La radicalidad de la fe

LA RADICALIDAD DE LA FE

1.- Quién es esta pobre mujer, que viene a entregar a Dios todo lo que le queda. Viuda, sin la protección del marido, seguramente sin hijos que se ocupen de ella, que por eso pudo disponer de todo lo que la queda.

Aquella mañana una más de la larga hilera de días en suma pobreza sintió la necesidad de dar lo que la quedaba y envuelta en su velo va a ese templo en el que tantas horas ha pasado orando a Dios.

Y escondida entre la multitud, empujada a un lado, tal vez, por un donante más poderoso, llega al cepillo del templo, y como pidiendo al Señor perdón por la pequeñez de su donativo se retira de nuevo escondida en su velo, nadie la ha visto, como ella quería, sólo Dios.

Sí, nadie se ha fijado en ella sino es para esquivar su pobreza. Solo Dios, sólo el Señor Jesús no quiere dejar en el anonimato la generosidad de esos cinco céntimos ofrecidos a Dios de todo corazón. Y se va la mujer sintiendo en su corazón la cálida mirada del Señor. La pobre mujer va a su casa a pasar hambre, pero el corazón de Dios se va con ella, porque para Dios no hay anónimos, para Dios no somos nombres en una lista de donantes, somos cada uno hijos predilectos.

2.- Una vez más nos da el Señor la lección: que sus hijos preferidos no son los heroicos santos con que nos gozamos nosotros, son los santos desconocidos, los de cada día, de los que nadie sabe el nombre ni su alcurnia

Creo que hay dos grandes lecciones en este evangelio. Una en la que el Señor va a insistir más tarde y es que a Él no le gustan las trompetas, ni los escenarios en las calles… El que ora, ore en su casa a puerta cerrada. El que ayune que disimule el ayuno. El que da limosna que su derecha no sepa lo que hace su izquierda.

Que las cosas de Dios se hacen en silencio y en lo escondido, como el crecer de las flores del campo se hace sin testigos. Y de la noche a la mañana el campo es una alfombra de flores, como la semilla esa raíces y tallo y espigas son que los hombres se den cuenta.

El mismo Reino de Dios, teniendo todos los derechos para imponerse en el mundo entero, no lo hace con escudos y lanzas, con trompetas y megafonía, lo hace en el silencio del contagio de un trocito de levadura que fermenta todo, lo hace la pequeñez del grano de mostaza insignificante.

3.- Otra lección es la radicalidad… “Deja que los muertos entierre a sus muertos”, “Vende todo y dalo a los pobres”, “Si echas mano del arado y miras atrás no serás digno del Reino. Y en las lecturas de hoy hay radicalidad: la viuda de Sarepta que da el pan que iba camino de la boca de su hijo al profeta Elías; la viuda del evangelio que da todo lo que necesitaba para vivir; Jesús que se sacrifica una vez… da su vida por todos nosotros.

Y creo que nosotros hemos limado las aristas de esta radicalidad de la fe. Como una joya preciosa la hemos guardado en un joyero acolchado. La tenemos en un precioso florero como rosa a la que previamente hemos quitado las espinas. Posiblemente, no nos cuesta nada vivir nuestra fe… si es fe lo que vivimos.

 

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Poco a poco, Jesús, nos va desplegando todo su programa de vida: su percepción de las cosas y de las personas. La relación, sincera y fluida, que hemos de tener los hombres y mujeres de fe respecto a Dios. Hoy, al asomarnos por la ventana del Evangelio, contemplamos a una viuda pobre. Una mujer que, más allá de dar de la abundancia, ofrecía desde la escasez, desde su pobreza: lo daba todo. Era su beldad, su grandeza: en Dios estaba su esperanza.

1.- Una lección bien práctica y sugerente en esta eucaristía. No nos podemos contentar con proporcionar bienes materiales si, ese desprendimiento, no supone una donación de nuestras personas, de nuestros talentos. Es decir, el mérito no está tanto en el cuánto se da, sino en el cómo y desde dónde se da. Podríamos decir que, la calidad de nuestra generosidad, no está en la cantidad sino en el sacrificio que supone. Se suele decir que, el amor, es más puro cuanto más cuesta cuidarlo, mantenerlo y consolidarlo.

-Es fácil hablar mucho, para quien es elocuente.

-Es factible ser generoso, para quien lo posee todo.

-Es viable salir al paso de las necesidades de los más pobres desmigajando un poco el gran pan de nuestra riqueza. Pero, lo meritorio, es cuando sin tener demasiado, se comparte hasta lo que no se tiene. Cuando, sin saber demasiado, se habla lo justo y necesario. Cuando, sintiendo uno necesidad en su propio entorno, mira más allá de sí mismo y, olvidándose de sí mismo, ve más estrechez al lado que en su indigencia personal.

Todos, como la viuda, podemos enajenarnos de aquello que nos hace falta.

-Tiempo. Vamos deprisa, andamos escasos de él. Detengámonos un poco. Escuchemos a los hijos. Dialoguemos en familia.

-Amor. Nunca, el mundo, ha estado tan lleno de todo como escaso de afecto. El ser humano anda mendigando amor. Ofrezcámoslo. Un amor sincero que se traduce en compañía y silencio, una visita oportuna a un enfermo o una palabra de aliento al que se encuentra abatido, deprimido.

-Testimonio de fe. En este Año de la Fe ¿no sería bueno ofrecer algo de lo que llevamos escondido tímidamente (el cristianismo que decimos profesar) a cuántos nos rodean o en el ambiente donde trabajamos o disfrutamos?

2.- La viuda del evangelio de hoy, no daba lo que tenía. ¡Daba mucho más! ¡Se desprendía de todo lo que tenía! De aquello que precisaba para seguir adelante. Y, lo bueno, es que Dios no pasaba por alto ese detalle. Una vida acomodada no es el mejor garante ni acompañante para un cristiano. Tampoco es que, el Señor, nos ponga la soga al cuello o boca abajo para que nos vaciemos de todo lo que poseemos. ¡Va mucho más allá! Quiere lo que llevamos dentro. Que sepamos que, todo lo que hacemos o dejamos de realizar, no le es indiferente.

3.- El Señor, nos pide en nuestro itinerario cristiano la vida interior. La belleza interior. Esa capacidad que nos convierte tremendamente generosos y no egoístas; esa intuición que nos hace estar presentes ahí donde la humanidad nos necesita y no mirándonos al propio ombligo. Esa satisfacción de decir “he hecho aquello que tenía que hacer y punto”. Sin orgullo ni llevando cuentas de lo mucho que hemos hecho por los demás. Entre otras cosas porque, si lo hemos llevado a cabo, es porque hemos podido. Porque Dios nos ha bendecido con la abundancia.

Bueno sería, terminar esta reflexión, observando nuestras manos. Cuando se abren, son manos del Señor; cuando se cierran, son manos de uno mismo. Nuestros ojos: cuando miran lo que dan, son ojos humanos; cuando miran hacia un lado y otro, buscan saciar una y otra vez necesidades. Nuestro corazón: cuando no pone su atención en lo material, es corazón que busca a Dios; cuando se siente preso entre las rejas de lo efímero, es que no sabe vivir en la libertad de los hijos de Dios.