenzado mes de septiembre.

Damos gracias a Dios por su Palabra. ¿Pero la escuchamos? ¿No os parece que, a veces, somos sordos a lo que el Señor nos propone o nos señala?

Abramos nuestro corazón, nuestros oídos, nuestra inteligencia. Porque, el Señor, sale a nuestro encuentro y nos da su fuerza y su valor.

Alegrémonos en este Día del Señor.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Dios es Salvación y vida. Su presencia siempre es un cambio para el que cree y espera en Él. Por ello mismo, si creemos en Él, todos somos iguales, somos hermanos. Que el Evangelio de este día, además, nos ayude a escuchar y pensar siempre en lo que Dios quiere de nosotros.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que nos despierte de la sordera espiritual y podamos seguir mejor al Señor. Roguemos al Señor.

2. Por aquellos que no pueden tener las sensaciones que nosotros tenemos a través de la música, de la palabra y de tantas cosas. Roguemos al Señor.

3. Por los que intentan adormecer la conciencia de las personas. Para que respeten los valores y las ideas de los demás. Roguemos al Señor.

4. Por los sacerdotes. Para que recemos por ellos. Para que les ayudemos en su labor pastoral. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 23 del T.O / B

 

“No ya peor sordo que, aquel que no quiere oír”. Y también, en la vida de la fe, hay mucho sordo.

1.- A veces pensamos que Dios que es tan bueno, comprende y hasta asume nuestras debilidades. Por eso, su Palabra, cuando es excesivamente dura y nos pone las cartas sobre la mesa, solemos decir: eso es para otros. Automáticamente nos hacemos los sordos. Es algo que no va con nosotros.

Y es que, alcanzar la verdad en nuestra existencia, es una tarea ardua, difícil. Exige empeño, atención, perseverancia. Y, porque no decirlo, son tantos los inconvenientes, los “inhibidores” que nos impiden escuchar con nitidez a Dios que, en el campo de la fe, hay mucho sordo.

2.- El peligro del creyente, lo decía una y otra vez el Papa Benedicto XVI, es caer en el “olvido sistemático de Dios”. Yo diría que estamos padeciendo la “gripe E”. La gripe espiritual. Donde nos dejamos contagiar por lo malo. Y damos por bueno lo que es pernicioso para nuestra salud espiritual.

¿Qué hacer para luchar contra la “gripe E”?

a) Primero salir de nuestros egoísmos personales. El abrirnos, además de darnos horizontes, nos posibilita un enriquecimiento personal y comunitario. ¿Cómo me encuentro frente a Dios y frente a mis hermanos? ¿Qué actitud presento en palabras y obras?

b) Segundo: tenemos que despertar de nuevo, con ilusión y con entusiasmo, en la alegría de creer y de esperar en Jesús. NO podemos dejar que, la mano providente del Señor, salga constantemente a nuestro encuentro. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos ponemos en disposición de cambio? ¿Estamos dispuestos a ello?

c) Tercero: pidamos al Señor, que siempre que nos presentemos ante EL, lo hagamos con docilidad. Ni vemos todo lo que hay; ni oímos todo lo que El nos dice. La peor sordera que existe en el mundo cristiano es precisamente que nos cuesta escuchar mensajes cristianos. Preferimos “mundanizar” nuestra fe, a que nuestra fe cristianice todo lo que somos, tenemos y decimos.

3.- Que el Señor abra nuestros oídos. Que seamos capaces de percibir su presencia. Que su Palabra sea un río de agua viva. Que, en medio de tantas enfermedades y preocupaciones, la fe sea fuente de salud, de confianza y de esperanza.

Hay muchos intereses y muchos medios empeñados en producir sordera ante todo lo que suena a espiritual. Que seamos capaces de enfrentarnos a ello, limpiándonos una y otra vez el oído que da cobertura a nuestra fe.

 

 

 

La figura de Beethoven resulta una figura desconcertante. Todo el mundo se deleitaba con su música, menos él. Todos escuchaban sus sinfonías, menos él. En el llamado Testamento de Heiligendstat, escrito en 1802 y que nunca llegó a sus destinatarios describe su amargura: “Qué gran humillación experimentaba cuando alguien estaba a mi lado oyendo desde lejos la flauta mientras yo, por el contrario, no podía oír nada. Tales situaciones me llevaron al borde de la desesperación y faltó muy poco para que acabara con mi vida. Sólo la fuerza del arte me retuvo”. Beethoven era sordo. Y sin embargo ha sido uno de los grandes genios de la música. El escuchaba la música desde dentro. Pero no podía escucharla con los oídos externos como los demás. Esto le humillaba, pero a la vez, le avivaba el instinto musical que le brotaba desde dentro. Y sólo la “fuerza del arte” fue capaz de detenerle para que no llegara a la locura del suicidio.

 

El sordomudo del Evangelio de hoy me ha traído a la memoria lo de Beethoven. El Evangelio dice que era sordo y a la vez tartamudo. No oía y hablaba mal. No entendía lo que le decían. Y los demás entendían con dificultad lo que él decía. Un hombre herido en las dos facultades más importantes para la comunicación humana.

Diera la impresión de ser ya un hombre frustrado y sin vida. Resignado a su suerte. No es él quien se acerca a Jesús. Otros lo traen: “le presentaron un sordo, que además apenas podía hablar”.

 

Un hombre que se siente a gusto con su sordera. No siente necesidad de escuchar a nadie. Se siente bien con sus propios ruidos interiores.

Aquí nadie tiene nombre. Ni los que lo llevan ni el que es llevado. Lo cual nos está indicando que ese “sordo” y ese “tartamudo” puede ser cualquiera. Todos arrastramos demasiadas sorderas. Y todos somos bastante tartamudos a la hora de proclamar nuestra fe. El Evangelio dice que Jesús lo lleva aparte y le abrió los oídos y le soltó la lengua. Si Dios es Palabra y se hace palabra, nosotros somos oído: “Escucha Israel”. Y Jesús mismos habla de los “que escuchan la Palabra”.

 

¿Se tratará realmente del milagro físico de abrir los oídos y soltar la lengua, o no será, posiblemente, que le abrió el corazón para escuchar a Dios desde dentro? ¿No recuerdas cómo antes al bautizar a un niño también se le metía el dedo en el oído y se le decía, como al ciego, “Effetá”. “Abrete”? El bautismo nos sana de nuestras sorderas para que podamos escuchar a Dios.

Hay hombres sordos por fuera. Pero grandes oyentes por dentro.  Hay quienes todo lo quieren escuchar con los oídos, pero escuchan muy poco con el corazón. Todos nos sentimos impresionados por los “sordos del oído”, y sin embargo, qué poco nos dicen los “sordos del corazón”.

Dios nos habla al oído con su Palabra. Pero Dios, nos habla mucho más “al oído del corazón”. Se puede escuchar la voz de Dios con los oídos y no escucharle con el corazón. Jesús habla de la “dureza de corazón”. “El que tenga oídos que oiga”. El que sea capaz de escuchar desde dentro y por dentro que escuche.

El Espíritu Santo habla casi siempre en el silencio. Y el silencio sólo lo escucha nuestro espíritu. Además el silencio sólo se escucha en silencio. Cuántas veces, al sentirnos dentro de un bosque o en una montaña decimos: “escucha el silencio”.

Como Beethoven todos pasamos por esos malos momentos de crisis, rayana en desesperación. A veces quisiéramos oír a Dios y no le escuchamos. A Beethoven le mantenía vivo “la fuerza del arte”. A nosotros nos mantiene vivos “la fuerza del Espíritu” que nos hace ver más lejos que la realidad inmediata y nos hace oír más allá de los sonidos de "La flauta mágica".

Las llamadas de Dios se escuchan dentro. Por eso decía Unamuno que los “santos sufren de una soledad vital”. Y daba como razón: ellos han escuchado lo que nadie ha escuchado, ellos sienten una llamada que el resto no sentimos. Y por eso nadie les comprende. Y la incomprensión suele ser el espacio más doloroso de la soledad. Dios nos exige algo que los demás no comprenden y ni nos comprenden. Dios siembra exigencias dentro de nosotros que el resto de la gente no siente, ni ve ni comprende. Por eso, la fe, con frecuencia nos rodea de una soledad sonora. Soledad externa, pero sonora interiormente. Y esa fue también la soledad de Jesús. Tampoco a Jesús le comprendían. Ni siquiera los suyos. No entendieron su Pasión. No entendieron su juicio. No entendieron que no se defendiera cuando lo acusaban. No entendieron que impidiera su defensa cuando lo prendieron. No entendieron su muerte en la Cruz. Mientras tanto, Jesús seguía escuchando la llamada del Padre, el amor del Padre para con todos los hombres. Está bien que escuchemos las palabras que nos dicen los hombres. Pero también tendremos que escuchar los latidos del Espíritu en el corazón. No es suficiente escuchar las palabras. Es preciso escuchemos también los silencios del alma. Con frecuencia, el silencio dice más que las palabras.

 

1.- En casa tenemos un sordo que yo no he sido capaz de curar porque es sordo de conveniencia, por eso me entiendo con él por escrito y creo que, en esos momentos, a él le gustaría ser también ciego de conveniencia.

Los sordos que oyen, los mudos que hablan, los ciegos que recobran la vista son signos de la llegada del Mesías y repetidísimos en los Profetas. Hace un poco más de dos mil años que apareció en este mundo el Mesías y quedamos, aun, muchos sordos.

2.- Pero sabéis que al primero a quien acusamos de sordo por nuestra parte es el mismísimo Dios, porque no nos oye. ¿Será también un sordo de conveniencia?

** ¿Será posible que el que nos dejó dicho “aunque la madre se olvidara el hijo de sus entrañas yo nunca me olvidaré de ti”, se haga el sordo?

** ¿O que el que antes que le pidamos ya sabe lo que necesitamos, no nos oiga?

** ¿O que el que conoce lo más íntimo de nuestro corazón donde nacen los deseos que luego expresamos en palabras, no nos escucha?

** ¿No será que los sordos somos nosotros y no oímos al Señor que nos contesta? En medio tantos ruidos con que llenamos nuestros oídos y nuestro cerebro tal vez no le oímos.

Las infinitas ondas que pasan por nuestro corazón de malos deseos, de ansias de aparecer, de tener más, de pasarlo bien a toda costa, ¿todo eso no estará interfiriendo las ondas que el Señor nos envía para hablarnos?

El Señor, para comunicarse con nosotros nos ha enviado a su Hijo, que es Palabra, comunicación, contestación por esencia. ¿Y además nos ha dejado la Escritura que todos reconocemos como Palabra de Dios, será posible que ese Dios “comunicativo” no oiga, no nos hable, será además de sordo, mudo?

3.- Nosotros, desde luego, no somos mudos y tal vez esa palabrería, ese no saber callar, ese huir del silencio, nos hace sordos a Dios. Porque Dios no habla a gritos. Nosotros sí le gritamos a Dios. El Señor habla quedito en lo hondo del corazón, no con rayos y truenos ni fuego, sino en el susurro de una brisa y limpia de primavera.

4.- El teléfono del Señor no da nunca la señal de comunicando. Marcado el número Él ya está al aparato y escucha y contesta, pero a lo hondo de nuestro corazón y, tal vez, allí es donde no le escuchamos. Marcamos el número… le reprochamos y pedimos con toda urgencia y antes de que conteste ya hemos colgado el teléfono.

¿No podríamos apagar la radio del coche, la televisión de casa, las insulsas conversaciones de vecinas y amigos, y tratar de oír de vez en cuando el silencio… y en el silencio al Señor?

¿Después de 2012 años de la llegada del Mesías a curar a los sordos no empezaremos a curar de nuestra sordera?

 

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¡EFFETÁ, ÁBRETE! - Jesús recorre las regiones limítrofes de Palestina. Es cierto que su misión se centraba en Israel, pero también es verdad que él había venido para salvar a todos los hombres. Por eso en ocasiones alarga su palabra y sus obras hasta la tierra de los paganos. Es una primicia gozosa de esa redención que proclamarán a los cuatro vientos sus apóstoles, después de morir y de resucitar Jesús, prendiendo así hasta en el último rincón del mundo ese divino fuego que él había venido a traer a la tierra.

En esta ocasión que nos presenta el Evangelio, lo mismo que siempre, por donde quiera que él pasara iba haciendo el bien. Hoy se trata de un sordomudo al que Jesús le cura. El silencio y la soledad de aquel pobrecillo se quebró de pronto. Por sus oídos abiertos ya, penetró el sonido armonioso de la vida. Su corazón, callado hasta entonces, pudo florecer hacia el exterior y comunicar su alegría y su gratitud. ¡Effetá!, dijo Jesús, esto es, ábrete. Son palabras que conservan toda la frescura de la vez primera que fueron pronunciadas. Palabras que durante mucho tiempo formaron parte de la liturgia del Bautismo.

Con ellas el sacerdote abría el oído del catecúmeno a las palabras de Dios, le capacitaba para escuchar el mensaje de salvación. Con ello se vencía la sordera congénita que el hombre tiene para escuchar con fruto el Evangelio. De este modo se rompía el aislamiento que la criatura humana tenía para lo sobrenatural, sordera ante esa armonía de la divina palabra portadora del gozo y la paz, germen de amor y de esperanza, de felicidad y de consuelo.

Con el tiempo y la malicia del hombre, no curada del todo, los oídos vuelven a entramparse y originan otra vez la cerrazón para oír al Señor. Y junto con la sordera, la incapacidad para hablar. Se levanta entonces un muro más impenetrable que el anterior, que nos aísla y nos aplasta, nos incomunica y nos deja tristemente solos.

Es preciso en esos momentos clamar a Dios con toda el alma, desde lo más hondo de nuestro ser, sin palabras quizá, con torpeza y balbuceos; pedir a Nuestro Señor Jesucristo que vuelva a tocar nuestros oídos y nuestros labios para que se derrumbe el silencio que nos atormenta y nos destruye. Vayamos al sacerdote con toda humildad y confesemos nuestros pecados, acerquémonos limpios de toda culpa a la Sagrada Eucaristía y oiremos la voz del Maestro que, apiadado de nuestro mal, nos dice: ¡Effetá!

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