Los silencios en la vida de Jesús y en la mía. Así llega Jesús a mi vida... Silenciosamente

 
 
 

Me alegra mirar el Belén en silencio. 

Mirar a José arrobado al ver a su niño recién nacido. Me gusta ese gesto tierno y firme ante ese niño. José cuidaría de María todo el camino. Tal vez se agobiaría al llegar el momento de dar a luz.

Sufriría al pensar que no iban a tener una posada digna. Y luego trataría con todo su afán de hacer digno el lugar que encontraron. Y al final temblaría lleno de miedo al acariciar a ese niño Dios en sus manos pobres. Y guardaría silencio.

Me alegra pensar en el amor de María esa noche al tocar a su hijo recién nacido. Ese amor de madre tan humano. Ese amor de madre tan de Dios. Su amor me hace creer que el amor humano puede parecerse en algo al de Dios. 

Si una madre ama tanto a su hijo, ¡cuánto nos amará Dios! Su amor inmenso. Ese amor de María hacia Jesús. Ese amor de José hacia María. Ese amor callado de Madre que hoy me entrega a mí. En esta noche, en esta Navidad. Para que no me olvide. Para que sepa que ha soñado conmigo, y me lleva en sus entrañas.

Pienso que me gustaría ser siempre ese niño en manos de María. Dejarme cuidar por Ella, acariciar su ternura. Quiero dejar que su amor toque mi vida. En silencio, callado. ¡Cuánto me cuesta dejarme amar por Dios y por los demás! 

Siempre me emociona el silencio en la vida de Jesús. El Dios todopoderoso se hace niño que no sabe hablar. Pienso en el silencio de la espera de José y María camino a Belén. Jesús escondido en el seno de María.

Pienso en ese establo de Belén, ¡cuántos silencios entre José y María! La mirada de José a su mujer. El silencio de María porque está desbordada de ternura. Jesús no sabe hablar. Recibe abrazos. No puede expresarse. ¡Cuántas veces María y José lo mirarían en silencio como yo ahora! Lo tomarían en brazos. Son momentos guardados en su intimidad. En el cielo los veremos.

El silencio impresionante de la vida oculta en Nazaret. Dios está en la tierra y nadie lo sabe durante años. Está escondido, viviendo en su familia. Callado. Su alma se hizo honda, profunda, en silencio, en el desierto, en una carpintería con José. Para después brotar y calmar nuestra sed.

Años más tarde fue el silencio de Jesús en la pasión el que me conmueve. No decía nada. No se defendía. Sus hechos lo avalaban. En silencio, se dejó clavar, azotar, coronar de espinas. Callaba. Calló en la cruz como calló en el pesebre.

Me gusta el silencio de Jesús. No se queja en Belén, no se queja en la cruz, se deja hacer. Decía Javier Melloni: “El silencio no es la ausencia de palabras sino la ausencia de ego”. Yo creo que a veces me sobra ego.

Jesús se dejó amar en silencio en sus primeras horas. Jesús amó en silencio en sus últimas horas. Durante su vida, la montaña, el lago, el desierto, fueron para él lugares de silencio, de volver a su centro, a su Padre.

Me gusta detenerme hoy ante el Belén y hacer silencio para que me hable Dios, para estar con Él. Mirar el Belén sin decir nada. Detener mis pasos y perder mi tiempo que creo que es valioso para mirarlo en el pesebre, para estar sencillamente ante Él, pequeño, callado.

¿Cómo no tembló la tierra entera cuando nació Dios? ¿Cómo no gritó rompiendo el silencio? Pocos supieron. Fue de noche, en un lugar perdido. Así llega Dios tantas veces a mi vida. Silenciosamente. Sin grandes voces. Escondido en mi pobreza. En lo más sagrado de mi vida.

San Juan de la cruz habla de esa unión con Dios en la soledad sonora, en la música callada. En Belén, Dios habló para siempre al hombre. Habló a través del llanto de un niño pequeño, y de un hombre y una mujer que lo cuidaban asombrados, agradecidos.

Quiero pasarme muchas horas contemplando el Belén. Mirando. Sin hablar. Sin decir nada. Como María y José. Como los pastores. Mirar a ese Dios Niño que toca mi vida.