Moniciones y homilías

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)  Nuestra vida, amigos, está llena de muchos caminos. ¿Son todos buenos? ¿Nos convienen todos para nuestra felicidad o nuestro ser cristiano? ¡Por supuesto que no!

Hoy, Juan Bautista, nos desvela el secreto para encontrar y llegarnos hasta el Señor: nos tenemos que convertir de aquello que, sabemos, el Señor no está conforme con nuestra vida, pensamiento o actitudes.

Que esta Eucaristía del 2º domingo de adviento, nos ayude en el arreglo de las calles de nuestros corazones. Que dispongamos bien nuestro interior ante los días grandes de la Santa Navidad.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Hoy, Juan Bautista, nos pide que cambiemos de vida y que volvamos al Señor. Pero, no nos equivoquemos, no somos nosotros quienes nos acercamos al Señor. ES Dios quien, como Padre, sale a nuestro encuentro. San Pablo, en su lectura, nos dice que por la oración llegaremos un día a Cristo limpios y repletos de frutos de justicia y de santidad.

Estamos en adviento. Escuchemos con atención la Palabra de Dios.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que enseñe siempre el camino que conduce hacia el encuentro con Dios. Roguemos al Señor

2. Por los sacerdotes. Para que como Juan, no se cansen de anunciar y de denunciar las cosas que están bien y mal en el mundo. Roguemos al Señor

3. Por los que confunden a las personas. Por los que actúan con doble moral y con doble intención. Para que trabajen por un mundo mejor y más justo. Roguemos al Señor

4. Por los que viven en los desiertos. Por tantas personas que buscan a Dios en la soledad y en la pobreza. Roguemos al Señor

5. Para que la Virgen María nos ayude a preparar nuestros corazones, nuestras casas y nuestras almas ante la venida de Jesús en Navidad. Roguemos al Señor

 

Homilía  Domingo 2º Adviento /  C

 

Necesitamos, y de una vez por todas, que el paraíso que se nos oferta o vende, lo podamos alcanzar sin más engaños ni dilación. Pero, cuando miramos a nuestro alrededor: cuánto profeta –de cuarta y de quinta- que nos hacen soñar con un olimpo tan inmenso que, cada día que pasa, sentimos que está más y más lejos.

1.- Bienvenido sea Juan Bautista. Aquel, en cuyos labios, sonaron con fuerza las Palabras del Señor: “preparad el camino”. Aquel que, no teniendo nada, poseía lo más importante para seguir adelante: ilusión, esperanza e ideales. Sabía que, aquello que anunciaba, estaba a punto de cumplirse. Su persuasión, intuición, radicalidad, capacidad, sobriedad y penitencia habían merecido la pena. Disfrutaba avanzando por los caminos del Señor y, además, gozaba siendo guía de los hombres y mujeres que querían encontrarse con el Salvador. ¿Qué era un tanto extraño? ¡Qué hombre de Dios no es un poco o un tanto original!

2. - Bienvenido sea Juan Bautista. El que no se andaba con componendas. Aquel que, sabiendo lo qué predicaba, sabía muy bien que se la jugaba. Dio testimonio de palabra y de obra. No se conformó con frases más o menos sueltas, más o menos sonantes. Su vida fue un clamor en medio del desierto. Quería corazones bien dispuestos para Dios. Pretendía ojos que vieran la salvación del Señor. Y, si alguno quería verlo y escucharlo, en el desierto es donde se mejor se le encontraba. Juan huía del ruido de la ciudad. De todo aquel montaje que los hombres se habían construido. Lo que ofrecía era puerto seguro: ¡Dios era la salvación!

En el Adviento, la voz de Juan, da sonido y sentido a la Palabra. ¡Ya sabemos que él no era la Palabra! Pero, con Juan, esa Palabra se acoge mejor. Sabemos cómo y dónde sembrarla. Con él, con Juan, todos estamos llamados a ser testigos de la misión del Señor. A preparar sendas y cañadas para que, el mundo, pueda abrirse a Dios.

3. - Ante la Navidad podemos escoger dos caminos. El de la esperanza o el de la desolación. El de la esperanza es aquel que cultiva a Dios en el fondo de cada persona. El horizonte que necesitamos para mirar con más luz y hasta para trabajar con más ilusión. La esperanza, a un cristiano, es lo que el aceite a un motor: precisamos de ella para que todo nuestro engranaje cristiano, lejos de chirriar, siga estando vivo y operativo hasta el día en el que el Señor se presente ante nosotros.

Por el contrario, el camino de la desolación, es la sombra solitaria de cada persona. La Navidad que llama a nuestra puerta, quiere de nosotros asignaturas resueltas o frutos que son consecuencia de la verdad de nuestra fe. ¡Cuánta desolación fruto del hombre que se empeña en progresar y pensar al margen de Dios! ¡Cuántas soledades consecuencias del cerrazón del ser humano a un Dios que viene humanado!

Que el Señor, en domingo de adviento, nos ayude a rectificar aquellos senderos que están un tanto retorcidos en nuestra forma de pensar, vivir o existir.

Que el Señor, en este tiempo de adviento, nos ayude a reformar aquellos puntos que sean necesarios para que, cuando el venga, podamos presentarle un edificio espiritual irrefutable, limpio, convertido y volcado totalmente a su voluntad.

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El mensaje, o más bien el grito de Juan el Bautista nos llama a convertirnos con la misma urgencia y actualidad que hace dos mil años: "Convertíos porque el Reino de Dios está cerca".   Es un mensaje que ya hemos oído  muchas veces, y tantas veces lo hemos oído como tantas veces hemos tenido que reconocer que nuestra vida en lo que respecta a las actitudes de fondo, cambia poco y con escepticismo nos hemos dado cuenta que seguimos anclados en los mismos vicios y en los mismos comportamientos egoístas de siempre. 

         Es posible que hayamos reducido la llamada a convertirnos a un cambio de actitudes.  Pero lo que hay detrás de esta llamada es en realidad una invitación a vivir la vida en comunión con Dios.  Y esto sí que es buena noticia, porque lo importante es que Dios está cerca de nosotros, El está viniendo en cada persona y acontecimiento, el Señor está llamando a la puerta de nuestro corazón y nos está tocando ya con su mano, invitándonos a caminar juntos, a mirar juntos hacia el mismo horizonte.  

La conversión consiste pues en salir de nuestro aislamiento, dejar esa soledad egoísta en la que a menudo nos escondemos para que no nos moleste nadie y abrir nuestro corazón a este Dios que llega.  Creo que el problema es que no nos tomamos en serio a Dios cuando dice que nos quiere salvar, cuando nos dice que quiere compartir su vida con nosotros.  ¡Si fuésemos capaces de creerle! ¡Si fuésemos capaces de comprender lo que significa vivir con Dios!

Ya no estar nunca solos, vivir en su presencia, dejar nuestro cansancio en sus manos y calmar nuestra sed de ternura en la fuente de su corazón...  ¡Si realmente empezásemos a mirar a las personas y al mundo  como las mira Dios! 

Quizás entonces empezaríamos a comprender que el amor y la bondad lo inundan todo, quizás entonces sentiríamos renacer en nosotros la alegría y la esperanza  y nuestros ojos se iluminarían con el descubrimiento de que a pesar de todo, en este mundo nuestro, ha empezado a brillar ya la aurora de la salvación.

         Que el Señor nos ayude a dejar nuestro aislamiento y a salir a su encuentro, porque no queremos vivir como islas sino unidos a los demás.

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1. Juan, el Bautista, un pofeta

 

En este segundo domingo de adviento el Evangelio nos presenta la figura de Juan al Bautista, que recibe la llamada de Dios:” vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías”. Juan es un profeta. Es decir, alguien que ha escuchado la Palabra de Dios y, sin poder callarla, la proclama con fuerza y valentía a todos. La salvación viene siempre viene de la iniciativa de Dios que llama. La humanidad sigue necesitando hombres y mujeres que escuchen la palabra de Dios, su llamada, que pongan en crisis nuestras actitudes y comportamientos y nos conduzcan a encontrarnos con Cristo que es la  Palabra de Dios, su Verbo.

 

2. La llamada de Dios acontece en la historia

 

Cuando Dios llama lo hace en la historia, en nuestra circunstancia concreta. El texto del evangelio de hoy sitúa la llamada de Juan, y su misión, en unas coordenadas de espacio y tiempo muy concretas.

 

. El Tiempo: Se describen con minuciosidad los datos históricos y políticos del momento en que Juan recibe la llamada: “en el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás”. Palabra de Dios nunca es abstracta, nos interpela a la comunidad, y a cada uno, en nuestra situación concreta. Este Adviento debemos recibir la llamada de Dios en nuestras circunstancias concretas, no al margen de ellas.

 

- El espacio de la llamada de Juan: “En el desierto”. Es el lugar del silencio, de la soledad, de la escucha la Palabra de Dios. Entramos en el desierto cuando somos capaces de hacer silencio y escuchamos lo que ocurre a nuestro alrededor. Adviento es un buen tiempo para hacer desierto, para hacer silencio, para dejar que la Palabra de Dios resuene en nuestros adentros

 

3. La llamada es para la misión:

 

Juan escuchó a Dios y se dejó transformar por Él. Su vida cambió, no se quedó parado, encerrado en sus cosas, no se acomodó en el desierto, se puso en camino y fue anunciando la llegada del Mesías y animando a los demás a preparar su venida. El Bautista prepara al pueblo para recibir la salvación de Dios. Su voz es una llamada a la conversión, al cambio, a la transformación, para que todos reciban la salvación de Dios.

 

4. Los medios:

 

Con un texto tomado del profeta Isaías el Bautista proclama: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.» Dios no habla para que todo siga igual, sino para que todo cambie, para que cambie el hombre y el mundo. Para que el hombre se convierta, para que el mundo se transforme.

 

5.-Más allá del intelectualismo.

 

No basta escuchar la llamada. Ni es suficiente captar intelectualmente la Palabra. Y estudiarla. Es preciso hacerla vida de nuestra vida. Por eso durante estos días tendríamos que preguntarnos:

 

“Preparad el camino del Señor” “Allanad sus senderos”: ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo allanar los senderos de mi vida, para que Dios entre en ella? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestro ambiente?

 

Que se eleven los valles”: ¿Qué valles hemos de rellenar? ¿Qué nos tiene hundidos en el decaimiento, en el vacío…?

 

“Desciendan los montes”: ¿Qué colinas debemos rebajar para que pueda llegar a nosotros el Mesías? ¿Qué hay que “bajar” de nuestra vida? ¿El orgullo? ¿La autosuficiencia? ¿Los egoísmos? ¿Los apegos?….

 

“Que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale”: ¿Qué caminos torcidos hay en mi vida? ¿Qué es lo que El quiere que yo enderece en mi vida personal? ¿Somos conscientes que nos torcemos cuando nos desviamos de la verdad?, ¿cuando vivimos en la mentira?, ¿cuándo nos dejamos seducir por los halagos del placer o del consumir, por el vicio y engaño? ¿Sobre qué caminos torcidos de la sociedad puedo y debo influir para enderezarlos para que todos vean la salvación de Dios?                

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En castellano, predicar en el desierto es sinónimo de perder el tiempo intentando convencer a alguien que se niega a escuchar. Es posible que en el lenguaje bíblico no quisiera decir exactamente lo mismo, pues el desierto estaba habitado por los nómadas. En nuestra época, sin embargo, el concepto parece más actual que nunca. Con frecuencia nos sentimos rodeados de un desierto de soledad. A nuestro alrededor muchos, si no todos, dan la impresión de ignorar o despreciar la fe. A pesar de que las iglesias siguen congregando a mucha gente, tenemos la sensación de que somos una pequeña minoría en retroceso.

Por eso la llegada de la Navidad que estamos preparando con el Adviento nos invita a vencer este sentimiento derrotista y a lanzarnos a la misión, comunicándoles a esos que nos rodean y hacen oídos sordos la buena noticia del amor de Dios. Muchos se encogerán de hombros, otros se reirán de nosotros y nos dirán que cómo es posible seguir creyendo en estas cosas en el siglo XXI. Pero no faltarán quienes estén aguardando el mensaje y que, gracias a que se lo proclamamos, lo reciben y se adhieren a él. No debemos olvidar que cada persona tiene su momento y que incluso aquellos que un momento antes se han burlado, pueden estar receptivos debido a que el dolor ha pasado por su vida y les ha purificado.

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Lucas comienza recordando que Juan Bautista aparece en un momento preciso de la historia de la humanidad, el marco histórico-geográfico en el que se desenvuelve.

La salvación de Dios no es algo que sucede al margen de la historia, de la vida de cada día, de los problemas, preocupaciones, esperanzas y alegrías de las personas. Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra historia.

La Palabra de Dios no se dirige a los poderosos de la tierra. Los Tiberios, Pilatos, Herodes, no están capacitados para escucharla.

La Palabra de Dios tampoco está dirigida a los hombres que viven en el Templo, que no viven para Dios, sino que viven de Dios. Son  comerciantes religiosos. Hablan de Dios pero no lo escuchan.

La Palabra, destinada a todos, viene sobre quien no pertenece a ninguna jerarquía, no tiene dinero ni poder, da testimonio de austeridad y humildad y no obstruye su camino.
Viene en el desierto, lugar de silencio, de reflexión, de encuentro amistoso con Dios.

Quien escucha la Palabra se siente impulsado a proclamarla, a dar Buenas Noticias. No la puede guardar para sí mismo. Las palabras de Juan nos invitan a la conversión, a un cambio de rumbo, a renovar la fe, a ensanchar el corazón, dilatar la esperanza y al compromiso de construir un mundo mejor para todos. Anuncia un bautismo de conversión, que no consiste en un simple rito sino en un cambio real de vida.Preparar el camino es un programa para nosotros. La preparación consiste en igualar las relaciones humanas, que han de pasar de la desigualdad a la igualdad, de la injusticia a la justicia.

Donde hay montes de soberbia, egoísmo e injusticia, pongamos humildad, solidaridad y caridad. Donde hay colinas de vanidad, ambición y envidia, pongamos bondad, sinceridad y perdón. ¿Hacemos posible el paso de Dios por nuestras vidas personales, familiares, laborales, religiosas, sociales...?

La salvación que Jesús nos trae es para todos. Para poder acogerla hay que preparar el camino y preguntarnos qué cosas quedan por “allanar”, “rellenar”, “rebajar”, “enderezar”, “nivelar”... en nuestro camino personal y comunitario.  Jesús te trae el amor, la paz, la libertad. Verás la salvación, te llenará de salvación, te sentirás salvado. Y ahora ¿qué tienes que hacer? Pues convertirte en salvación de Dios para los demás. Allanar, enderezar e igualar las escandalosas desigualdades que existen en el mundo.