Moniciones y homilías Fieles difuntos

Fieles Difuntos
 

MONICIÓN DE ENTRADA

Hoy es una celebración muy especial. Recordamos a TODOS LOS DIFUNTOS. ¿Quién de los que estamos aquí no echamos en falta un abuelo, un amigo o incluso un padre que, hace un tiempo, murieron?

Aunque somos jóvenes o niños, un día también nosotros cerraremos los ojos al mundo. ¿Qué ocurrirá? Pues ni más ni menos lo que Jesús nos prometió: que si El resucitó también a nosotros Dios, por su poder y su amor, nos resucitará.

Por eso, mientras tanto, vamos a recordar a todos los que faltan en nuestras familias, en nuestro barrio, en nuestro pueblo y pidamos al Señor que le conceda descansar en paz.

(Nos ponemos de pie y hoy, además, encendemos en su recuerdo el CIRIO PASCUAL representando a Jesús que Resucitó.)

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

San Pablo nos llama a ser fuertes en el Señor y, además, nos invita a tener memoria de lo mucho que Dios hizo por nuestra salvación: Jesús muriendo en la cruz.

Que, después de escuchar el Evangelio, podamos creer de verdad que CRISTO es el camino, la verdad y la vida que nos lleva a Dios.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que no deje nunca de recordar a tantos cristianos que en su seno encontraron a Cristo por el Bautismo y murieron con la esperanza de resucitar. Roguemos al Señor

2. Por nuestros difuntos. Os invito a que permanezcamos unos segundos en silencio y en oración: (breves instantes de silencio…..) Que descansen en paz. Roguemos al Señor.

3. Por tantas personas que no tienen oraciones ni flores. Para que, en este día, llegue hasta ellos el recuerdo y nuestro cariño por esta Eucaristía. Roguemos al Señor.

4. Para que no olvidemos que, nuestra fe, es una fe de vida, una fe de futuro, una fe por la que Jesucristo un día nos devolverá a la felicidad eterna del cielo. Roguemos al Señor.

5. Por los que no creen. Por los que hoy olvidarán de visitar los cementerios y vivirán como si nada ocurriera. Para que sean sensibles al sufrimiento y al dolor de los demás. Roguemos al Señor.

 

Homilía Fieles Difuntos

Día de los Difuntos

 

Ayer celebramos a todos los santos. Hoy detenemos nuestra consideración y nuestra oración en nuestros hermanos, los fieles difuntos que están en el Purgatorio.

Hoy es, pues, para nosotros una jornada de recuerdo, de fe en la resurrección, de comunión fraterna con los difuntos, de oración por ellos, de esperanza en el reencuentro y de de testimonio del sentido trascendente de la existencia humana.

 

Recuerdo

 

Es día de recuerdo. Y es bueno que, este recuerdo de nuestros difuntos se haga visible en la visita al Cementerio donde descansan nuestros seres queridos. En el corazón de un cristiano, sin embargo, el recuerdo incluye a todos los que han muerto, conocidos o no. A todos, les queremos tener presentes en esta Eucaristía. Aunque de una manera más intensa recordamos a nuestros familiares y amigos que ya han dejado esta vida; los de todos los que estáis aquí.

 

Fe en la Resurrección

 

Hoy es, también, un día en el cual renovamos nuestra fe en la resurrección del Señor y en la de todos los difuntos. Creemos, como nos ha dicho la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, que la multitud de los que duermen en el polvo de la tierra se desvelará. Y que, todos los que han muerto con Cristo también resucitarán con él.

 

Comunión de los santos

 

Es a causa de esta fe en la vida más allá de la muerte, que hoy es, también, un día de comunión  con nuestros difuntos más próximos y con todos los que ya han dejado este mundo; en la caridad fraterna, nos sentimos solidarios de todos; tal como ruega la Iglesia, nos sentimos unidos no solos a los "que murieron en la paz de Cristo" sino también en aquéllos "cuya fe sólo tú" (Dios) "conociste" (cf. Plegaria eucarística IV). Sabemos que no se trata de una vinculación sentimental, sino que, gracias a Jesucristo, los difuntos no han dejado de existir sino que disfrutan de una existencia personal más allá de la muerte. Nuestra comunión con ellos es una comunión con unos seres bien reales y no simplemente un recuerdo afectuoso.

 

Oración

 

Y esta comunión se hace oración. En cada eucaristía la Iglesia hace memoria de los difuntos, pero hoy lo hace de una manera especial. Hoy ofrecemos la eucaristía y nuestras oraciones en sufragio de los que han muerto a fin de que Dios  les purifique y los acoja en su casa de paz y de felicidad plenas. Nuestra oración se suma a la de toda la Iglesia que se une a la de los moribundos y a la de los que, en su purificación, anhelan la plenitud de la salvación.

 

Nuestra oración hoy apela a esta fidelidad de nuestro Dios que sabe de las debilidades humanas y conoce el fondo de bondad que hay en el corazón de cada persona, depositado, a pesar del pecado, por el amor creador de Padre.

 

Día de esperanza

 

Por eso, hoy es también día de esperanza. Sabemos que, después de pasar también nosotros el umbral misterioso de la muerte, podremos reencontrarnos con nuestros seres amados y con la multitud inmensa de hermanos que disfrutan de la victoria de Jesucristo sobre el Mal y sobre la Muerte. Él ha sufrido la muerte para abrirnos la puerta de la Vida para siempre.

La esperanza, sin embargo, a la cual somos llamados todavía es mayor porque sabemos que no solo los reencontraremos a nuestros difuntos, sino que también podremos ver el rostro del Señor y podremos disfrutar personalmente del abrazo eterno del Padre en el gozo del Espíritu Santo.

 

Testimonio

 

Esta esperanza nos tiene que hacer testigos del sentido de la existencia humana, del hecho de que la vida no se acaba con la muerte; tenemos que ser anunciadores de la esperanza de vida eterna que hay en nosotros gracias a la fe en el Cristo muerto y resucitado. Y, por ello, esta esperanza nos tiene que hacer testigos del valor inalienable de la vida humana.

 

El cristiano ve la muerte y cree en la vida, porque sabe que la muerte, desde que un día Jesús murió en la cruz por amor solidario hacia todo el mundo, no es el final es el paso a la existencia plena que Dios quiere para la humanidad. De esta plenitud tenemos un anticipo en la eucaristía, que nos inserta en el misterio de muerte y de vida de Jesucristo, nos hace muy estrecha la comunión con todos los santos y nos lleva a la plegaria de sufragio por los difuntos

 

Al Dios de la vida, que resucitó a Jesús de entre los muertos, le pedimos que conceda la plenitud de la vida a nuestros difuntos.

 

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1.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero no es cristiano. No queremos decir que lo cristiano sea inhumano, sino que hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Los sentimientos humanos primarios no son siempre, afortunadamente, los más humanos. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a los sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, decimos que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.

2.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos que no tiemble su corazón, que crean en Dios y que crean también en él. Les dice esto en el sermón de la última cena, cuando sabe que la muerte le está acechando ahí mismo, a la salida del cenáculo. Jesús, en el huerto de los olivos, no es que no sintiera un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, es que su fe y su amor al Padre fueron más fuertes que su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su fe y su amor al Padre le impulsaron rápidamente a decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre con la esperanza firme y cierta de que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. Esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendría para siempre en la casa del Padre, es lo que le hacía vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, como sentimiento humano primario, ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.

3.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos.

En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en la sensibilidad y en la fe cristiana del hombre cristiano de hoy. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por eso, tendemos a creer y a esperar que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos. Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: mi alma espera en el Señor, espera en su palabra, porque de ti procede el perdón y así infundes respeto.

 

¡QUÉ SUERTE… LA DE ELLOS!

Ayer festejábamos el esplendor, la gloria y la vida –santa y buena- de miles y miles de hermanos nuestros, reconocidos o no, que alcanzaron la Santidad. Fueron bienaventurados, para Dios, aunque –en el mundo- tal vez pasaran algunos o muchos desapercibidos.

1.- ¿Y hoy? Hoy no perdemos el hilo que nos marcaba la fiesta de ayer. Si, en el día de Todos los Santos, las bienaventuranzas nos enseñaban el sendero de la virtud, hoy San Pablo, en su primera lectura o el mismo Cristo en la segunda, nos dicen que nuestros difuntos, porque creyeron y esperaron, “Dios los llevará con El”. Por lo tanto, en este día de Todos los Difuntos, tenemos derecho y motivos para la esperanza.

a).- Nadie nos puede quitar la memoria de aquellos que compartieron su vida, su fe y su ser con nosotros. Mucho están cambiando las cosas, en algunas latitudes, a la hora de afrontar un duelo. Lo importante, se haga como se haga, es que guardemos un indestructible recuerdo, en el corazón, en la oración y en la mente, de aquellos que fueron fieles a Dios y, por qué no decirlo, ¡en cuántas ocasiones fieles por nosotros y a nosotros! ¿O no?

b).- Tenemos derecho a la confianza. El Día de Todos los Difuntos, por los cuatro costados de nuestra persona, debiera de salir una acción de gracias a Dios: gracias, Señor, por la vida; por la oportunidad que nos diste para amarlos, para cuidarlos y por los años que compartieron sus pensamientos, palabras y existencia con nosotros. Y también, por qué no reconocerlo; perdón, Señor, porque en algunos momentos no estuvimos a la altura; porque es más fácil y menos comprometido, visitar a un fallecido que ayudarle en vida. Por eso, Señor, perdón por las veces en las que significaron poco o nos cansamos de amarles como Tú nos amas. Hay que vivir, esta festividad, mirando por la ventana de la esperanza: viven en el Señor, aguardan la resurrección, la muerte no es punto final.

c).- Finalmente, en este Domingo, más que nunca hemos de celebrar el Día del Señor. En su triunfo, estará el nuestro sobre la muerte; en la mañana de la Pascua, se sostendrá y aparecerá la nuestra y definitiva; por el sepulcro abierto de Cristo es por lo que visitamos, en estas horas, a nuestros seres queridos difuntos para meditar una y otra vez: “no busquéis aquí entre los muertos al que está vivo”.

2.- Estos, amigos, pueden ser –entre otros muchos- las motivaciones que nos empujan a pensar en ese camino que, ofrecido por Jesús, muchos de nuestros familiares lo han encontrado para darse de frente con la Ciudad Eterna: el cielo. Estas, aunque afloren las emociones en este día, son razones que nos mantienen despiertos; que nos hacen soñar en una mesa celestial, en la que todos, y digo todos, estamos invitados, por la fe, la esperanza y la caridad, a dar buena cuenta de lo que Dios nos ofrecerá: la felicidad y la vida sin límites.  Hoy, al recordar a nuestros difuntos, después de visitar los camposantos, no nos queda sino mirar al cielo y con la fuerza de nuestra voz y de nuestra fe gritar: ¡creo en ti, Señor! ¡Espero en ti, Señor! ¡Llévanos un día también con ellos, al encuentro del Padre! ¡Qué suerte tienen! ¡Qué ventaja nos llevan! ¡Ellos resucitarán en primer lugar! ¡Consolaos, pues mutuamente, con estas palabras!”

 

DESCANSAD

 

Descansad; descansad en las manos que, por ser tan grandes sólo pueden ser las manos de Dios

Vivid; vivid en aquella ciudad que –sin penas ni tristezas- sólo puede ser la Ciudad de Dios

Esperad; esperad el último día, pues por estar ya dormidos para vosotros será un pronto despertad

Orad; orad por los que aquí quedamos, pues bien sabemos que, nuestra hora, es hora incierta nuestro mañana, un tanto inseguro y nuestra fragilidad brota por los cuatro costados

Descansad; hermanos, descansad; vivisteis y, Dios, os guió con mano providente

Sufristeis: pero ¿quién sabe si ahora no estaréis descubriendo la otra cara de esa sufrida moneda?

Llorasteis; pero hoy con el pañuelo amoroso del Padre os sentís reconfortados y consolados

Amasteis; y como un gran capital que nunca decrece, presentáis las buenas acciones de vuestro ser los detalles de tanta delicadeza repartida la suavidad de las palabras que no quisieron herir la prudencia de los silencios que fueron vuestro baluarte

Sí, hermanos, descansad en las manos de Dios. Porque, en el camino que Cristo os enseñó, intentasteis llevar una vida y agradable. Con lágrimas y dolor. Con aciertos y fracasos. Con virtudes y pecados. Como los atletas en el estadio o en la competición, estuvisteis corriendo hacia la meta arropados y empujados por el Espíritu enamorados por Jesucristo atraídos por el amor infinito del Padre

Sí, hermanos, padres, amigos, compañeros, sacerdotes, y tantos que estáis ya al otro lado:

Descansad y pedid por aquellos que pensando que somos eternos un día junto a vosotros también estaremos. en espera de la resurrección final y definitiva.

Amén.

 

Recordando a los que se fueron
 

No resulta nada fácil celebrar en Domingo la liturgia de los fieles difuntos. Sin embargo, este año coincide así, y el Señor les ha querido dar preferencia. O mejor dicho, el Señor sigue celebrando el domingo pascual en la Pascua de cuantos creyeron en El. Confieso que lo que no me agrada es que a nuestros difuntos los celebremos con vestiduras moradas.

Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos y lo hacíamos de blanco. ¿Y por qué ahora nos ponemos de morado? ¿A caso los que nos han precedido en la casa del Padre no son también ya santos? Nunca me han gustado aquellas ritmas de Gustavo Bécquer que me pone al difunto solitario en el fondo oscuro del cuarto como un violín cuyas cuerdas se han callado.

Prefiero lo que escribe Gonzalo de Berceo: “Mientras aquí vivimos en ajeno moramos; la morada durable arriba la esperamos, y nuestra romería solamente acabamos cuando hacia el paraíso nuestras almas enviamos”.

Tampoco me gusta ver a la gente de luto como señal de recuerdo doloroso. ¿No sería preferible, al menos desde la fe, hacer el recuerdo de blanco? ¿No es la muerte nuestra fiesta de la vida? Porque a la muerte es preciso verla y mirarla no desde este lado sino desde el otro lado de la vida eterna. ¿A caso la muerte no es un nuevo y definitivo nacimiento?

Cuando un niño está por nacer, él se siente muy a gusto y calientito y feliz en el seno de la madre. Pero él no ha sido concebido para quedarse allí para siempre. Si no nace a tiempo, le tendrán que hacer cesárea. Entiendo que para él, dejar el seno materno tierno y caliente, para asomarse a este mundo es como una especie de muerte. Y sin embargo, el padre, los hermanos y familiares y amigos están gozosos esperando a que llegue. ¡Ya nació! ¡Es un niño! ¡Es una niña! Y todos los celebran.

¿No será lo mismo nuestra muerte? Todos nos sentimos a gusto en esta vida como si fuese la única. Y sin embargo, al otro lado nos espera la vida de verdad y nos espera Dios que nos engendró en su corazón y ahora volvemos a Él.

Jesús nos ha repetido en el Evangelio que “el que cree en El ya tiene vida eterna”. “Y quien como de su carne también tiene la vida eterna”. El más allá no comienza el día que morimos. El más allá ya lo llevamos dentro de nosotros. Pero lo llevamos como el grano de trigo lleva dentro de su cáscara dura, ese germen blanco. El grano, nos dice Jesús, tiene que caer en tierra. Y tiene que morir, pero al morir, al descomponerse la cáscara del grano, recién entonces comienza el germen a brotar. Y se hace tallo y se hace espiga.

¿No es eso el morir del cristiano? Llevamos dentro en germen la vida eterna de Dios, pero aprisionada en la cáscara de nuestra vida mortal que la impide florecer plenamente. Y es preciso que esta cáscara se descomponga con la muerte para que comience a brotar lo eterno, la vida nueva de Dios. Por eso, el morir para el creyente no es morir, sino sentir que ha llegado la primavera y hace brotar las semillas escondidas en la tierra durante los fríos del invierno.

Decimos cada día al atardecer que el “sol se está muriendo”.

Pero muere porque está naciendo en otras partes del mundo.

Quedamos nosotros a oscuras, pero en otros lugares está amaneciendo.

Esta es también la muerte.

Se muere el sol de nuestra vida, para nacer en la eternidad.

Los nuestros quedan en la sombra de la despedida, pero nosotros estamos amaneciendo en Dios.

Me gusta la canción de Juan A. Espinosa:

Ya no temo, Señor, a la muerte, ya no temo, Señor, la eternidad; porque tú estás allá esperando que yo llegue hasta Ti”.

Tenía siete años cuando murió mi madre, a la temprana edad de los treinta años. Recuerdo exactamente aquel pedazo de tierra en la que la enterraron. Durante unas de mis vacaciones quise visitarla. Claro que a ella no la vi. Pero sentí una gran alegría. Allí había crecido fresca la hierba. No era ella reencarnada en la hierba. Pero el signo de la vida y de que ella estaba viva. La hierba cubría su tumba, pero ella vivía en Dios.

Y entonces recordé aquella mañana de Pascua: “Mujer, ¿por qué lloras? No busquéis entre los muertos al que está vivo”. (Jn 20,15; Lc 24,5).

 

 

A nadie se nos ha prometido una vida lisa y llana, sin dificultades o tropiezos. Todos, en nuestra existencia, hemos comprobado y lo vamos sintiendo, como la vida tiene muchos contrastes: luz y oscuridad, alegría y pena, dudas y certezas, vida y muerte.

1.- Hoy, en este día, recordamos a todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe y en nuestra existencia. ¡Cuánto les debemos! ¡Cuánto les añoramos! ¡Cuántas gracias damos a Dios por la oportunidad que nos dio de quererlos, cuidarlos y despedirlos!

Nos precedieron en el camino de la fe. Nos enseñaron a ser fuertes en estos momentos. En definitiva nos dijeron que, por el hecho de ser hijos de Dios, su muerte no podía ser un “hasta nunca” sino, por el contrario, “hasta la vuelta de la esquina”, “hasta que, con vuestra muerte, nos encontremos todos de nuevo”

2.- Nos reunimos en este día de difuntos por muchas y poderosas razones.

Primero: porque el testimonio y el paso de los nuestros no nos ha dejado indiferentes. Fueron escuela en la que nos sentamos aprender los principales valores de la vida. Nada ni nadie podrá sustituirles. Ellos, aun estando ausentes, son referencia en muchos momentos en los que necesitamos reflexionar, pensar o decidir. Esta convocatoria, por lo tanto, nos invita a agradecer a Dios por tantos y tantos frutos que supimos ver madurar y recoger en el árbol de nuestros seres queridos los difuntos. ¡Dales el descanso, Señor!

Segundo: porque, si ya aquí, quisimos lo mejor para ellos, es ahora cuando pedimos a Dios que no tenga en cuenta aquellos borrones que se pudieron dar en alguna de las hojas de sus vidas. ¿Quién es perfecto? Sólo Dios. Por ello mismo, orar por nuestros difuntos, significa confiar en Dios, hablarle de ellos y –sobre todo- recordar al Señor que murieron creyendo, y esperando en El. ¡Dales, la vida eterna, Señor!

Tercero: porque en la cruz de Cristo todo se ilumina. Y, con la muerte de nuestros seres queridos (padre, madre, hijo, hermano…….)hemos visto como, la cruz, se plantaba en el centro de nuestra familia, en el núcleo de nuestra felicidad, en lo más hondo de nuestro corazón. Mirando a la cruz de Jesús todo adquiere un sentido distinto: “volveré”. Y, con esa promesa del Señor, nos quedamos. Volveremos a vernos. En cuerpos glorificados. En mañana de resurrección. En aquel día en que, cuando Dios quiera, seremos llamados a dar cuenta de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad. Mientras tanto, aún siendo dura la prueba, la cruz que mata, nos consolamos y hasta nos hacemos invencibles por Aquel que venció al peor enemigo del hombre (la muerte) en una cruz. ¿Pudo dar algo más que su sangre Jesús? ¡Dales, el abrazo de Hermano Mayor, Señor!

--Que el silencio hable, no son necesarias muchas  palabras

--Que la Palabra del Señor nos ilumine, sobran las  nuestras

--Que el recuerdo aflore, pero que para fortalecer  nuestra fe

--Que la oración brote, es lo único que llega hasta  ellos

--Que la Eucaristía se reparta, para que sea anticipo  de lo que nos espera

3.- Pidamos al Señor que, todos nuestros familiares difuntos, gocen de esa paz, de esa alegría, serenidad y reconocimiento que tal vez el mundo –o nosotros mismos- no les supimos dar.

Pidamos al Señor que, esta celebración, sea un firme profesión de lo que creemos y esperamos: la resurrección que conquistó Cristo en su alzada a la cruz, descendimiento al sepulcro y triunfo sobre la muerte.

¡Va por vosotros, queridos difuntos!

Con mucha frecuencia en nuestras conversaciones aparecen inconscientemente expresiones que se refieren a Dios. Entre ellas, me llama la atención que últimamente se ha puesto muy de moda utilizar la expresión “divino de la muerte” para referirse a algo (o alguien) que nos gusta mucho, que es estupendo, etc. Y sacándole un poco de miga, esta coloquial expresión me va a servir para hablar de nuestra imagen de Dios, de la vida y de la muerte. Pues creo que Dios —al menos el que nos muestra Jesucristo— sería más bien “divino de la vida”…

Es evidente que la realidad de la muerte —cuanto más cercana, con más intensidad— a menudo nos remueve, cuestiona y desmonta nuestro concepto de la vida, del ser humano y de Dios. Podríamos decir que la muerte nos sitúa en la vida. Y ante la experiencia de la muerte no caben las respuestas “de libro”, no valen los razonamientos simplistas, pues —nunca mejor dicho— nos va la vida en ello. Cualquiera de nosotros habrá acudido en diversas ocasiones a funerales o velatorios. Y creo no equivocarme mucho si digo que a menudo las palabras que hemos escuchado (o pronunciado) en esos difíciles momentos no han sido motivadoras ni portadoras de esperanza, sino más bien resignadas, pesimistas, insensibles, y hasta “poco humanas”. Especialmente cuando se produce una muerte inesperada, violenta, de una persona joven, ocasiones en las que son habituales las expresiones «Dios se lo ha llevado y él sabrá por qué», «existe un destino, que es la voluntad de Dios», «tenía predestinada una muerte así», «El Señor nos pone a prueba», «Dios se lleva a los mejores»… O como la última que escuché hace apenas diez días, de boca de un sacerdote: «ahora os recomiendo una cosa a los familiares: cuantas menos lágrimas, mejor».

Me pregunto qué imagen de Dios, del ser humano, del sufrimiento y la muerte, dejan entrever todas estas afirmaciones. Humanamente me asusta esa resignada aceptación de la muerte, y más aún la insensibilidad que camufla el dolor y ni siquiera deja vivir el duelo por la pérdida de un ser querido. ¡¡Si el mismo Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro!! Esas actitudes me recuerdan al personaje de la madre en la polémica película “Camino”, que parece no sentir dolor alguno por la muerte de su hija adolescente (ni de otro bebé que perdió al poco de nacer). Es desgarrador, y por desgracia este tipo de mentalidad —eso sí, no tan extremista— se da también fuera de la ficción, entre los creyentes. Y siempre justificada desde “la voluntad de Dios”…

Pero ¿de qué Dios? ¿Un Dios caprichoso y cruel, que quiere arrebatar su hijo a unos padres de manera violenta? ¿Puede Dios “jugar a los dados” de esa manera con las personas y manejar la vida a su antojo, ensañándose y poniendo “pruebas” como ésta? ¿Es ése el Dios cristiano? Si es así, yo me borro ahora mismo…

Es cierto que, ante situaciones como ésta que nos desbordan, buscamos explicaciones como sea, y si tenemos fe, tratamos de darle un sentido creyente. Todo eso es legítimo y comprensible. La muerte no deja nunca de ser un misterio, más aún la de un ser querido, y la vida sigue siendo un regalo, un don del que no somos dueños, y que tiene “fecha de caducidad”. Pero no puedo creer que Dios sea tan cruel y caprichoso como para jugar de esa manera con el regalo que nos ha hecho. Al menos si hablamos del Dios del Evangelio, el Padre que Jesús nos ha revelado.

Por Él tenemos la esperanza y la certeza de que la muerte no es el final, pues nos ha prometido una vida plena a su lado. Pero eso no le da “derecho” a recrearse en su omnipotencia y hacer de su voluntad un caprichoso azar que nos tenga “en vilo”. Me rebelo contra esa imagen de Dios, que de ninguna manera es la del Dios revelado en Jesucristo.

Entonces —preguntarán algunos— ¿qué explicación tienen sucesos tan trágicos como los accidentes, asesinatos u otras muertes fortuitas? ¿Qué cabe decir o pensar de Dios? ¿Está Él detrás de todo eso? ¿De qué manera? No es fácil responder a ninguna de esas preguntas, pero creo que hacemos un flaco favor a Dios y al ser humano si pretendemos explicarlas poniendo “verde” a Dios. Porque de este modo, convertimos a Dios en un sádico y despiadado señor, y al hombre en un títere sin libertad, a merced de las caprichosas decisiones de Dios. Más aún si para colmo lo justificamos todo desde el infinito amor que Él nos tiene, desde “lo mucho que nos ama”. Algo que también he oído en funerales más de una vez…

Como personas, necesitamos responder a los porqués de nuestra vida, no podemos aceptar que algo quede sin explicación o demostración, nos cuesta admitir las dosis de misterio que incluyen nuestra vida y nuestra fe. Quizá sea más “fácil” cargar toda la responsabilidad en Dios y resignarse pensando que “Él sabrá”… Con todos mis respetos, creo que nos falta fe, porque no terminamos de fiarnos de ese Dios que nos ha hablado en Jesús, su Hijo que ha venido para darnos vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10). El Hijo que, más que dar explicaciones, luchó contra el sufrimiento de los hombres y mujeres, para que no perezca ninguno de los que el Padre le confió (Jn 3, 14). El Hijo que asumió plenamente nuestra condición humana, con sus debilidades y sufrimientos, y desde ella nos llamó a una Vida en plenitud. El Hijo que sufrió y murió en la cruz, porque nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1).

Este Dios, que es esencialmente amor y vida con mayúsculas, que se entrega a sí mismo para dar vida a sus hijos, este Dios cuya gloria es “el hombre vivo” (san Ireneo), no puede de ningún modo desear el dolor del hombre, no puede imponerle el sufrimiento como prueba de su amor. Este Dios está con el hombre, sufre con el que sufre, llora con el que llora, se remueven sus “entrañas” cuando uno de nosotros hace un uso inhumano de su libertad. Dios no nos carga con el sufrimiento, no es el autor o causante de nuestro dolor, pero sí nos da fuerza para sostenernos en el dolor, sí nos acompaña en estas situaciones —que llegan más tarde o más temprano—, sí alienta nuestra esperanza para afrontar el futuro que se ha visto nublado con una desgracia. No conocemos la mente de Dios, pero su voluntad es ante todo salvadora y liberadora, no lo olvidemos. De ninguna manera puede ser una “losa” que caiga sobre nuestra historia cruel e irremediablemente. Si es así, nuestra fe se volverá tremendamente inhumana.

Así que, sin ánimo de dar lecciones a nadie, me quedo con mi fe, quizá insegura y débil. La fe en un Dios que está con el ser humano, compartiendo su sufrimiento y alimentando su esperanza. La fe que no tiene todas las respuestas y explicaciones, pero que trata de buscar sentido desde Dios. La fe que a veces tiene que hacer silencio ante el misterio, la fe que pide más fe. La fe que nace de sentirse querido y sostenido por Dios. La fe que mira a Dios con confianza, no con temor. La fe que no me priva del dolor, pero que me ayuda a vivirlo con esperanza. La fe que me llama a aliviar también el sufrimiento de los demás. La fe en el Dios del Evangelio… La fe en un Dios de vivos, no de muertos (Lc 20, 38). Un Dios “divino de la vida”.