Moniciones y homilías

MONICIÓN DE ENTRADA

La Eucaristía, en el Día del Señor, es un momento en el que sentimos muy cerca lo que el Señor desea hacer a través de nosotros. ¿Seremos capaces de llevarlo a cabo?

Hoy, los que estamos aquí, pensamos que estamos del lado de Jesús. ¿Es verdad? ¿Defendemos lo que Él defiende? ¿Somos misericordiosos? ¿Acogemos a los que nos rodean?

Iniciamos esta celebración pidiendo al Señor que, esta Eucaristía, sea un aperitivo de lo que un día nos espera en el cielo.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos vienen a decir que, el soplo de Dios, se manifiesta donde quiere, en quién quiere y cómo quiere. Es decir: que no solamente, los que vivimos cerca de Él, tenemos sus gracias y sus dones.

Hay otras personas que, aunque puedan vivir apartadas del camino de la fe, también tienen semillas de amor y de justicia en sus corazones y en sus vidas. La arrogancia no es buena consejera si pretendemos que algunos de los nuestros se acerquen al Señor.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que sepa descubrir tantas cosas buenas que hay a su alrededor y que le vendrían muy bien para anunciar el mensaje de Jesús. Roguemos al Señor.

2. Por todos los países donde hay segregación y racismo. Para que procuremos aceptar a todos sean del color que sean. Roguemos al Señor.

3. Por los que no tienen empleo. Por los que se sienten marginados. Por todos aquellos cuya voz no cuenta en nada ni para nada. Roguemos al Señor.

4. Por todos nosotros. Para que seamos acogedores. Para que no seamos orgullosos ni arrogantes con los demás. Roguemos al Señor.

 

 

 

Homilía  Domingo 26 del T.O / B

 

EL BIEN, SIEMPRE ESTARÁ BIEN

Nunca son buenos los exclusivismos. El pensar que, todo lo bueno, está y nace de nosotros y que por el contrario lo malo anida sobre las cabezas de los demás.

1.- A los más cercanos de Jesús, les ocurría un poco eso. Comenzaban a ser un poco “creídos”. A creérselo demasiado. A pensar que, el depósito de la fe, era sólo patrimonio de su entorno, de sus manos, de sus labios. Todo lo que estaba fuera…era susceptible de ser rechazado.

La sorpresa, por cierto mayúscula, les viene de Jesús. “No se lo impidáis…El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es la lógica de Jesús. Hay que buscar el bien en el corazón de las personas. Aceptar lo que, aparentemente nos puede parecer perdido, inservible. Y, sobre todo, no caer en la tentación de etiquetar. La etiqueta, entre otras cosas, produce exclusión, fanatismo. Y, el bien, haga quien lo haga siempre será eso: un bien. El mal, venga de donde venga, siempre tendrá el calificativo de mal.

2.- Nunca, la diferencia en el pensamiento, puede ser un muro que nos separe. Nunca, las diferentes sensibilidades (incluso dentro de la propia Iglesia) han de ser un motivo para apartar de nuestro camino y de sus iniciativas a aquellos que creemos no están en la mima línea que, nosotros, pensamos es la correcta, la adecuada, la incontestable. Entre otras cosas porque, eso, produce empobrecimiento, horizontes muy limitados.

Hay que buscar más lo que nos une que aquello que nos separa. Entre otras cosas porque, la suma de personas, de esfuerzos, de creatividad y de ideas contribuye que se haga realidad el sueño de Jesucristo: ¡Id y proclamad el Evangelio!

3.- Desde el momento en que somos cristianos nos hemos de emplear, y muy a fondo, con todas aquellas causas que –como las nuestras- contribuyan en la dignidad de las personas, que pretendan un mundo mejor, que busquen el bien de los más desfavorecidos. Eso sí, sin olvidar, que nuestra motivación no es otra que la fuerza recibida del Espíritu Santo. Una fuerza que, lejos de agotarse en cada acto realizado, se renueva constantemente, se acrecienta porque –sabemos- que Dios anda detrás de todas y cada una de nuestras actividades.

4.- Pidamos al Señor que, en cada detalle que hacemos, en cada acción pastoral, en cada palabra pronunciada, en cada iniciativa emprendida, lo hagamos en su nombre. Al fin y al cabo, será entonces, cuando el criterio de lo que emprendemos y llegamos a realizar será Jesús de Nazaret y nadie más. Y entonces, también nosotros, podremos decir que estamos del lado del Señor.

__________________

 

Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”.((Mc 9,38)

 

Ahí está el problema: “no es de los nuestros”. No forma parte de nuestro grupo. No dicen que “uno que no te sigue a ti”, sino que “no es como nosotros”.

 

El problema no es si “está o no con Jesús”, sino que “no está con nosotros”. Tampoco importa no es que “haga milagros”, “eche demonios”, “luche en la liberación de los demás”.  Todo eso vale de poco. Lo importante es que “no es de nuestro equipo”, “no es de nuestro partido”, “no es de nuestra mentalidad”, “no habla nuestra lengua”, “no es de nuestro color”, “no es de nuestra clase social”, “no tiene nuestra religión”. A partir de la Revolución francesa, y sobre todo de la Constitución Americana, se ha desarrollado la cultura “del individuo”, “del yo”.

 

“La cultura del yo, los derechos del yo”. De tal forma que “el otro” es visto siempre como un “peligro”, como “un enemigo”. “Y al que solo aceptamos en la medida en que no amenace nuestra intimidad y contribuya a nuestra felicidad individual: primero mi libertad y luego el otro”, “primero mi felicidad, luego el otro”.

El grupo ha reemplazado a Jesús. La institución reemplaza al Evangelio. La fidelidad al pasado reemplaza a la novedad del Espíritu. Actúa en nombre de Jesús, pero no “es de los nuestros”.

Actúa en nombre del Evangelio, pero “no es de los nuestros”. Ya no es Jesús el punto de referencia, sino “nosotros”. Ya no importa si hace el bien, sino que “no es de los nuestros”.

No importa lo que es. Sencillamente no es de nuestra Iglesia. No importa lo que haga. “No es de nuestra Iglesia”. No importa que esté haciendo mucho bien. “No es de nuestra línea”. No importa que esté abriendo caminos a los alejados. “No es de nuestro Movimiento”.

 

No importa que ahí muchos encuentren el camino de Dios. “No es de los nuestros”. Es el eterno problema de cuando la institución ocupa el lugar de Dios. Es el eterno problema de cuando la institución ocupa el lugar del Evangelio. Es el problema de cuando el “pasado” y la “tradición” ocupan el lugar del Espíritu Santo.

Es el problema que apuntaba el pasado domingo el Libro de la Sabiduría: “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende de nuestra educación errada. Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida”.

 

Es el peligro de nuestras intransigencias. Es el peligro de institucionalizar el espíritu sin dejarle espacio al Espíritu. El otro es un peligro para todos nosotros. “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí”. “Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros”. (Mc 9,39)

 

La institución es necesaria. Pero no es lo esencial. Lo esencial es la vida. El cauce del río es importante. Pero lo que realmente importa es el río mismo. La gracia de Dios no está condicionada a la institución. Ni la institución puede condicionar a Dios y su gracia.

Dios actúa en la institución, pero en modo alguno es la única geografía de la acción de la gracia. La Iglesia no es la única donde Dios actúa. Dios actúa donde quiere y como quiere. También fuera de la Iglesia. También fuera de la Iglesia se hace mucho bien. También fuera de la Iglesia se viven muchos valores del Evangelio.

 

También fuera de la Iglesia: se trabaja por la justicia, se lucha por la liberación de la pobreza, se lucha por los derechos humanos, se lucha por la dignidad del ser humano, se lucha por la paz, se lucha por la armonía de los pueblos.

¿Y se lo vamos a prohibir porque no son de los nuestros?

 

También la gracia de Dios actúa en ellos. Por más que no hablen de Dios. Por más que no hablen del Evangelio. Por más que no hablen de la Iglesia. Tal vez, no son conscientes de actuar en nombre de Dios. Pero están cumpliendo los planes de Dios.

 

Tal vez, no conocen el Evangelio. Pero lo están viviendo. Tampoco aquellos que “daban de comer al hambriento, vestían al desnudo, visitaban al enfermo y se iban a las cárceles y daban de beber al sediento” sabían que se lo hacían a Cristo.

Reconozcamos el bien, al margen de quién lo hace. Reconozcamos la verdad, independiente de quien nos la dice. Reconozcamos que Dios actúa en todos los hombres, cristiano o no.
Cristo no murió por la Iglesia, sino por el mundo y por la humanidad.