Moniciones y homilías

Domingo  27  del TO / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Estamos de fiesta, amigos. Nuestro corazón está alegre porque, en el Día del Señor, Jesús nos trajo un gran regalo: LA RESURRECCIÓN.

Mientras tanto, mientras vivimos en este mundo y creemos en Él, estamos llamados a ser surtidores de su amor. Es decir: si Dios es amor, nosotros tenemos que ser pequeños altavoces que irradien al mundo esperanza, ilusión.

Hoy, especialmente, damos gracias a Dios por tantas personas, por tantas familias que viven su amor con ilusión y generosidad.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las personas nos necesitamos los unos a los otros. Dios, desde el principio del mundo, quiso poner al hombre una compañera: la mujer.

Atendamos estas lecturas. Nos animan a cultivar la familia, el amor. A no perder ocasión por recuperar la paz y la felicidad en nuestros hogares.

Todos somos necesarios para unir. Y, a veces, ¿por qué nos dedicamos a romper el amor que Dios nos tiene y el amor que Dios nos da? Escuchemos

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Por el Papa para que sepa anunciar a todo el mundo el AMOR de Dios. Roguemos al Señor.

2. Por todos los matrimonios que viven felices. Para que sigan siendo ejemplo para una sociedad rota y egoísta. Roguemos al Señor.

3. Por todos los matrimonios que viven en crisis. Para que se apoyen en Dios. Para que busquen voces y aliento en la fe, en la Iglesia y en nosotros mismos. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que se dedican a malograr el amor de los demás. Por los que viven y hacen comercio con el placer a costa de la debilidad de los demás. Roguemos al Señor.

5. Para que la virgen del Rosario en este mes de octubre, nos ayude a cuidar nuestras familias, nuestros padres y el entorno que nos rodea. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 27 del T.O / B

 

Cada vez que venimos a la iglesia lo hemos de hacer con el firme convencimiento de que Dios habla a lo más hondo de nuestras entrañas; que, el Señor, lejos de condenar, salva, ilumina, indica los caminos que hemos de seleccionar para alcanzar la felicidad que tanto añoramos.

1. Cuando vemos la perspectiva del mundo (familias rotas, maltratos de mujeres y de hombres, niños que han perdido el brillo de sus ojos por trágicas separaciones matrimoniales) podemos llegar a concluir que no es posible convivir. Que es mejor entender el amor (que es muy distinto del placer) como algo eventual, pasajero.

En una ocasión, una pareja, fueron a formalizar sus papeles con el sacerdote y, para ello, llevaron a sus correspondientes testigos. Cual fue la sorpresa del cura cuando, al animarles y recordarles la fidelidad, uno de los testigos irrumpió: “bueno, padre, y si no siempre está la posibilidad de divorciarse ¿no?”. Y es que, la sociedad, nos mete como puede y a todas horas que, el convivir, es cosa de cuatro. En cambio, la realidad, es muy distinta. Nos encontramos con miles, con millones de matrimonios que teniendo como fundamento sólido el amor, lo defienden y lo guardan desde el perdón, la tolerancia, la acogida, la humildad y por supuesto con el resorte de la fe.

2.- Es bueno recordar, que el amor humano, es un destello del AMOR DIVINO que baja del cielo. Si lo entendiésemos así, en multitud de ocasiones, cuando fallan algunas cosas, recurriríamos constantemente a ese maná de donde nació ese deseo de vivir y permanecer juntos hasta el final de la vida.

El gran desvelo de Dios, su gran anhelo (que los hombres convertimos en utopía) es que transformemos el mundo, nuestro entorno, nuestros lugares de trabajo en una inquebrantable familia. No faltarán las incomprensiones, las presiones, las burlas “mirad qué hacen esos”. Pero es que, lo distintivo del amor cristiano, no es ser aplaudido por el mundo sino que sea referencia para una sociedad que ha perdido el rumbo.

3.- Si Dios, que es amor, se manifiesta en diversas maneras a través de las personas, de los matrimonios, de una conciencia bien formada. Los cristianos tenemos como misión no romper, bajo ningún concepto, algunas reglas mínimas en nuestra convivencia. Entre otras cosas porque, unir, es difícil. Separar o romper, es cuestión de segundos.

--Damos gracias a Dios por tantos matrimonios que, con esfuerzo y valor, siguen adelante en su convivencia (aunque a veces sea a costa de muchas renuncias)

--Damos gracias a Dios porque son muchos más los que siguen adelante que, aquellos que constantemente salen en la prensa de corazón como si fuera compra y venta de sentimientos, placer o simples conquistas

--Damos gracias a Dios porque, el matrimonio, sigue siendo un sacramento de la presencia impresionante y gratuita de Dios.

--Damos gracias a Dios porque, el matrimonio, es una escuela que se forja para luego formar conciencias rectas y conscientes de que merece la pena vivir y creer en el amor y por el amor.

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         Hoy el Señor nos habla de la pareja humana, del matrimonio y de la familia.  Si hay una experiencia humana que más se acerque a lo que es el amor de Dios, esa es la experiencia del amor de pareja.  En el encuentro gozoso de los enamorados, en el placer de la entrega mutua, brilla para los creyentes la imagen del amor que Dios siente por cada uno de nosotros y el gozo del encuentro con El.  ¡Cuánto más cuando ese amor mutuo se institucionaliza en forma de familia y se hace fecundo en obras y en hijos!.   Hoy se habla mucho del supuesto rescate que necesitamos para salir de la crisis económica.  Pero lo que estamos constatando día a día es que el verdadero rescate se está realizando en el seno de las familias, uniéndose y ayudándose para soportar estos tiempos de penuria y zozobra.

          Lo que nos interesa hoy resaltar es que el amor de pareja, el matrimonio, la familia, son para nosotros los cristianos, valores e instituciones que nos debemos esforzar por defender y promover.  Los cristianos deberíamos ser sensibles con la discriminación de la mujer que aún hoy en muchas sociedades y familias les hace cargar con los peores trabajos y las peores remuneraciones. 

         ¡Qué decir de esas mujeres que sufren cotidianamente los malos tratos de sus maridos!.  Y si es cierto que el matrimonio según lo entendemos en la Iglesia, con uno y para siempre es un ideal, deberíamos también tener compasión y solidarizarnos con el sufrimiento de tantos divorciados de nuestra sociedad.   

        Tendríamos que comprender que la sentencia de Jesús del evangelio prohibiendo el divorcio para volver a casarse era una sentencia que quería defender a la mujer de su tiempo que quedaba poco menos que indefensa después del divorcio, el cual además no podía pedir ella.   Los cristianos tenemos todavía que avanzar mucho en nuestras leyes y normas, en este tema del divorcio como en otros, y siempre por el camino trazado por el Señor: que el hombre vale más que el sábado, que hay que salvar siempre a la persona, ayudarle y socorrerle en su sufrimiento.

          Hoy damos gracias a Dios por el amor, por el testimonio de tantos matrimonios que han sabido llevar adelante su proyecto, por la familia, por todo lo bueno y santo que El ha puesto en nuestro corazón y que nos hace felices.

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Amarse para siempre. A los fariseos no les interesaba el mensaje de Jesús. No querían escuchar su enseñanza para tratar mejor a sus mujeres y para construir un matrimonio feliz. Su intención era probarlo, acorralarlo, hacerlo caer o ridiculizarlo. “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”, le preguntaron. La pregunta fue formulada desde una óptica machista y legalista. El divorcio era una costumbre muy difundida en el mundo judío y grecorromano. ¿Cuál fue la actitud de Jesús? Él mostró una relación muy amplia y libre no sólo con las tradiciones e instituciones de su pueblo, sino también con la Ley de Moisés, que era lo más sagrado e incuestionable. Obviamente Jesús no podía callar ante esa injusticia. Se trataba de una ley injusta que satisfacía los anhelos egoístas de los varones y justificaba la dominación sobre las mujeres. Pero para remediar la situación no propuso el desquite ni la posibilidad de separarse cuando cualquiera de los dos así lo quisiera. La conclusión de Jesús fue: “Por consiguiente, lo que Dios unió no debe separarlo el hombre.”

Con todo esto no busca hacer más pesada la cruz de una pareja cuyo matrimonio es inviable, diciéndole que si se separan están contra la voluntad de Dios. Y en el caso de que se separen, no podrán volver a unirse con otra persona porque estarán en pecado. No se trata de calificar con epítetos tales como: concubinos, amancebados, bígamos, adúlteros y pecadores a quienes habiéndose separado se hayan unido por segunda vez con otra persona. Se trata de que cuando una pareja decida casarse, lo haga desde su libertad y madurez humana, y con la fuerza plenificante del amor creador de Dios. Que cuando esa pareja pase por momentos difíciles, como los pasamos todos los seres humanos, no tome el camino más fácil de separarse, sino que acudan a Aquél que los ha unido, pues sólo con su ayuda podrán llevar a plenitud esa utopía. Si después de agotar todos los recursos para mejorar, la relación es inviable, no podemos decir que es voluntad de Dios que dos personas vivan juntas y se amarguen la vida. Ni tenemos el derecho a condenar en nombre de Dios a que alguien viva solo por haberse equivocado una vez.

Cuidar el amor. Hoy todo el mundo da la impresión de andar acelerado. Nadie parece tener tiempo para los demás: los hijos para sus padres, los padres para sus hijos, los esposos el uno para el otro. Muchas veces basta una palabra, una mirada, un gesto para que la felicidad llene el corazón del que amamos. Empieza diciendo una palabra amable a tu hijo, a tu marido, a tu mujer. La palabra “amor” es tan mal entendida como mal empleada. Una persona puede decir a otra que la quiere, pero intentando sacar de ella todo lo que pueda, incluso cosas que no debería. En tales casos no se trata en absoluto de verda­dero amor. El amor verdadero es entrega total al otro es “autodonación” de uno mismo. A veces puede incluso hay que dar la vida por alguien a quien se ama. Hay que saber priorizar: el amor entre los esposos es el mejor tesoro que tiene. Quien contrae matrimonio tiene que renunciar a todo lo que se opone al amor a la otra parte. Por otra parte, la responsabilidad de cuidar y educar a los hijos es mutua. Si queremos verdaderamente la paz, debemos adoptar una resolución firme: no consentir que un solo niño viva privado de amor.

El verdadero amor no se reduce a lo físico ni a lo romántico. El verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya no es... Esta historia lo dice todo:

“Un hombre de cierta edad llegó a una clínica para hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa y, mientras le curaban, le preguntaron qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Él dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado. Mientras acababan de vendarle la herida, le preguntaron si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.

- No -dijo-, ella no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.

Entonces le preguntaron extrañados: - Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?

Sonrió y, dando una palmadita en la mano de quien lo curaba, dijo: - Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella.

Alguien dejó escapar una lágrima...  Esa es la clase de amor que quiero para mi vida. Pidamos a Dios en esta Eucaristía por la perseverancia en el amor de los esposos.

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Cada vez que venimos a la iglesia lo hemos de hacer con el firme convencimiento de que Dios habla a lo más hondo de nuestras entrañas. Que, el Señor, lejos de condenar, salva, ilumina, indica los caminos que hemos de escoger para alcanzar la felicidad que tanto añoramos.

1.- Cuando vemos el panorama del mundo (familias rotas, maltratos de mujeres y de hombres, niños que han perdido el brillo de sus ojos por trágicas separaciones matrimoniales) podemos llegar a concluir que no es posible convivir. Que es mejor entender el amor (que es muy distinto del placer) como algo eventual, pasajero.

En una ocasión, una pareja, fueron a formalizar sus papeles con el sacerdote y, para ello, llevaron a sus correspondientes testigos. Cual fue la sorpresa del cura cuando, al animarles y recordarles la fidelidad, uno de los testigos irrumpió: “bueno, padre, y si no siempre está la posibilidad de divorciarse ¿no?”.

Y es que, la sociedad, nos mete como puede y a todas horas que, el convivir, es cosa de cuatro. En cambio, la realidad, es muy distinta. Nos encontramos con miles, con millones de matrimonios que teniendo como fundamento sólido el amor, lo defienden y lo guardan desde el perdón, la tolerancia, la acogida, la humildad y por supuesto con el resorte de la fe.

2.- Es bueno recordar, que el amor humano, es un destello del AMOR DIVINO que baja del cielo. Si lo entendiésemos así, en multitud de ocasiones, cuando fallan algunas cosas, recurriríamos constantemente a ese maná de donde nació ese deseo de vivir y permanecer juntos hasta el final de la vida.

El gran desvelo de Dios, su gran anhelo (que los hombres convertimos en utopía) es que transformemos el mundo, nuestro entorno, nuestros lugares de trabajo en una inquebrantable familia. No faltarán las incomprensiones, las presiones, las burlas “mirad qué hacen esos”.

Pero es que, lo distintivo del amor cristiano, no es ser aplaudido por el mundo sino que sea referencia para una sociedad que ha perdido el rumbo.

3.- En la sociedad algo no funciona bien. Hemos perdido el norte. Y, cuando se pierde el norte, se establece un divorcio entre el bien común y las personas para irrumpir con fuerza el capricho, el todo vale….pagándolo siempre los más débiles.

4.- Si Dios, que es amor, se manifiesta en diversas maneras a través de las personas, de los matrimonios, de una conciencia bien formada…..los cristianos tenemos como misión no romper, bajo ningún concepto, algunas reglas mínimas en nuestra convivencia. Entre otras cosas porque, unir, es difícil. Separar o romper, es cuestión de segundos.

--Damos gracias a Dios por tantos matrimonios que, con esfuerzo y valor, siguen adelante en su convivencia (aunque a veces sea a costa de muchas renuncias)

--Damos gracias a Dios porque son muchos más los que siguen adelante que, aquellos que constantemente salen en la prensa de corazón como si fuera compra y venta de sentimientos, placer o simples conquistas

--Damos gracias a Dios porque, el matrimonio, sigue siendo un sacramento de la presencia impresionante y gratuita de Dios.

--Damos gracias a Dios porque, el matrimonio, es una escuela que se forja para luego formar conciencias rectas y conscientes de que merece la pena vivir y creer en el amor y por el amor

La palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos revela, en primer lugar, que los problemas referentes al matrimonio, a la igualdad de sexos, al divorcio eran temas que ya se trataban en tiempos de Jesús y aún antes.   Esto nos dice también que el matrimonio o el contrato matrimonial es tan antiguo como la humanidad.  Que siempre ha habido, a través de las distintas culturas y civilizaciones,  una institución social que formalizaba la relación entre el hombre y la mujer.   El matrimonio se revela pues como un verdadero bien social, sobre el que se fundamenta buena parte de la estructura social.  

Pero precisamente por ser tan importante, el matrimonio y con él la familia, es la célula social que primero acusa los cambios históricos, culturales y económicos.   Hoy mismo todos percibimos que el matrimonio y la familia están expuestos a grandes cambios.  Vemos que surgen familias monoparentales,   parejas que conviven sin haber  formalizado ningún vínculo social o religioso,  el divorcio ya no está prohibido por las leyes civiles,  incluso se ha formalizado y reconocido el matrimonios entre personas del mismo sexo.  

Cada vez se tienen menos hijos,  las personas mayores ya no conviven con los hijos y los nietos, sino que son “retirados” a las residencias,   la mujer trabaja cada vez más fuera de casa,  etc. etc.  Son cosas que todos conocemos y que nos hacen preguntarnos si el matrimonio y con él la familia están tocados de muerte.   Esta es la opinión de algunos,  para otros,  lo que ocurre es simplemente que el matrimonio y la familia se están adaptando a los nuevos tiempos.   

En todo este maremagnun, nosotros como cristianos estamos obligados a discernir cuál es la voluntad de Dios sobre el matrimonio y la familia: 

            1º. Que Dios ha hecho al hombre y a la mujer sustancialmente iguales, con los mismos derechos y obligaciones.

            2º. Que el plan original de Dios es que la unión del hombre y la mujer sea para  siempre, aunque esto no está reñido con el posible fracaso de todo proyecto  humano, ante el que habrá que anteponer el principio máximo de la misericordia, del perdón y de la comprensión.

            3º. Que el matrimonio entre cristianos está llamado a ser signo o sacramento del amor de Dios a la  humanidad entera.

            ¿Qué significa ésto?  ¿Que tenemos que volver a entender el matrimonio como antiguamente?....Al contrario,  los cristianos tenemos no sólo que apreciar los cambios en el matrimonio, sino colaborar en que se hagan efectivos siempre que no contradigan los principios generales que Dios nos ha dado.   Así, por ejemplo, es bueno todo aquello que contribuya a la igualdad entre el hombre y la mujer. Pero es malo todo aquello que denigre el amor y la entrega mutua entre el hombre y la mujer, como la falta de diálogo,  el uso de la sexualidad  solamente para la satisfacción personal y egoísta, el abuso y el dominio de uno sobre el otro, etc.

            A muchos, les puede parecer, que las exigencias del matrimonio cristiano son insoportables.  Es cierto, que el matrimonio cristiano es exigente,  pero lo es no por imposición de un Dios caprichoso, sino por la exigencia que surge del mismo amor.   No hace falta recurrir a Dios para que todos comprendamos que en el amor y en la forma que amamos nos jugamos mucho.   El amor, la relación de pareja, el matrimonio, son temas que no se pueden trivializar.   Son fundamentales para nuestro equilibrio y realización.   Y si en estos tiempos parece que no se lleva el compromiso de por vida, si nuestros jóvenes se asustan ante los compromisos para siempre,  habrá que enseñarles a que comprendan que el hombre no puede realizarse hasta que elige y se compromete con un proyecto en la vida.    

Los cristianos no tenemos que asustarnos de nada,  porque nunca tenemos que olvidar que contamos con el apoyo y la misericordia de Dios.    A lo único que tenemos que temer es a la pérdida de la fe, a la pérdida del contacto con Aquél que lo es todo para el hombre y que está siempre invitándonos a vivir con plenitud.