Domingo 32 Tiempo Ordinario Ciclo C

Meditación:
 

Han pasado dos mil años y todavía nosotros seguimos con la mentalidad de un Dios metido en un sepulcro. Seguimos pensando más en un Dios muerto y de muertos que en un Dios vivo y para los vivos.

El Evangelio de hoy nos habla claramente de que Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos y para los vivos.

Cuentan de un monje ilusionado por visitar el Santo Sepulcro. Cuando consiguió el dinero se puso en camino. En esto oyó que alguien le seguía:

- ¿A dónde vas, padre mío?

- Al Santo  Sepulcro de Jerusalén. Ha sido la ilusión de mi vida.

- ¿Cuánto dinero tienes para eso?

- Treinta libras

Dame las treinta libras: tengo mi mujer enferma, mis hijos con hambre. Dámelas y da tres vueltas alrededor de mí, arrodíllate, póstrate ante mí y luego vuelve al monasterio.

El monje sacó las treinta libras y se las dio. Dio las tres vueltas, se arrodilló y volvió al monasterio.

Más tarde comprendió plenamente que el mendigo era el mismo Cristo. (Vida Nueva Cuaderno 5)

  

No nos duele gastar nuestro dinero en una peregrinación a Tierra Santa, a Compostela… Y no nos arrepentimos… De lo que sí tendríamos que arrepentirnos es que luego de haber ido tan lejos, luego no seamos capaces de verlo y reconocerlo en el hermano que tengo a mi lado.

Porque la verdadera presencia de Jesús hoy la tenemos muy cerca de nosotros:

                Lo tenemos en el Sagrario donde nos espera cada día.

                Lo tenemos en los Sacramentos donde lo podemos encontrar a diario.

                Lo tenemos en el hermano que está a nuestro lado.

                Lo tenemos en el enfermo que sufre y con frecuencia está demasiado solo.

                Lo tenemos en el anciano que se muere de soledad más que de años.

El Dios de nuestra fe no es un Dios de muertos.

Pero la práctica habitual de la inmensa mayoría de los cristianos parece dar esa impresión…

Dios es el Dios de los que han muerto y siguen viviendo en El.

Pero antes es el Dios de los que aún seguimos vivos. Porque solo la experiencia de Dios en la vida puede ser garantía del Dios después de la muerte.

Necesitamos vivir a Dios no solo cuando estamos de luto. También necesitamos vivir a Dios cuando estamos vestidos de fiesta y disfrutamos de los gozos y las alegrías de la vida. Dios no comienza después de nuestra muerte. Dios comienza con nosotros cuando nacemos. Dios no comienza cuando nos encontramos en el más allá. Dios comienza en nosotros cuando estamos en el más acá.

 

Para encontrarnos con Dios no hace falta ir al Santo Sepulcro.

Basta encontrarlo en el propio hogar o en el propio pueblo: en la esposa, en el esposo y en los hijos, en los vecinos o los compañeros de trabajo…

Basta encontrarlo cuando salimos a la calle y nos topamos con el hermano necesitado.

Si queremos un Dios para la eternidad, primero debemos encontrarnos con el Dios que está en nosotros y nos está dando la nueva vida. Es un Dios para vivir primero aquí y luego en la eternidad…