Moniciones y homilías

Domingo  3º de Adviento / C

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)  Poco a poco vamos llegando al final del tiempo de Adviento. Y, lo mejor del Adviento, está por llegar: la celebración del Nacimiento de Cristo. La Navidad.

Este domingo recibe el nombre de “Gaudete”. Palabra que significa “alegraos”. Y es que, conforme se va acercando la Navidad, sentimos la alegría del Señor que viene a nuestro encuentro. Sabemos que, Dios, estará en medio de nosotros. ¡Cómo no vamos a estar alegres!

Por eso, en este domingo con más fuerza y con más ilusión, cantamos. ¡VEN, SEÑOR, JESUS!

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy, especialmente las dos primeras, nos invitan a la alegría. A estar contentos por la Salvación que Dios nos trae. En el evangelio, además, veremos de qué manera podemos ser cristianos. Juan Bautista nos invita a la conversión y nos da una serie de pistas para no alejarnos del camino de la fe en Jesús. Escuchemos con atención.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que sea una casa donde se respire siempre un ambiente de fiesta y de alegría. Roguemos al Señor

2. Por todos nosotros aquí reunidos. Para que busquemos a Jesús y, el Señor, nos dará la verdadera alegría para vivir. Roguemos al Señor.

3. Por los que intentan alegrar la vida de los demás. Por los payasos y cómicos. Para que reine en nuestro mundo los deseos de hacer felices a los demás. Roguemos al Señor.

4. Por los deprimidos. Por los que no tienen ganas de vivir ni de luchar. Para que sientan la presencia del Señor que viene en Navidad. Roguemos al Señor.

5. Por todos los que se encuentran atrapados por tantas cárceles de tristezas: el alcohol, la droga, el sexo, la cultura materialista. Para que descubran que la felicidad está en el interior de las personas. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 3º Adviento /  C

 

Con la que está cayendo en tantos lugares de los cinco continentes de nuestro planeta (y no precisamente lluvia de estrellas o noticias buenas), necesitamos un poco de aliento en nuestro caminar. Algo que nos impulse a recuperar el brillo en nuestros ojos, el optimismo en nuestro vivir, la sonrisa en nuestros labios, la esperanza en el horizonte de nuestra sociedad. ¿Qué podemos esperar? ¿A quién?

1.- Estamos en el “Domingo Gaudete”. En el domingo de la alegría. Y, la Navidad, es eso: una buena parte de alegría. Pero no un gusto cualquiera. La razón suprema la tenemos en Jesús: motor y eje de esa emoción y de ese contenido que conserva y dilata la Navidad por todo el orbe cristiano. La venida del Redentor es motivo de esperanza para la humanidad. No todos los días, el Señor, se planta en el corazón de nuestro mundo. No a todas horas, de una forma tan radical (hacerse Hombre y ser Dios) lo contemplamos y vivimos como en estos próximos días: Dios pasa y pone su tienda en nuestro áspero campo.

Nuestra comunidad cristiana, nuestra Iglesia, necesita salvaguardar lo que nunca ha de perder: la alegría que aporta la fe. La alegría que nos otorga el poner nuestros desvelos, trabajos, inquietudes y pensamientos en Cristo. Nada ni nadie nos puede arrebatar ese hontanar de fiesta y de júbilo que es la confianza en Dios. Hay que estar alegres, y no porque lo diga San Pablo, sino porque vivir junto al Padre, sentirnos tocados por Jesús o empujados por el Espíritu Santo, a la fuerza, nos convierte en personas con un proyecto ilusionante y con rostros cargados de felicidad.

Dicen que, los santos, eran felices porque sentían y palpaban la presencia del Señor muy cerca. Aquí es donde hemos de llegar nosotros. Que apreciemos la cercanía de Jesús en estos próximos días de Navidad. Será entonces cuando, como una parte irrenunciable y esencial de nuestro cristianismo, recuperaremos y saldrá a flote la satisfacción que llevamos dentro.

2.- Además, en este Domingo de la alegría, escuchamos una llamada a la conversión. No podemos recibir al Niño con nuestra casa desordenada. La llegada de Jesús bien merece una habitación limpia, unas actitudes armonizadas con el diapasón del evangelio o, con aquellos que menos tienen, una caridad bien espléndida. El Nacimiento de Cristo, además, nos invita a una reflexión sobre aquellos aspectos que no funcionan bien (en relación con los demás, con nosotros mismos y con Dios). ¿Cuánto hace que no te confiesas? ¿No vivirías la Navidad con más autenticidad, con más emoción, con menos peso, si dieras ese paso hacia un encuentro con el Señor mediante el Sacramento de la Reconciliación?

Los padres de la Iglesia escribieron “Cristo ha venido a animar una fiesta en el corazón de la humanidad”. Aquí está “la prueba del nueve” ¿Qué es Jesús para nosotros? ¿Qué sentimientos y sensaciones produce? ¿Cómo estamos preparando la fiesta de la Navidad?

3.- Una de las cosas que más llama la atención en muchos países de misión es que, en medio de tanta pobreza, sus gentes manifiestan una impresionante alegría (muy en contraste con, aquellas otras naciones opulentas, pero con sus habitantes tristes). Ojala que, este adviento, nos inyecte una buena dosis de alegría. La necesitamos para sonreír, para vivir, para caminar, para que se nos note que –Jesús- nos ha redimido y que, precisamente por eso, nuestros cantos expresan el inmenso gozo que sentimos por dentro.

Hermanos ¡un poco de alegría! ¡Un poco de ilusión! ¡Un poco de esperanza! ¿Que por qué? Entre otras cosas, por lo más importante: viene Jesús a salvarnos. Entrará en el mundo llorando para que nosotros, los hombres, acabemos sonriendo.

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Hemos escuchado a San Pablo cómo exhortaba a los filipenses a estar alegres en el Señor. Por dos veces les insiste en que estén alegres en el Señor.  Esta insistencia de San Pablo nos suena hoy, en plena crisis económica al menos como fuera de lugar. ¿Cómo vamos a alegrarnos? ¿Cómo vamos a sentir alegría con la multitud de problemas que nos agobian y nos afligen?  Seguramente que San Pablo hoy nos volvería a decir lo mismo: “estad alegres en el Señor sí, pero ¡ojo!, -nos aclararía- sólo podréis tener alegría y paz, si os abrís al Señor y ponéis vuestra dicha en El”.  Abrir nuestro corazón a Jesús que está siempre llamando a nuestra puerta, invitándonos a hacerle un hueco, invitándonos a compartir la vida con Él.   Es entonces cuando nuestra vida tendrá otro sentido, es entonces cuando empezaremos a comprender que nunca estamos solos, que nuestro mejor amigo es el mismo Dios.  Después vendrá, nuestro deseo de agradar a este amigo.  Enseguida desearemos parecernos lo más posible a El.  Y de ahí surgirá con naturalidad nuestro comportamiento: la honradez, la honestidad, el compartir, la solidaridad.  Y surgirá con naturalidad porque antes habremos comprobado que El, Dios mismo, ha sido con nosotros honrado, honesto, ha compartido lo que El es y se ha solidarizado con nuestra debilidad.

         Este es, hermanos, el camino del ser cristiano.  A veces hemos convertido a nuestra fe, en un conjunto de normas y leyes, olvidando lo fundamental: que nuestra fe, es ante todo, una relación de amistad con Dios.  Sólo desde esa relación que como nos recordaba San Pablo se hace desde la oración, la súplica y la acción de gracias, podremos empezar a cambiar aquellas actitudes que nos impiden vivir con alegría y paz.

         Podríamos decir hoy que no hay conversión sin relación con Dios, no hay obras buenas si no hay una relación profunda con el Señor.   Necesitamos todos recuperar un espacio cada día para estar con el Señor, para que nuestro corazón se vaya moldeando como el suyo y acabemos viviendo aún en medio de las dificultades, con alegría y paz.

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“¿Y nosotros qué tenemos que hacer?” Uno de los mayores problemas que todos arrastramos es que “tenemos suficientes ovejas”. Todos tenemos demasiadas razones para no cambiar. Todos tenemos demasiadas seguridades para esperar que alguien venga a proponernos algo nuevo.

Y para ver lo nuevo también hay que tener ojos nuevos. Ojos que duden de lo que ya ven, pero que no lo ven todo. Hay que convencerse de que, por mucho que hayamos visto, siempre queda mucho más por ver.

Al menos, todos debiéramos caer en la sospecha de que no lo tenemos todo, ni somos todo lo que pudiéramos ser. Es difícil pensar en algo distinto, en tanto no seamos capaces de preguntar y preguntarnos “y nosotros qué tenemos que hacer?”

Alguien dijo hablando de los creyentes que era preciso partir del principio de “no estar tan seguros, al menos no dar por hecho, que el Dios de nuestra fe es el Dios de Jesús”.

 

Muchos esposos están ante un grave problema.

Muchos padres están ante un grave problema.

Muchos adictos a la droga están ante un grave problema.

Muchos buenos están ante un grave problema.

Es posible que todos estemos ante un grave problema.

Y no se trata de que no queramos ayudarnos los unos a otros.

Yo estoy convencido de que todos tenemos mucha capacidad de ayuda.

Y de que todos pudiéramos hacer mucho los unos por los otros.

Pienso que la verdadera dificultad está en que precisamente la gente no se deja ayudar.

Ese es el verdadero obstáculo para cualquier ayuda. Y no se dejan ayudar “porque tienen demasiadas ovejas”. Están demasiado satisfechos.

En su corazón ya no hay preguntas.

Y cuando no hay preguntas en el corazón, tampoco se necesitan respuestas.

 

La mayoría de los esposos no se dejan ayudar:

porque ellos ya lo saben todo,

porque ellos siempre tienen la razón,

porque además, ellos ya se sienten suficientemente bien.

Digamos que “ya tienen las ovejas suficientes” y no necesitan más.

Su rebaño colma todas sus aspiraciones.

 

La gran mayoría de los hijos no se dejan ayudar:

porque los demás no van a entenderles. Digamos que no les van a dar la razón.

porque los demás compañeros son para ellos la mejor escuela.

porque los demás tienen una libertad que sus propios padres no están dispuestos a concederles.

Ellos ya han visto demasiado. Ya han vivido demasiado.

Además ellos pertenecen a otra época más moderna.

También ellos “tienen ya suficientes ovejas”.

 

La gente, y la gente solemos ser todos o casi todos:

tiene demasiadas cosas y muy pocas aspiraciones,

tiene demasiadas ideas prefijadas a las que no quiere renunciar.

tiene demasiados esquemas de vida hechos que no necesita que nadie le venga con consejos a inquietarle.

Sí, también la gente “tiene ya suficientes ovejas” ¿y para qué más?

 

Hasta los buenos “tienen ya suficientes ovejas”:

Ellos ya han rezado suficiente.

Ellos ya han ido a misa suficiente.

Ellos ya han comulgado suficiente.

Ellos ya han hecho suficientes caridades.

Ellos ya han leído suficiente de religión.

 

Un amigo mío, que un día vino a buscarme, me dijo de frente: “la verdad es que no sé a qué vengo. Porque mira, Clemente, yo creo que soy un buen cristiano y un buen creyente”. No suelo hacerlo, pero aquel día, creo que me sentí inspirado y me levanté de inmediato diciéndole: “perdóname, flaco, pero yo tengo mucha gente que me espera porque no es ni suficientemente mala, ni suficientemente buena. Y tú no me necesitas”.

 

Mi reacción debió de sacudirlo interiormente porque me pidió lo atendiese, aunque no fuese sino unos minutos. Recuerdo que, posiblemente fui muy tajante y le dije: Mira, tú no eres:

ni suficientemente malo, para ser malo, ni suficientemente bueno, para ser bueno,

ni suficientemente santo, para ser santo.

Sencillamente eres un cristiano satisfecho. Y los cristianos satisfechos ya han renunciado a ser mejores.

 

Otro día hablamos ¿quieres?

Desde entonces, cuando me llama por teléfono o me busca, siempre me dice: “quiero que atiendas a un cristiano que es insuficiente en todo”. Ahora suelo atenderlo cada quince o veinte días.