Moniciones y homilías

Domingo  30  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Nos reunimos en el nombre del Señor porque, entre otras cosas, el Domingo es el día de su Resurrección. El día de la vida. El día en el que, todos los cristianos, damos gracias a Dios por su salvación a través del Señor. ¿Somos conscientes de eso?

Hoy, como Bartimeo, también queremos ver. Pero, no solamente las cosas que ocurren en el mundo, ¡queremos ver al Señor! ¡Queremos que nos escuche!

Iniciamos esta celebración con la esperanza de que, el Señor, siempre sale a nuestro encuentro. Que este Año de la Fe nos ayude a ver las cosas del mundo con la lámpara de nuestra fe en Cristo.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La Palabra del Señor, siempre que la escuchamos, debe de producir consuelo, alivio y esperanza. Hoy, las tres lecturas que se van a proclamar nos hablan de eso: Dios es consuelo, Jesús es un sacerdote que asume toda la debilidad humana y, el Señor, siempre sale al encuentro de todas nuestras necesidades. Escuchemos con fe y con atención.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por el Papa Benedicto XVI. Por nuestro obispo (Jesús). Por todos los sacerdotes. Para que escuchen el clamor del pueblo que busca a Dios y que sufre. Roguemos al Señor.

2. Para que veamos la Eucaristía como ese camino en el que el Señor habla, nos mira y nos sana de nuestras enfermedades. Roguemos al Señor.

3. Por todos los ciegos. Por todos los que no pueden disfrutar de las grandes maravillas de la tierra. Roguemos al Señor.

4. Por los que piensan que saben todo y ven todo. Para que sean más humildes y reconozcan sus limitaciones. Roguemos al Señor.

5. Por todos nosotros. Para que no pasemos de largo cuando veamos alguna necesidad en las personas que nos rodean. Roguemos al Señor.

Homilía  Domingo 30 del T.O / B

 

Maestro, que pueda ver. El ciego Bartimeo quería ver cosas físicas, objetos, árboles, personas, porque sus ojos estaban físicamente dañados y no podía ver. Nosotros, hoy tenemos muchísimas más facilidades para ver cosas físicas, que en los tiempos del ciego Bartimeo. Pero han aumentado tanto las cosas que se nos presentan todos los días ante nuestra vista, que lo difícil es acertar a ver qué es lo más importante y esencial en que deberemos fijar nuestra atención.

 

Una vez más, los muchos árboles pueden no dejarnos ver el bosque. Los medios de comunicación hacen posible hoy que cualquier persona reciba al minuto cientos de rumores, noticias y libres opiniones. Es verdad que recibimos noticias de todos los colores y para todos los gustos, pero también es una triste verdad que los medios de comunicación nos atiborran diariamente con noticias superfluas, insustanciales y banales. Y aquí es donde debemos demostrar nuestra capacidad para ver lo esencial, lo que de verdad interesa a nuestra salud física, psíquica y espiritual. Esto, sobre todo para las personas más jóvenes, es muy difícil.

 

Por eso, creemos que hoy, más que en tiempos del ciego Bartimeo, debemos tener nuestros oídos muy atentos para escuchar al Jesús que pasa junto a nosotros, al Jesús que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida, para suplicarle con humildad y a gritos: ¡Maestro, que vea! Que no sea la cultura de la banalidad y la superfluidad la que toque y dirija mi vista, sino que vea en cada momento qué es lo más importante y esencial para mi vida.

 

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COMO BARTIMEO.- Bartimeo era un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén, llega a Jericó. Hasta que un día pasó Jesús cerca de él. Al principio, el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí..."

También nosotros somos muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento. Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros.

La voz del ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó como pudo a Jesús.

Eran sentimientos de júbilo indescriptible, que también han de embargar nuestros corazones, pues también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a Bartimeo: "¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un momento en suplicar: "Maestro, que pueda ver". Jesús tampoco retarda su respuesta: "Anda, tu fe te ha curado". Y al instante la oscuridad del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le rodea, ese espectáculo único que es la vida misma.

Vamos a seguir clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza.

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¡Que podamos ver! Mas de dos mil años de cristianismo hoy todavía son muchísimos más los que no conocen a Jesús que los que le conocen. Lo hemos oído el domingo pasado con motivo de la celebración del Domund. Pero todos los domingos –y todos los días—son Domund. Es verdad que han faltado misioneros y ayuda. Tal vez.

¿Pero es que no hay otras razones más profundas por las que no pueden ver a Jesús? No será porque hemos vestido a Jesús con ropas europeas y occidentales, y hemos vertido su doctrina en también moldes occidentales. ¿Y no es que mantenemos una liturgia europea y occidental que a otros pueblos no les puede decir nada? ¿O es que hay hacerse extranjero para ser cristiano.

--“Qué podamos ver”. ¿No será que somos nosotros los discípulos los que causamos su ceguera al ver que nuestras creencias no concuerdan con nuestra vida? ¿Dónde está ese pueblo de hermanos que Jesús vino a formar y que sería testimonio de la verdad de su doctrina? En Madrid cada vez hay más extranjeros. Están, desde luego, los numerosos turistas, pero cada vez hay más gente de fuera que trabaja entre nosotros. Algunos serán católicos o cristianos. Otros, no. Y, por supuesto, algunos serán trabajadores, pero otros serán ejecutivos. Y redondeo el ejemplo. En Madrid hay 2000 japoneses residiendo.

¿Cuántos de ellos habrán tenido la suerte de encontrar amistades realmente cristianas que les hayan hecho pensar? ¿Cuántos de esos hombres de negocios metidos en el ambiente de zancadillas, fraudes sobornos, maledicencias, estarán pensando que, al fin y al cabo no son peores los “paganos”, los “infieles” que estos cristianos que los rodean?

--“Que podamos ver” y que no seamos nosotros, los cristianos los que causamos la ceguera de tantos millones de no cristianos que quieren “poder ver”

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Qué duro resulta cuando, nuestras vidas y nuestros sufrimientos, son indiferentes a los demás. A nadie nos agrada ser un cero a la izquierda. Pero, sobre todo, es en los momentos de dolor, en la noche oscura, en las horas amargas cuando más echamos en falta alguien que esté a nuestro lado. Un amigo que, escuchando nuestros lamentos o siendo consciente de nuestra situación personal, nos aporte un poco de luz y abra delante de nosotros un horizonte de felicidad.

Con razón, no sé quién, llegó afirmar: “es mejor que te odien a que te castiguen con la indiferencia. Entre otras cosas porque, el odio, está más cerca del amor”.

1.- Bartimeo tuvo esa suerte. Sabía de las andanzas de Jesús. De su gran obra y de su mano milagrosa. Era un marginado. De esos que, a la sociedad de aquel momento, interesaba poco o nada. Entre otras cosas porque, la enfermedad, era un signo de maldición. Cuando Jesús pasa, aquel que era ciego grita: “ten compasión de mí”. Al principio, como tantas veces hacemos nosotros con los demás, Jesús hace oídos sordos. Pero, Bartimeo, insiste: “ten compasión de mí”.

Muchos lo intentaron silenciar. Como, muchos medios de comunicación, instituciones de nuestros tiempos, intentan aplacar las vocesque hablan de Dios o ridiculizar las súplicas de los que quieren llegarse hasta el Señor. Pero, Bartimeo, logró captar la atención del gran Sanador y Salvador: JESUCRISTO.Supo aprovechar la ocasión y no la dejó pasar de largo. Tenía todo en su contra y saltó de la oscuridad ala luz, de la noche absurda al día lleno de luz. ¿Pudo alcanzar algo más grande Bartimeo?¿Por supuesto que sí! Lo que ofreció a Jesús de antemano: su fe.

Tenía fe en Aquel que transitaba por ese lugar. Supo brincar sonoramente por encima de inconvenientes y hacerse oir en medio de la muchedumbre. Bartimeo, en el fondo, representa a todo hombre, a todo ser humano que busca a Dios en medio de la marabunta. Representa al desahuciado que se siente desamparado, oprimido o marginado.

2.- ¿Quién de los que estamos aquí no hemos tenido alguna experiencia de Dios? ¿Quién de los que estamos en esta Eucaristía no hemos pasado de la mentira a la verdad, de la tristeza a la alegría o del llanto al gozo cuando nos hemos encomendado a Jesús?

Nadie, amigos, puede apagar el fuego que llevamos dentro. El “ten compasión” de Bartimeo, ha de repiquetear con especial fuerza en la realidad que nos toca vivir. Entre otras cosas porque, nuestros ojos, llevan gafas que distorsionan la realidad: nos hacen consentir malo como bueno; el aborto como derecho; la eutanasia como un gran logro o mil experimentos científicos como signo de los nuevos tiempos. No es buena la miopía espiritual. Aquella que nos empuja exclusivamente a lo efímero y nos previene o ciega contra lo eterno. No es positiva esa miopía espiritual que nos hace defender la humanidad de una forma sesgada e interesada, de aquella otra lucha humanitaria que quiere ser para todos justa, íntegra y basada en valores cristianos.

Algunos nos dirán ¡de qué vais vosotros! ¡El Señor os ha abandonado! ¡Estáis ciegos o vivís engañados! Ojala, también nosotros, podamos responder: sólo sé…que antes no veía, y ahora veo; las cosas más claras, mi vida más resuelta, mi fe más profunda y mis ideales más cristianos.

Que este domingo, además, nos haga abrir bien los ojos ante tantos “bartimeos” que nos dicen “tened compasión de nosotros”. Personas que viven inmersas en la duda. Hombre y mujeres desconcertados y apabullados por el ambiente dominante. Cristianos que se han cansado de esperar y han desertado del camino de Jesús. Gargantas que han cambiado el “ten compasión de mí, Señor” por el “aléjate de mí, Seño porque veo por mí mismo”.

Que lejos de vivir de espalda a las situaciones de dolor y de prueba que viven tantos hermanos nuestros, podamos responderles con toda la fuerza de nuestra fe: “Qué quieres que haga por ti?”

Que en este Año de la Fe respondamos a Jesús con nuestras fuerzas: yo creo en Ti, yo espero en Ti, yo te amo a Ti Señor.