Moniciones y homilía Bautismo del Señor

El Bautismo del Señor / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos a esta Eucaristía…

--Hoy, con este domingo, comenzamos a seguir –muy de cerca- los pasos de Jesús. Y, su caminar, se inicia con su Bautismo a manos de Juan Bautista en el río Jordán. Vivir con Dios, es desvivirse por El; hablar de Dios, es sentir su amor y su cercanía.  --Hoy, en el Bautismo del Señor, Jesús recibe la autoridad, la confianza máxima por parte de Dios: es su Hijo amado, el preferido…el que ha de llevar a cabo su obra en la tierra.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar nos preparan a la misión de Jesús: Isaías indica cómo será el Mesías. La segunda lectura, por otro lado, nos presenta un conjunto de enseñanzas sobre el papel que va a desempeñar el Salvador. Finalmente, aunque brevemente, el Evangelio nos narra la complacencia, la alegría, la satisfacción que tiene Dios en un Hijo que va a ser su voz, sus pies, sus manos y su corazón en la tierra. Escuchemos con atención.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia, en la cual hemos recibido nuestro Bautismo. Para que el Papa, como nos dijo en su mensaje del 1 de enero, nos infunda alegría y optimismo en tiempos difíciles. Roguemos al Señor.

2. Por todos los que, en el presente año, van a ser bautizados. Por sus padres y padrinos. Para que se comprometan más activamente y con más entusiasmo en los frutos del bautismo: la vida cristiana de la familia y de sus hijos. Roguemos al Señor.

3. Como todos los que se bautizaban con Juan Bautista, tenemos pecados y faltas personales. Para que no olvidemos que, agarrándonos a Dios, podemos mejorar y revisar nuestra vida en este año que hemos comenzado. Roguemos al Señor.

 

Homilía: El Bautismo del Señor / C

Con el Bautismo del Señor clausuramos este tiempo de fe, días de familia y de fiesta compartida, con la que hemos festejado y celebrado el Misterio de la Santa Navidad.

1.- Sin apenas horas ni días para recuperarnos del gozo de la Navidad asistimos hoy, no como espectadores y sí cómo adoradores de ese Niño que se hace grande, al Bautismo de Jesús.

Un Bautismo que le empuja a sumergirse de lleno, no solamente en el agua fresca del río Jordán, sino también en el camino de conversión y de justicia, de dedicación y de entrega dejándose totalmente inspirar y dirigir por la voluntad del Padre. ¿Hay mayor y más exigente bautismo que ese?

Si ya Jesús comparte nuestra condición humana, hoy con el Bautismo, se pone junto a nosotros, se suma a la fila de aquellos que nos sentimos pecadores pero para devolvernos la gracia, la vida de Dios. Para arrancarnos de un mundo de oscuridades a una atmósfera de luz divina.

¡Gracias, Padre! No contento con presentarte como humilde siervo en Belén, nos muestras a tu Hijo Jesús para rescatarnos del mal y hacernos sentir lo que a veces perdemos por el camino: Hijos de Dios.

2.- Amigos y hermanos; no podemos quedarnos electrificados (o quemados… quién sabe) en y por las luces de la Navidad. Mucho menos distraídos por el ambiente consumista que, entre otras cosas, nos invita a dar gusto al paladar de la boca en detrimento de aquel otro que residen en el alma.

El Bautismo del Señor es la consecuencia de su nacimiento en Belén: ha venido para salvarnos y no para quedarse tapadito en una cuna. Ha nacido para crecer y enseñarnos el camino del amor.

Jesús no ha comparecido para cobijarse permanentemente al calor del buey o de la mula, con los agasajos de los Magos o la espontaneidad de los pastores. ¡Jesús va mucho más allá! ¡Quiere y desea nuestra salvación! Al descender al río Jordán comienza a remar en la dirección marcada por su Padre.

Al acoger el Bautismo de manos de Juan, nos invita a subirnos en su barca para conquistar un horizonte marcado por sus palabras y sus hechos. ¿Estamos dispuestos a seguirle? ¿Qué hemos hecho nosotros con nuestro bautismo? ¿Lo hemos dejado solamente plasmado en una bonita fotografía, película de DVD o excusa para una fiesta familiar?

Que la Solemnidad del Bautismo del Señor nos ayude a sacar de nosotros ese Niño Jesús que, hoy más que nunca, necesita crecer en nuestro interior y ser testimoniado ante el mundo.

Flaco favor haríamos a la Navidad recientemente celebrada si pensáramos que, Dios, ha nacido para quedarse en el recuerdo de un infante, en nuestra niñez, en nuestra incapacidad para sumergirnos de lleno en esas aguas bautismales que nos hacen sentirnos hijos de Dios y llamados a una nueva vida. ¿Estamos dispuestos?

En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre Él, para indicarnos que, con su fuerza, que es el amor, va a llevar adelante la misión que el Padre le encomendó.

Por lo tanto, el Bautismo es para Jesús el momento en el que inaugura su misión evangelizadora. Por eso es la culminación del tiempo de la Navidad.

3.- Esta fiesta nos invita a reflexionar un poco sobre el Bautismo que recibimos cada uno de nosotros. Es un sacramento que hemos descuidado mucho, que lo hemos distorsionado por una serie de costumbre sociales y que, en realidad, es el sacramento que debe marcar el rumbo de nuestra vida cristiana.

Nosotros no podemos quedarnos indiferentes. Recordemos que no solamente promueve el mal aquel que lo realiza, sino también aquel que pudiendo sembrar el bien no lo hace.

Dios nos va a juzgar no solamente por nuestras obras, sino también por nuestras omisiones.

 

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Hemos dejado atrás ya la Navidad, la infancia y la adolescencia de Jesús, y hoy el evangelio nos lo presenta ya adulto, en el comienzo de su vida pública.  Poco sabemos de la vida de Jesús durante sus primeros treinta años.   El hecho de que los evangelios no nos den noticia de ello nos está indicando que la mayor parte de su vida, Jesús la pasó como una persona normal de su pueblo,  aprendiendo las cosas de la vida, trabajando para su sustento.  En estos treinta años se fué forjando su personalidad poco a poco.  Jesús adquirió seguramente su sensibilidad por las injusticias y por el destino de los pobres, de su madre,  ella que como nadie supo elevar a Dios el canto de los oprimidos en el Magnificat.  Jesús seguramente no permanecía indiferente a los aconteceres de su tiempo.  Sufría como todo judío la explotación del romano invasor, las diferencias insoportables entre ricos y pobres,  la opresión de la clase dominante, sacerdotes y escribas.  Y para colmo a toda esta situación se añadía la esclavitud de la ley, dictada por los fariseos.    En todo el pueblo, !y cómo no¡ también en Jesús se elevaba un clamor  hacia Dios pidiendo la liberación, la venida del Mesías.   

 Y aquí nos encontramos a Jesús, acercándose al Bautista, como todos aquellos judíos que anhelaban la liberación, como un pecador más, El que jamás había roto con Dios, El que había pasado su infancia y juventud en una continua búsqueda de la voluntad de Dios.   Si en su nacimiento Jesús se había solidarizado con nuestra carne humana, haciéndose hombre pobre y humilde.  Hoy en el bautismo da un paso más en esta solidaridad irrefrenable de Dios por el hombre.  Jesús se solidariza con el pecador,  asume la condición humana con todo lo peor que ésta conlleva, el pecado como  ruptura con Dios.   Toda la vida de Jesús estará marcada por este descenso a los infiernos de nuestra humanidad doliente y sufrida.  Hasta culminar en el horror de la cruz.    Esta es la locura de Dios,  el escándalo para los judíos y la estupidez para los judíos.   Un Dios que está tan loco de amor por el hombre que va a su encuentro hasta allí donde se le niega y se le rechaza.    

 Y será precisamente en este momento del bautismo, cuando Jesús es reconocido como Hijo de Dios, como Hijo predilecto.   Jesús ve confirmada de una vez su identidad y su misión.   El es el Hijo querido del Padre, enviado a salvar al Hombre.  Y esa salvación se va a realizar en el servicio humilde a los pobres, a los marginados, a los enfermos y a los pecadores.