Meditación 2º Domingo de Navidad

 

 

¿Espíritu de Navidad?

2º Domingo después de Navidad

 

 

 

​Cuando en algunos medios de comunicación preguntan a los ciudadanos sobre el “pretendido espíritu de la Navidad” hay respuestas para todo. Pero, lo que más llama la atención, es el común denominador de todas ellas: quien dice que existe el espíritu de la Navidad, termina diciendo que le invoca tristeza, nostalgia o agobio. 

 

​El espíritu de la Navidad no existe. En todo caso, la Navidad, nos lleva a vivir la entraña cristiana de la misma. Cuando nos quedamos encorsetados en el puro sentimentalismo (hay que ser buenos), en la ausencia de nuestros seres queridos (porque las sillas vacías hablan por sí mismas) o en felicitaciones sin fuste (aquellas que no salen del corazón) la Navidad Santa se queda en eso: en más de lo mismo. En fiesta con farsa y sin moneda de cambio. 

 

 

​1.La Navidad, además de conmovernos, ha de situarnos ante nuestra propia vida. La  llegada de un niño tambalea, condiciona, alegra y hasta altera la dinámica de un hogar: todo gira en torno a él. Con Jesucristo ocurre algo parecido. Ha venido para quedarse en medio de nosotros, para acampar junto a nosotros y para llenarnos e inundarnos de su luz. ¿Cómo no vamos hacer lo posible por buscarle cuando, el Señor, nos trae un haz de luz?
 
Y, si Dios, nos ha dado un Niño, a partir de este momento estamos llamados a cuidarlo. A intentar, por todos los medios, que nuestra vida sea agradable para El. En definitiva a cambiar en lo que tengamos que cambiar y hacer de nuestra Iglesia, de nuestra familia, de nuestra existencia un lugar confortable para que Jesús pueda manifestarse y ser creíble por nuestras palabras y obras. ¿Seremos capaces?
 

 

​2.Una familia, ante la llegada de un niño, no queda paralizada por el acontecimiento. Por el contrario; se pone en movimiento, en pie. Y, cuando el niño llora, se le acuna; y cuando tiene hambre, se le ofrece alimento y cuando tiene frío o calor, se le abriga o se le quita la ropa. 

Con Jesús también ocurre lo mismo; llora cuando nuestra vida cristiana va en dirección contraria a su Palabra; siente frío cuando ve que perdemos los sentimientos de solidaridad o de paz; está hambriento, cuando malgastamos por el camino fuerzas entregadas al mal y no esfuerzos para el bien. 

 

​El que algunos, o muchos, vivan las navidades como días de desenfreno, simple consumo o vacíos de contenido espiritual es respetable y si es problema, es problema de ellos. Lo triste, y suicida, es ver a tantos cristianos (bautizados y que bautizan a sus hijos, que comulgan a sus hijos, que se casan por la Iglesia, etc) que viven las navidades como el resto de los paganos. 

 

Estoy convencido de que, la renovación de la Iglesia, el Año de la Misericordia, la siembra del Evangelio en medio de un mundo rocambolesco en muchos aspectos, sólo vendrá cuando los cristianos, los bautizados, los obispos, sacerdotes y religiosos, nos tomemos en serio lo que celebramos. O dicho de otra manera: creamos lo que celebramos y celebremos lo que creemos. 

 

El demonio, a veces, tiene que estar saltando de gozo en su vanidad infernal cuando damos preferencia al espíritu de la Navidad y olvidamos el secreto más profundo de ella: DIOS VIENE A NUESTRO ENCUENTRO.