Moniciones y homilías

Domingo  33  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos…)  

Durante todo el año, los cristianos, nos vamos reuniendo alrededor del altar y escuchamos la Palabra del Señor que nos anima a estar y ser vigilantes hasta el día en el que El vuelva. ¿Lo sentimos así? ¿Esperamos al Señor? ¿Nos damos cuenta que, el día en el que más distraídos nos encontremos, el Señor vendrá?

¿Qué tenemos que hacer mientras tanto? Vivir nuestra vida, pero con fe y con esperanza. Sin olvidar que, el cielo, es nuestra casa definitiva. ¡Cuántas personas han olvidado esto y, por eso mismo, viven sin ilusiones, sin más ganas que “el ir tirando”!

Demos gracias a Dios porque, Cristo, nos da valor y ánimo para seguir adelante haciendo todo el bien que podemos.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Poco a poco nos acercamos al tiempo de Adviento que nos llevará a la Navidad. Por eso mismo, las lecturas que escuchamos en este penúltimo domingo del Año Litúrgico, nos hablan del fin de los tiempos, de la venida de Cristo. Hoy, las lecturas, nos invitan a la vigilancia. No nos podemos dormir. El Señor vendrá, el mundo desaparecerá y viviremos aquellos que, de verdad, creamos y esperemos en Dios. Escuchemos atentamente.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. La Iglesia, en medio del mundo, anuncia el mensaje de Jesús. Para que ninguna dificultad le impida ser mensajera y portavoz de su Palabra. Roguemos al Señor.

2. Por nuestra Diócesis. Por nuestro Obispo (Jesús) Para que en este día seamos solidarios y espléndidos en sus necesidades. Hoy celebramos el día de la Diócesis. Roguemos al Señor.

3. Por todos los que ya no piensan en Dios. Por aquellos que lo han olvidado. Para que descubran que, un mundo sin fe, es un mundo sin alegría. Roguemos al Señor.

4. Por los que destruyen el mundo. Por las guerras. Por los países que dedican muchos medios a las bombas atómicas o instrumentos de guerras. Para que trabajen más por el desarrollo de los pueblos más pobres. Roguemos al Señor.

5. Por todos nosotros. Para que estemos vigilantes. Para que hagamos el bien y nos alejemos del mal. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 33 del T.O / B

 

NADIE SABE EL DÍA

 

              El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

 

           Un día la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones.

 

         Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. "Nadie sabe el día o la hora...,sólo el Padre". Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

 

          Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?  

          Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida, se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

 

         Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al "Hijo del Hombre", es decir, a Cristo resucitado que vendrá "con gran poder y gloria". Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

 

         Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente, invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

 

         Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios.

 

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"Cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán"

          Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico, y la Iglesia nos invita a mirar hacia el futuro, hacia el destino de la historia, la historia de la humanidad y la historia personal de cada uno de nosotros.  ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos vamos a encontrar al final? ¿Cuál es el destino final de la historia? ¿Qué podemos esperar?... Son preguntas que no nos hacemos a menudo, quizás porque vivimos enfrascados en el día a día, o quizás también porque nos da miedo pensar en ello.  La ciencia nos dice que esta tierra nuestra con todos los seres vivientes que alberga, los planetas y las estrellas, el universo entero llegará un día en que desaparecerán.  Nuestro Sol, dicen los científicos, en sus últimos años de vida, se hinchará y engullirá a la Tierra,  más tarde explotará quedando sólo un pequeño resto de materia que se irá apagando poco a poco. Y como el Sol todas las demás estrellas del universo, irán apagándose y desapareciendo. Algo que ocurrirá dentro de miles de millones de años.  Quizás la humanidad haya desaparecido mucho antes, y desde luego cada uno de nosotros.  Por eso nos preguntamos ¿cuál es nuestro destino? ¿desaparecer?.  El Señor, anticipándose a los descubrimientos de los científicos, también nos predijo que el cielo y la tierra pasarían, pero nos indicó que sus palabras, sus promesas permanecerán para siempre. Al final nos  encontramos  no con la nada, ni con la desaparición completa, sino con el Señor.  El Dios que nos llamó a la vida, que nos sostiene y nos empuja aquí y ahora, ese mismo Dios está también al final de la historia. Por eso también, como todos los días de nuestra vida, se nos invita a confiar, a confiar en la promesa del Señor, a confiar en el testimonio de millones de hermanos nuestros que a lo largo de la historia han dado su confianza a esa promesa.  Pero nuestra confianza en el Señor no puede ser un acto sólo del entendimiento, tampoco un dato más para procurarnos consuelo ante la muerte,  nuestra confianza tiene que despertar en nosotros los deseos de encontrar al Señor ya aquí y ahora, en nuestra historia cotidiana de cada día, en cada uno de los acontecimientos. Si Dios está al final, también lo está ahora y aquí, tenemos que saber descubrirle. En el sufrimiento, sintiendo a Dios solidarizarse con nosotros e invitándonos a resistir al mal. En las alegrías dejando que brote en nosotros la alabanza y el agradecimiento a Dios.  Vivir la vida sabiendo que Dios está a nuestro lado en lo bueno y en lo malo.  Dios está ahí esperándonos sobre todo en las personas, en las que sufren.  Dios está ahí queriendo encontrarse con nosotros, queriendo anticipar ya el gozo del encuentro definitivo que tendremos con El en la vida eterna.  

          Termino con la historia de aquel monje que era muy pero que muy piadoso, se pasaba el día y casi la noche diciendo: "Señor, muéstrame tu rostro, quiero verte".  Dios quiso complacerle por fin y le dijo "Ponte mañana en camino que, pasado el río, antes del anochecer me mostraré a ti".  El buen monje preparó bien su espíritu y saltando más que caminando marchaba radiante hacia el río. Iba metido en su mundo, que era el de Dios, como enamorado ciego 

Tan abstraído estaba que casi no se dio cuenta del pobre labriego que luchaba con sus mulas por sacar el carro de un hoy profundo.  Ni vio apenas cómo unos pastores pegaban a otro más débil. Ni cómo un niño lloraba porque casi no podía con un haz de leña que llevaba

Cuando pasó el río, su pulso se aceleró. Empezó, nervioso, a mirar a un lado y a otro. Caminaba a paso corto hacia arriba y hacia abajo preocupado porque Dios se retrasaba. "A ver si he entendido mal", se decía.. 

Fueron eternas las dos horas de espera. Dios ¿dónde se habrá metido? Acabó pensando que a lo mejor era una prueba. Volvió pensativo y algo triste.

Cuando de noche en la oración habló con Dios y le preguntó: "Señor, ¿porqué no fuiste a la cita?" Dios le respondió con aplomo y nada de dulzura y suavidad: "¿Cómo que no fui? Tú que no me has visto. No sé en qué estabas pensando". "Señor, te aseguro que no te vi, y bien sabes que miré por todas partes".  "Sí, me miraste, amigo mío, lo que pasa es que no me conoces. ¿No viste al labriego, al pobre pastor apaleado, al niño que lloraba? ¿Pero cómo no sabías que ese era yo? ¡Me dejaste en la estacada sin ayudarme!  Ni te encontraste conmigo ni con los otros. ¡Ni contigo siquiera, porque me esperabas como a un fantasma!  En fin, no te preocupes, de ahora en adelante me vas a ver siempre que quieras. ¿A que sí?" 

Ojalá que no nos pase como al monje y encontremos a Dios donde nos está esperando.  Y sepamos vivir esperando el encuentro definitivo con El en el cielo nuevo y la tierra nueva.

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Día de la Iglesia Diocesana. -Hoy se celebra en toda España el “día de la Iglesia Diocesana”. La diócesis la formamos cada uno de los cristianos que vivimos y celebramos nuestra fe en esta provincia malagueña. En ella, como sabéis, convivimos sacerdotes, religiosos y laicos. La Iglesia Diocesana es la gran familia que rompe las distancias locales y se abre a la comunión con otras parroquias de la misma provincia. Y cada una de las diócesis se une también en comunión con la Iglesia Universal. La Diócesis es nuestra gran familia, la casa grande donde todos cabemos y tenemos nuestro sitio. Hoy es su día. Hoy pedimos en nuestra Eucaristía por todas las parroquias de nuestra diócesis, por todas sus actividades pastorales, sociales, asistenciales, por nuestros misioneros diocesanos, por los niños, jóvenes y mayores de nuestras parroquias, por los sacerdotes, por los religiosos... Todos caben hoy en la Mesa que cada domingo nos convoca para reunirnos con el Señor de la Casa.

Precisamente, teniendo como lema diocesano para este año el “revitalizar la comunidad parroquial en torno a la Mesa”, la Eucaristía cobra un sentido especial. Todos somos llamados a sentarnos en esta Mesa como Iglesia y, desde ella, salir cada uno a nuestros ambientes para trabajar por el Reino de Dios, como nos decían las lecturas. Todo empieza aquí, en la Mesa. Sin la Mesa no hay Iglesia. El Señor nos llama a llenar nuestro mundo de la Vida que Él nos da cuando nos acercamos a su Mesa. Y también nos recuerda que no hemos de venir solos, sino que al sentarnos en ella, no olvidemos que los que están sentados con nosotros (e incluso los que no han podido venir) son nuestros hermanos y hermanas, y que juntos se hace más llevadera la tarea.

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Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico y, en el lenguaje un tanto apocalíptico –especialmente de la primera y tercera lectura- se denota: el fin de los tiempos. Resulta, a todas luces, llamativo. ¡Qué tiempos nos esperan! ¡El fin de una era! ¡La realidad de unos sueños! ¡Veremos, por fin, a Dios! Otros, en cambio, no lo verán.

1.-Antes, muchísimo más que ahora, se hablaba del fin del mundo. Constantemente, con visiones derrotistas, se nos ha alertado de que el fin del mundo estaba cerca, en tal día, a tal hora….luego pasaba lo que pasaba: la cosa seguía y ha seguido igual. Pero, esto, no es nuevo. El mismo Señor nos lo advirtió: “vendrán unos y os dirán…no les hagáis caso” Y es que, Dios, es imprevisible. No le gusta, y tampoco sería justo, que nosotros le concertemos su agenda a nuestra medida. Lo importante es que, mientras llega ese momento –y llegará- nos preparemos a ese encuentro con toda paz, llenos de fe y de esperanza. ¿Cómo nos encontrará el Señor cuando llegue?

Para ello y por ello, Dios, se involucró totalmente en pro de la humanidad. Cuando muchas luces se apagan y hasta el horizonte se hace incierto, Cristo, se convierte en la luz del mundo, en la salvación que muchos esperamos. El Señor vendrá, triunfante y glorioso, para recogernos a todos y para demostrarnos –una vez más- que el amor de Dios impera, reina y es portador de eterna vida. Y en eso, los cristianos, andamos un tanto deficitarios. ¿Esperamos con ansías la vuelta del Señor? ¿Meditamos esa respuesta de la consagración “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!?”. Porque, al fin y al cabo, a eso nos encaminamos: a la irrupción definitiva y victoria del Señor. ¡El Señor vendrá! No podemos perder la esperanza y, mucho menos, quedarnos asombrados por la espectacularidad del mundo en detrimento de aquello que prevalecerá y será nuestra felicidad eterna: el cielo.

2.- Hoy, la sociedad, nos inyecta constantes y dulces inyecciones de morfina. Nos duerme ante los valores eternos y, en cambio, nos espabila ante lo radicalmente efímero. ¿Es bueno? Por supuesto que no. ¿Es conveniente que, el vigía de un barco esté somnoliento en pura travesía? ¿Qué ocurrirá con la suerte de esa embarcación? Posiblemente o que naufrague o que equivoque su destino. Cada cristiano es vigilante de su propia vida, de su fe y de su esperanza. Las circunstancias que nos rodean (opulencia, materialismo, relativismo, secularismo, laicismo……) son inconvenientes con los que constantemente tropieza el casco de nuestra fe. Por eso mismo, la vida de un cristiano, ha de ser despierta y consciente de que, el final que nos aguarda, merece una atención y preparación por nuestra parte.

3. - En una clínica, un joven, custodiaba durante la noche a un amigo gravemente enfermo. El sueño, junto con el cansancio, hizo mella en él. En la madrugada, aquel que estaba postrado en cama, pidió agua y –su amigo- se encontraba totalmente dormido. Fue al amanecer, cuando una enfermera, le susurró al oído de su amigo: “no lo has oído, pero tu compañero enfermo necesitaba agua y he venido yo”.

En cuantos momentos, circunstancias y situaciones podemos ver la mano del Señor. Instantes en los que, nuestro estar despiertos, pueden ser un gran bien en todo aquello que nos rodea y, por el contrario, el estar adormecidos impide el que seamos conscientes de que la vida avanza y que nos encaminamos, poco a poco, hacia el final de nuestra existencia.

Precisamente porque, cada día que pasa, es un día más y –a la vez- un día menos, el ser vigilantes implica estar con los ojos bien abiertos, con el corazón receptivo y con las puertas del alma bien abiertas para que el Señor nos haga sentir e intuir lo que en el día de mañana nos espera. ¡Merece la pena!

4.- Y ¿quién nos anima en ese empeño? La Iglesia a la cual pertenecemos. Una Iglesia Universal pero que, en este día, la vemos y sentimos DIOCESANA. Nos acompaña y nos ayuda. ¡Es inmenso el bien que hace a la sociedad! Unos, subjetivos y ciegos, no lo verán; otros, por diversas posturas ideológicas, no la comprenderá. Pero, la Iglesia, sigue desarrollando una labor impresionante en el campo educativo, social, caritativo, asistencial, lúdico, cultural, sacerdotal, parroquial, etc. Por eso mismo, porque su labor necesita de unos recursos humanos y económicos, nos damos cuenta en este día que “el capital” de nuestra Iglesia somos nosotros. Aquellos que, con entusiasmo y sin miramiento alguno, damos lo que podemos para que no le falte lo imprescindible para anunciar a Jesucristo. Teniendo tanto por hacer ¡por tanto que hace! en este día de la Iglesia Diocesana miramos a nuestro Obispo, a nuestra catedral, a esa otra realidad que nos dice que no estamos solos, que nos acompaña y nos anima en el camino de la fe y de la esperanza. Que no falte en este día nuestra oración, nuestro compromiso de sentirnos más diocesanos y nuestra ayuda y estímulo económico para que la Iglesia pueda seguir estando presente donde muchos, teniendo tanto, no quieren o no pueden estar: con los más pobres y en los campos menos agradecidos.

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Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico, y la Iglesia nos invita a mirar hacia el futuro, hacia el destino de la historia, la historia de la humanidad y la historia personal de cada uno de nosotros.  ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos vamos a encontrar al final? ¿Cuál es el destino final de la historia? ¿Qué podemos esperar?... Son preguntas que no nos hacemos a menudo, quizás porque vivimos enfrascados en el día a día, o quizás también porque nos da miedo pensar en ello.  La ciencia nos dice que esta tierra nuestra con todos los seres vivientes que alberga, los planetas y las estrellas, el universo entero llegará un día en que desaparecerán.  Nuestro Sol, dicen los científicos, en sus últimos años de vida, se hinchará y engullirá a la Tierra,  más tarde explotará quedando sólo un pequeño resto de materia que se irá apagando poco a poco. Y como el Sol todas las demás estrellas del universo, irán apagándose y desapareciendo. Algo que ocurrirá dentro de miles de millones de años.  Quizás la humanidad haya desaparecido mucho antes, y desde luego cada uno de nosotros.  Por eso nos preguntamos ¿cuál es nuestro destino? ¿desaparecer?. 

El Señor, anticipándose a los descubrimientos de los científicos, también nos predijo que el cielo y la tierra pasarían, pero nos indicó que sus palabras, sus promesas permanecerán para siempre. Al final nos  encontramos  no con la nada, ni con la desaparición completa, sino con el Señor.  El Dios que nos llamó a la vida, que nos sostiene y nos empuja aquí y ahora, ese mismo Dios está también al final de la historia. Por eso también, como todos los días de nuestra vida, se nos invita a confiar, a confiar en la promesa del Señor, a confiar en el testimonio de millones de hermanos nuestros que a lo largo de la historia han dado su confianza a esa promesa.  Pero nuestra confianza en el Señor no puede ser un acto sólo del entendimiento, tampoco un dato más para procurarnos consuelo ante la muerte,  nuestra confianza tiene que despertar en nosotros los deseos de encontrar al Señor ya aquí y ahora, en nuestra historia cotidiana de cada día, en cada uno de los acontecimientos. Si Dios está al final, también lo está ahora y aquí, tenemos que saber descubrirle. En el sufrimiento, sintiendo a Dios solidarizarse con nosotros e invitándonos a resistir al mal. En las alegrías dejando que brote en nosotros la alabanza y el agradecimiento a Dios.  Vivir la vida sabiendo que Dios está a nuestro lado en lo bueno y en lo malo.  Dios está ahí esperándonos sobre todo en las personas, en las que sufren.  Dios está ahí queriendo encontrarse con nosotros, queriendo anticipar ya el gozo del encuentro definitivo que tendremos con El en la vida eterna.  

 

No tengáis miedo

 

“Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca”. San Marcos, cap. 13.

 

Existe un mundo en el cual el dinero es el dinero, el pan es pan y el vino es solamente vino. Las cosas son, pero no significan. Quienes viven ahí no aprendieron a mirar el futuro, ni a buscar detrás de las apariencias.

 

Más allá hay otro mundo. En él, nuestro dinero habla de compartir, el pan significa fraternidad y el vino tiene sabor de alegría fraterna. Allí las cosas son y significan.

 

Los habitantes de este mundo aprendieron a vivir en futuro y encuentran mensajes detrás de las simples apariencias. Aprendieron la parábola de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, es porque la primavera está cerca.

 

Ellos saben de crisis que son, al fin y al cabo, dolores de crecimiento. Comprenden el fracaso cómo una asignatura en la universidad de la vida y el triunfo, cómo el resultado de muchos esfuerzos.

 

Rara vez sienten miedo. Ese miedo vital que afecta a la sociedad contemporánea: Miedo de quedar mal. Miedo a la soledad. Miedo del otro. Miedo al compromiso. No los asustan la catástrofe, ni la inseguridad económica, ni las vicisitudes del amor. Se sienten siempre acompañados.

 

Su vida tiene sentido, porque interpretan los acontecimientos en clave de esperanza.

 

Nuestros abuelos hablaban del mes de los temblores. Nunca averiguamos cuál mes era. Quizás noviembre con su repertorio de expectativas y zozobras:

 

Se acaba el año, uno de nuestros hijos lo ha perdido. Se espera el balance de la empresa. Ya se habla de reajuste en los precios. Estamos un poco más viejos y más solos. Algunos amigos ya se fueron. Guardamos todavía una colección de problemas por resolver. Nos angustia esa ilusión agridulce de las vacaciones.

 

Sin embargo, para el cristiano todo es transparente. Comprende que esta marea de noviembre trae a la playa todos los elementos para fabricar un pesebre. Es decir que con ella, Dios vuelve a la tierra. Aparece visiblemente en nuestra casa. “Así cuando vemos suceder todo esto, sabemos que El esta cerca, a la puerta” nos dice el Evangelio.

 

   Vivamos siempre con esta esperanza...