Moniciones y homilía

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)  Hoy es el primer domingo de adviento. Unos días tan intensos e importantes como la Navidad, no pueden ser acogidos ni celebrados superficialmente.

¡Viene el Señor! ¿Nos daremos cuenta de ello?

Tenemos y ocurren tantas cosas a nuestro alrededor que, tal vez, lleguen a ocultar el sentido cristiano de lo que vamos a celebrar: el Nacimiento de Cristo.

Que nos mantengamos despiertos. Que, ya desde ahora, miremos a Jesús con esperanza y con la sensación de que, El, nos trae amor, tranquilidad, optimismo y salvación.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1) Para que la Iglesia proclame con fuerza y con convencimiento que, Jesús, es el centro y la razón de nuestra esperanza. Roguemos al Señor.

 

2) Para que tantos acontecimientos tristes que sacuden el mundo, sean vencidos con el diálogo entre las naciones y el compromiso de todos nosotros. Roguemos al Señor.

 

3) Para que este tiempo de Adviento nos haga caer en la cuenta de que el Señor viene a nuestro lado y comparte nuestros momentos de dolor. Roguemos al Señor.

 

4) Por los que tienen dormida su fe. Por los que viven como si Dios no existiera. Para que la próxima Navidad toque sus corazones y vuelvan al encuentro con el Señor. Roguemos al Señor.

 

5) Por todos los que estamos en esta Eucaristía. Para que vivamos con ilusión y con interés este Adviento que nos llevará a la fiesta cristiana de la Navidad. Para que hagamos un poco más de oración. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 1º Adviento /  C

 

ESCENIFICACIÓN DEL EVANGELIO

Simultáneamente a la proclamación del evangelio (Lc 21,25-28,34-36) salen tres chicos/as con un sol, la luna y una estrella.

Debajo de los símbolos, cuatro chicos/as, se inclinan rostro a tierra (simbolizando la ansiedad, la tristeza y el miedo).

Al final del evangelio “levantaos, alzad la cabeza” se van incorporando poco a poco, levantan los brazos y miran hacia el cielo.

Ideas:

-El Señor ofrece al hombre la salvación.

-Hay muchos acontecimientos que nos preocupan (terrorismo, droga, materialismo, alejamiento de Dios, pobreza, injusticias, suicidios, violencia….) --El Señor no nos da soluciones mágicas pero nos ayuda a situarnos ante ellas.

-Hay que despertar el interés y las ganas por las cosas de Dios.

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1.- “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Este quiere ser el sentir que la Palabra de Dios nos ofrece en esta celebración del 1º Domingo de Adviento. Comenzamos un nuevo tiempo y un nuevo año litúrgico, y la Palabra de Dios nos invita a tener la cabeza bien alta y los ojos bien abiertos. Con la cabeza levantada y los ojos abiertos, descubriremos que, a medida que nos acercamos a la Navidad, los días se hacen más cortos, el sol está cada vez más bajo, la luz es más pobre y los días son más oscuros. Por la tarde necesitamos la luz en nuestras casas. Quizá por eso necesitamos también llenar nuestras calles y nuestros comercios con luces que nos anuncien que “¡ya es Navidad en el comercio de turno!” .Todo esto crea un clima que afecta incluso a nuestro estado de ánimo. Cuando aumenta la oscuridad en la naturaleza estamos más ávidos de claridad, brota la nostalgia de la luz. Y es que lo que sucede en el exterior no es más que un símbolo de lo que ocurre en el interior de nuestro corazón. La luz es un símbolo de vida, de esperanza. La falta de luz nos pone tristes.

2.- Quizás haya momentos en nuestra vida en los que “no vemos luz al final del túnel”: tiempos de enfermedad, de decepciones, de soledad, de falta de trabajo, de problemas con los hijos o con los padres, de desesperanzas... Quizás deberíamos preguntarnos: ¿Tengo luces que hagan mi vida y el mundo que me rodea más claro, más alegre y más acogedor? “Más vale encender una pequeña luz, que lamentarse por la oscuridad”, dice un proverbio chino. Y hay pequeñas luces que podemos encender en este tiempo de adviento que hoy comenzamos: una visita a un enfermo, a un anciano, a alguien que esté solo, esa carta que nunca tenemos tiempo para escribir, o esa llamada telefónica que nunca nos da tiempo a hacer. Son luces que podemos encender entre la gente que nos rodea.

3.- Y también podemos encender pequeñas luces cuando encontramos un hueco para nosotros mismos, para la oración o la reflexión personal, para la lectura sosegada de la Palabra de Dios, para la reconciliación en el sacramento de la penitencia, algo muy recomendado en este tiempo de Adviento, para hacer las paces con Dios y con el prójimo. Muchas pequeñas luces pueden hacer la noche clara como el día. Y sobre todo, luces llenas de esperanza, que transmitan esperanza a un mundo que anda desesperado, con la cabeza agachada, sin ver la LUZ que está en lo alto y que viene a nosotros en la sencillez de un niño.

4.- Tenemos por delante cuatro semanas para ir con atención al encuentro de Dios, para no perdernos su venida. Cuatro semanas de estar despiertos, con la cabeza alta, esperando nuestra liberación. “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”.

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El Adviento nos sensibiliza ante la venida de Cristo. Y, como todo acontecimiento importante, ha de ser preparado con vigilancia, interés y gusto.

1.- Es un tiempo de esperanza, de salvación, de expectación y de curiosidad ante lo que está por venir. ¿Cómo vendrá? ¿Cuándo? Son interrogantes que, desde hace muchos siglos, han estado y siguen estando vigentes en el pensamiento de gran parte de la humanidad. Y es que, Jesús que viene a nuestro encuentro, bien merece un pueblo sensible y receptivo a su llegada. Un ambiente que no se vea colapsado y solapado por otras cosas u otros aspectos que son secundarios.

El Señor, su venida, no puede ser una excusa para celebrar la Navidad sin referencia a lo esencial: el Nacimiento de Cristo. Sería, entre otras cosas, un agravio al auténtico sentido cristiano de esos días que se acercan.

2.- Jesús, vino en carne mortal; en un pesebre. Se acerca en cada acontecimiento, en los sacramentos, en la mirada de un niño, en mil detalles con los que podemos descubrir su presencia. Y, por supuesto, vendrá definitivamente al final de los tiempos. Y, también para ello y sin olvidarlo, nos preparamos.

Esto, amigos, nos infunde esperanza. La vida, y todo lo que a ella rodea, nunca será un motivo para desesperar. Cristo, porque está de nuestro lado, nos invita a levantar la cabeza. A no olvidar sus promesas. A pensar que, Dios, lo que promete cumple con todas las consecuencias. ¿Que existen mil razones para desesperar? Mira por dónde, el Adviento nos recuerda que hay una, poderosísima, para recuperar el optimismo: ¡VIENE EL SEÑOR!

3.- Hoy, cuando damos una ojeada a la realidad del mundo (aborto, maltratos, guerras, secuestros, inundaciones, vejaciones, crisis, falta de empleo, suicidios…) nos hace pensar que, el universo, está maltrecho y sentenciado. Que algo, dentro de él, no marcha bien. Por ello mismo, porque hay circunstancias que nos preocupan, deseamos de todo corazón y lo pedimos con fe, que venga pronto el Salvador. Que salga a redimirnos. Que cambie, esta realidad tortuosa y agonizante que nos toca vivir, en un escenario de gracia y de ilusión. ¿Será posible? ¿Encontrará el Señor, cuando vuelva, un pueblo dispuesto acogerle?

Hoy, entre otras cosas, hacen falta personas que inunden muchas realidades con el sabor de la fe y de la esperanza. No podemos quedarnos en el conformismo. En exclamar “la vida es así”. Necesitamos de Alguien que salga a nuestro encuentro y que nos empuje a ser sembradores de paz y de esperanza.

4.- La Navidad, a la vuelta de la esquina, es precisamente el reverso de este mundo. Un Dios que es garantía, salvación, felicidad, amor, entusiasmo, delicadeza, solidaridad, calma, sosiego y bondad. Sólo, aquellos que con humildad trabajen su corazón en este tiempo de adviento, serán capaces de intuir y vivir lo que el Señor nos trae: amor de Dios hacia el hombre.

Que el Señor, en medio de tantos conflictos que nos aturden, nos infunda valor, esperanza y ánimo para que, cuando venga, nos encuentre ardiendo como una lámpara y vivos como las aguas de un río. ¡A prepararse toca, amigos!

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"Estad siempre despiertos, vigilantes, pidiendo ayuda para manteneos firmes, en pie ante el Hijo del Hombre"  Con estas palabras, el evangelio nos introduce en la actitud fundamental que los cristianos debemos renovar en este tiempo de Adviento: la vigilancia.   Vigilar, estar despiertos, para que el día del Señor no nos coja desprevenidos, desatendidos de nuestras obligaciones, despreocupados de nuestras responsabilidades.  Vigilar para que el vicio, la preocupación por el dinero no nos embote la mente y dejemos pasar la vida, nuestra vida sin haber hecho algo por los demás, algo por cambiar este mundo a mejor.  

Y en nuestro pueblo nos tenemos que preguntar si el evangelio de este domingo no está denunciando precisamente un mal que todos sufrimos: el desinterés creciente por todo lo que es común y social, el individualismo de nuestras actitudes, la desesperanza de todos, la impotencia ante las actitudes desordenadas de nuestros hijos, la falta de educación generalizada... quizás es cierto que, como dice el evangelio, nosotros también tenemos la mente embotada por el afán de dinero y no sabemos ya ni darnos cuenta de los problemas que nos afligen.  Por ejemplo, uno de los mayores problemas que tiene nuestro pueblo es la educación de nuestros hijos, y sin embargo hay en general una apatía generalizada por el mismo,  se habla mucho de ello, pero nadie está dispuesto a mover un dedo para solucionarlo.  Todos estos problemas requieren de nosotros una conversión, una conversión personal que pasa por responsabilizarnos de lo público y de lo comunitario, un aprecio por las iniciativas que surjan en nuestro pueblo en orden a ofrecer espacios de encuentro, compromiso de cada uno y en la medida de sus posibilidades por apoyar esas iniciativas...  Si algo tiene que aportar la esperanza cristiana es precisamente ánimo para levantarse ante las dificultades, valor para emprender una nueva acción, fuerza para librar la batalla de la desidia y la apatía.

El Adviento nos quiere recordar que vivimos entre las dos venidas del Señor Jesús.  La primera se dio hace 2.000 años, la segunda nadie sabe el día ni la hora, pero contamos con la promesa cierta de su venida.  Y sabemos también que esa segunda venida va a suponer juicio y liberación, juicio porque el Señor separará a los buenos de los malos  y liberación porque el Señor librará a sus hijos de la muerte y de todas sus consecuencias, dándoles como herencia el nuevo cielo y la nueva tierra.  Y si este es el futuro que nos aguarda ¿no convendría que lo fuésemos preparando ya?,  ¿vivimos realmente esperando el encuentro con el Señor o vivimos más bien esperando el encuentro con un buen fajo de dinero?  ¿vivimos realmente como aquel que sabe que los bienes de este mundo son pasajeros o vivimos más bien apegados y absorbidos por ellos? ¿en qué esperamos?  ¿qué me mueve en la vida para actuar?... Son preguntas que nos tenemos que hacer en este tiempo porque el Adviento es precisamente eso, un tiempo de cambio, una oportunidad más que se nos da para enderezar lo que está torcido, para retomar con responsabilidad nuestra vida cristiana, para dirigir nuestra mirada hacia el Señor, para orar y pedir su ayuda porque sin El nuestra vida se pierde y se diluye en la oscuridad.

Que el Señor nos ayude a aprovechar el tiempo, a vivir responsablemente, a comprometernos con las necesidades de nuestro mundo,  a no esperar pasivamente la salvación, sino a esperarla vigilantes, de pie, soñando con el día en que nos presentaremos ante el Hijo del Hombre, Jesucristo el Señor.