Moniciones y homilías

Domingo  32  del TO / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

El Señor, una vez más, nos reúne junto a su mesa santa. ¿Somos conscientes de que Jesús es nuestra mayor riqueza? ¿Se nota en la forma de ser, de trabajar, de hablar que esperamos y soñamos con Él?

Hoy, el Señor, nos invita a darle lo mejor de nosotros mismos. No nos podemos conformar de darle con cuenta gotas unos minutos de oración, o la eucaristía. ¡Tenemos que hacer algo más! Tenemos que ofrecerle algo que nos cueste. Algo que demuestre que somos de los suyos y que es importante para nosotros.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Quien tiene poco, cuando da, nunca desespera. Cristo, además, vendrá a recoger el fruto de nuestra esperanza: a todo aquel que le sirve con corazón sincero. Por otro lado, el evangelio de hoy, nos alienta a caminar y actuar como hijos de Dios. Ofreciendo aquello que más agrada al Señor: la bondad de corazón. ¿Seremos capaces? Escuchemos las lecturas.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que no se canse nunca de darnos a todos los hombres y mujeres la belleza interior que guarda desde hace siglos: a Jesucristo. Roguemos al Señor.

2. Por todos los que han entregado todo por la fe, por la Iglesia, por el Evangelio. Para que aguarden aquel día en el cual, Dios, recompensará todo su esfuerzo y sacrificio. Roguemos al Señor.

3. Por todos nosotros. Para que no nos conformemos con agradar a Dios con la eucaristía de cada Domingo. Para que se note, donde quiera que nos encontremos, que el Señor es importante en nuestros actos y generosidad. Roguemos al Señor.

4. Por todos aquellos que atesoran riquezas y reparten sólo migajas. Por las personas que ponen todo su interés en el dinero y olvidan a los más necesitados. Roguemos al Señor.

5. Para que nuestra esperanza de vivir un día en el cielo nos haga ser más desprendidos, buenos y solidarios. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 32 del T.O / B

 

1.- Hay momentos en que la vida se pone tan cuesta arriba que perdemos las fuerzas para seguir caminando y estamos tentados de “tirar la toalla” pensando que no merece la pena el esfuerzo. También nuestra fe, que muchas veces se mueve por inercias o rutinas, se ve abocada al desencanto o a la pasividad. Hoy tenemos dos ejemplos en la Palabra de Dios que, por un lado viven situaciones trágicas en sus vidas, pero que por otro lado nos dan una gran lección de fe y de confianza. Las dos son mujeres y las dos son viudas. En una cultura tan marcada, por un lado, por el poder patriarcal del padre de familia, y por la poca o nula valoración de la mujer, quedarse viuda era una de esas situaciones que os comentaba al principio donde uno se ve abocado a la peor de las vidas.

2.- La viuda de Sarepta y la viuda del Templo viven en la más absoluta pobreza. La primera tiene, además, un hijo a su cargo. Con lo último que le queda en la despensa va a hacer un pan, “nos lo comeremos y luego moriremos”. La segunda se acerca al Templo a hacer su ofrenda y echa “todo lo que tenía para vivir”. ¡Vaya panorama! En los dos casos, Dios está cerca, no sólo a través del profeta Elías o del mismo Jesús, sino también en lo más profundo del corazón de estas mujeres. En el fondo, son la encarnación de la primera de las bienaventuranzas, que escuchábamos el domingo pasado, son “pobres en el espíritu”, además de pobres materiales, porque ponen toda su vida y toda su confianza en manos de un Dios que para ellas es el Dios de la Vida y de la felicidad. Porque lo que hacen estas mujeres no es posible sin esa fe y esa confianza en Dios.

El profeta Elías anuncia un oráculo de esperanza: “la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. Llevaba muchos años sin llover sobre aquella tierra, el cielo “estaba cerrado”, cosa que aumentaba las situaciones precarias que vivían las gentes de Sarepta, acostumbradas a trabajar y a comer de los frutos de la tierra. Pero sin agua, aquello no era sostenible.

3.- Jesús, que mira más allá de las apariencias, también sabe ver la fe y la gran confianza en Dios de esta pobre viuda que se acerca al arca de las ofrendas del Templo, y que pone toda su vida en manos de un Dios que quiere una vida digna y feliz para sus hijos. Los discípulos aprenden, o por lo menos Jesús intenta que así sea, que lo importante al hacer las cosas es hacerlas de corazón y que, por muchos y grandes gestos heroicos que hagamos, si no tienen amor son “como un metal que resuena o unos platillos que aturden”, que decía San Pablo. Al final, la esperanza y la confianza en Dios dan su resultado. La orza y la alcuza de la viuda de Sarepta se mantuvieron llenas para alimentar a aquella familia y también al profeta Elías. La viuda del Templo se fue a su casa justificada ante Dios. Y Jesús desenmascaró la vanidad y la avaricia de unos escribas que se aprovechaban de su condición religiosa para abusar de los pobres en vez de socorrerles.

4.- La Iglesia, los cristianos, todos nosotros, estamos llamados a aprender de esta lección que hoy nos da Jesús. Somos como aquellos discípulos que escuchan al Maestro y de nosotros depende hacer “oídos sordos” o empezar a cambiar nuestras actitudes para hacerlas semejantes a las de Jesús. La Eucaristía que celebramos cada domingo ha de ser expresión de lo que vivimos durante la semana y de lo que hay en nuestro corazón. No podemos vivir la Eucaristía como una “obligación” o una “rutina”, ya que no nos va a llevar a la solidaridad con los más necesitados, porque nuestro corazón está en otro sitio, ni nos va a hacer caer en la cuenta de la importancia del sacrificio de Cristo en la cruz.

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POBRE POR FUERA, BELLA POR DENTRO

Poco a poco, Jesús, nos va desplegando todo su programa de vida: su percepción de las cosas y de las personas. La relación, sincera y fluida, que hemos de tener los hombres y mujeres de fe respecto a Dios. Hoy, al asomarnos por la ventana del Evangelio, contemplamos a una viuda pobre. Una mujer que, más allá de dar de la abundancia, ofrecía desde la escasez, desde su pobreza: lo daba todo. Era su beldad, su grandeza: en Dios estaba su esperanza.

1.- Una lección bien práctica y sugerente en esta eucaristía. No nos podemos contentar con proporcionar bienes materiales si, ese desprendimiento, no supone una donación de nuestras personas, de nuestros talentos. Es decir, el mérito no está tanto en el cuánto se da, sino en el cómo y desde dónde se da. Podríamos decir que, la calidad de nuestra generosidad, no está en la cantidad sino en el sacrificio que supone. Se suele decir que, el amor, es más puro cuanto más cuesta cuidarlo, mantenerlo y consolidarlo.

-Es fácil hablar mucho, para quien es elocuente.  -Es factible ser generoso, para quien lo posee todo.  -Es viable salir al paso de las necesidades de los más pobres desmigajando un poco el gran pan de nuestra riqueza. Pero, lo meritorio, es cuando sin tener demasiado, se comparte hasta lo que no se tiene. Cuando, sin saber demasiado, se habla lo justo y necesario. Cuando, sintiendo uno necesidad en su propio entorno, mira más allá de sí mismo y, olvidándose de sí mismo, ve más estrechez al lado que en su indigencia personal.

Todos, como la viuda, podemos enajenarnos de aquello que nos hace falta.

-Tiempo. Vamos deprisa, andamos escasos de él. Detengámonos un poco. Escuchemos a los hijos. Dialoguemos en familia.

-Amor. Nunca, el mundo, ha estado tan lleno de todo como escaso de afecto. El ser humano anda mendigando amor. Ofrezcámoslo. Un amor sincero que se traduce en compañía y silencio, una visita oportuna a un enfermo o una palabra de aliento al que se encuentra abatido, deprimido.

-Humildad. Brilla por su ausencia en muchos de nosotros. ¿Por qué escuchamos con cierta frecuencia “creo en Dios pero no en muchos cristianos”? En algunos casos será justificación para no integrarse ni comprometerse con la vida eclesial. Pero, en otros, nos debiera de urgir a interrogarnos, interpelarnos seriamente sobre nuestra coherencia de vida. Si, en verdad, lo que decimos creer se refleja o no en nuestro pensamiento, actitudes, alegría, etc.

2.- La viuda del evangelio de hoy, no daba lo que tenía. ¡Daba mucho más! ¡Se desprendía de todo lo que tenía! De aquello que precisaba para seguir adelante. Y, lo bueno, es que Dios no pasaba por alto su causa.

Una vida acomodada no es el mejor garante ni acompañante para un cristiano. Tampoco es que, el Señor, nos ponga la soga al cuello o boca abajo para que nos vaciemos de todo lo que poseemos. ¡Va mucho más allá! Quiere lo que llevamos dentro. Que sepamos que, todo lo que hacemos o dejamos de realizar, no le es indiferente.

Caminaban dos peregrinos por el desierto. Y, en medio del sofocante calor, uno de ellos –habiendo quedado sin agua- le pidió al otro (que también la necesitaba para seguir caminando) su cantimplora. Cuando llegaron al final de su peregrinación, el primero le dijo al segundo: “dame por favor, esa fuerza interior, que te ha empujado a darme el agua que tú necesitabas”.

Esto es lo que, el Señor, nos pide en nuestro itinerario cristiano. La vida interior. La belleza interior. Esa capacidad que nos convierte tremendamente generosos y no egoístas; esa intuición que nos hace estar presentes ahí donde la humanidad nos necesita y no mirándonos al propio ombligo. Esa satisfacción de decir “he hecho aquello que tenía que hacer y punto”. Sin orgullo ni llevando cuentas de lo mucho que hemos hecho por los demás. Entre otras cosas porque, si lo hemos llevado a cabo, es porque hemos podido. Porque Dios nos ha bendecido con la abundancia.

3.- Bueno sería, terminar esta reflexión, observando nuestras manos. Cuando se abren, son manos del Señor; cuando se cierran, son manos de uno mismo. Nuestros ojos: cuando miran lo que dan, son ojos humanos; cuando miran hacia un lado y otro, buscan saciar una y otra vez necesidades. Nuestro corazón: cuando no pone su atención en lo material, es corazón que busca a Dios; cuando se siente preso entre las rejas de lo efímero, es que no sabe vivir en la libertad de los hijos de Dios.

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Para comprender el gesto de estas dos pobres viudas que aparecen hoy en las lecturas, hay que descubrir la realidad en que vivían las viudas en los tiempos bíblicos.  Las viudas quedaban, la mayoría de las veces, a merced de sus hijos si los tenían. En un mundo como aquél las viudas junto a los huérfanos formaban la mayor parte de la gran masa de pobres que habitaba Palestina.  Son los que en hebreo se llama los “anawin” y desde tiempos de los profetas bíblicos serán objeto de la predilección de Dios y de la denuncia hacia los que los explotan y los abandonan.

            Por eso, conociendo la situación de extrema necesidad de estas viudas, aún choca más el gesto de absoluta generosidad que realizan al dar todo lo que tienen para vivir.  La viuda de Sarepta comparte con un Elías, un desconocido para ella, la última comida que ella y su hijo tienen. La viuda del evangelio da todo lo que tiene en la colecta del Templo. Dos gestos inauditos, más aún contemplados desde nuestra situación, desde nuestra sociedad rica y opulenta.  Nosotros que ante los desconocidos y los emigrantes cerramos nuestras casas y fronteras, nosotros que ante los gritos de auxilio del tercer y cuarto mundo nos conformamos con dar un poco de lo que nos sobra.

¿Qué pensar de estas dos viudas? ¿Cómo se puede llegar a esos extremos de solidaridad?  No cabe en nuestro corazón ni en nuestra mente, quizás porque hemos perdido el norte de lo que significa sentirse y ser humanos.  Ninguna de las dos viudas pensaban pasar a la historia por su acción, ninguna de las dos pensaron que aquel gesto era importante, pero allí estaba Dios, que todo lo ve, que todo lo conoce, y para el que nada pasa desapercibido.  El evangelio contrapone el gesto de las viudas a esos gestos de orgullo de los escribas que hacen todo para que les vean y los alaben y acaban comiéndose los bienes de las viudas.  Hoy también la historia de humanidad no la hacen los grandes de nuestro mundo sino los gestos anónimos de personas como las viudas de la Biblia. Muchas personas han dado limosna a los pobres a lo largo de los siglos, ricos y menos ricos, pero sólo aquellas viudas de las que no guardamos ni su nombre, han quedado en la historia de la humanidad como fuente inagotable de esperanza y en la bondad del ser humano.  Dios se vale de lo pobre y lo pequeño para realizar su obra, ¡Cuántas veces lo escuchamos y qué difícil nos es creerlo!

            El ejemplo de las viudas tiene que cundir entre nosotros, entre los que nos llamamos hijos de Dios.  No podemos conformarnos con una limosna que no cambia para nada nuestra situación, porque la caridad tiene que dolernos en la carne, en la comodidad, en la imagen... No podemos ser solidarios de colectas y de un día.  Sino ser solidarios siempre, abrir nuestro corazón, nuestras mentes y nuestras casas y dejar que alguien se lleve algo de lo que tanto queremos y apreciamos.  Y todo de una manera discreta, anónima, sabiendo que Dios lo ve todo y Él es nuestro verdadero tesoro.