A mí también me bautizaron

¿Qué es un sacramento? Un sacramento es un signo, y como signo que es, ha de enviar un mensaje con sólo su presencia.

 

No tenemos que esforzarnos para comprobar infinidad de signos que nos envían mensajes sin parar. Subimos en el ascensor y elegimos a qué piso vamos con sólo marcar un número en el cuadro que los muestra. Salimos a la calle y un semáforo nos dice si podemos cruzar o no. Miramos a un lado y un termómetro nos muestra la temperatura. Con sólo esperar un instante, nos dice la hora que es. Giramos la cabeza y el logotipo de la farmacia nos alerta si está o no de guardia... Pero todos tienen algo en común. Para ser signos,  para mandarnos un mensaje, han de estar conectados a la corriente eléctrica. Sin la luz no pasarían de ser meros instrumentos de hierro o plástico que, casi, estorbarían; pero nadie podría arrancarlos y echarlos al contenedor. Allí seguirían inmóviles recordando lo que fueron.

 

Eso mismo pasa con los sacramentos. Si queremos que sean «signo visible», que manden un mensaje a los demás, tendremos que estar conectados a la corriente «Cristo», y cuando estemos iluminados con su luz gritaremos en silencio, a todos, la buena noticia del Evangelio.

«Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,15-16).

 

ESTAMOS BAUTIZADOS

 

El bautismo puede recibirlo todo ser humano y aunque en el momento actual parece que estamos más alejados de Dios, el número de bautismos es muy elevado. Salvo raras excepciones todos estamos bautizados. A mí me bautizaron a los dos días de nacer. Era lo habitual. Los niños recibían el agua bautismal lo antes posible. Una mezcla de miedo a que pudiesen morir y a las habladurías del vecino lo hacían posible.

 

Más tarde empezó una corriente que decía que había que dejar a los niños crecer sin bautizarse y que ellos eligieran al hacerse adultos. Yo creo que esto tuvo poca fuerza; es sorprendente que incluso parejas que no han recibido el sacramento del matrimonio elijan bautizar a sus hijos. Eso sí, buscan una parroquia donde no exijan preparación o esta sea muy corta, ya que para ellos el bautismo no va mucho más allá de la simple ceremonia y la consiguiente fiesta. Pero sea como sea, el número de bautizos en nuestro país es alto, aunque bajen estrepitosamente las cifras cuando se trata de vivir como bautizados.

 

Es fácil demostrar este comportamiento: no tenemos nada más que fijarnos en las contestaciones que se dan a las encuestas que hacen los reporteros y que nos presentan con la mayor normalidad:

 

- Yo estoy bautizado, y soy creyente, pero no practicante.

- Yo estoy bautizado, pero tengo una fe «a mi manera».

- Yo también estoy bautizado y creo en mis santos, pero no creo ni en la Iglesia ni en los curas.

- Fíjate, para que comulgue mi hijo, para que se confirme, para que se case, me han pedido la partida de bautismo. Desde luego hay que ver las cosas tan raras que piden estos curas. Y luego quieren que vayamos a la Iglesia.

Pero eso sí, va por delante lo de estar bautizado, aunque se huya de vivir como tal. ¡Nos deben de pesar demasiado las responsabilidades!

 

Ahora, yo me pregunto: ¿acaso compramos un aparato de cualquier tipo sin leer las instrucciones? Y es lógico que nos aseguremos de lo que hemos comprado, ya que los engaños están a la orden del día.

¡Sin embargo, las cosas de Dios son distintas. ¿Para qué quiero saber yo a lo que me comprometo al optar por ellas? Yo estoy apuntado al «cumplo, y, miento». «Sí, pero no».

«Bueno si no hay más remedio...». «Quizá saque tiempo...».

«Puede que me apetezca...».

Seamos serios. Si hay algo importante en nuestra vida son las cosas de Dios y Él nunca nos obliga a realizarlas, por tanto tendremos que tener un gran respeto a sus exigencias, cuando somos nosotros los que las elegimos desde la libertad más absoluta.

 

Al elegir los padres el sacramento del bautismo para sus hijos, se supone, primero, que son cristianos, y segundo, que quieren comprometerse en la misión de alimentar a sus hijos en esa vida que Dios les ha confiado. Pues lo sepamos o no, en el momento en que recibimos el agua bautismal, y por pura gratuidad, se nos está regalando la gracia de la salvación.

 

«Jesús fue desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Juan intentaba disuadirlo diciéndole: "Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?"» (Mt 3,13,15).

 

CON LA LUZ ENCENDIDA

 

No podemos dejar que se apague la luz de nuestro bautismo. Tenemos que renovar el compromiso cuando estamos capacitados para poder optar por ello. Así suelen renovarlo los niños al hacer la primera comunión y así tendríamos que renovarlo cada uno al rezar el credo en cada eucaristía.

Tendríamos que quedar admirados de la dicha que poseemos y, sin embargo, ¿cuántas veces nos paramos a pensar lo que significa para cada uno de nosotros haber recibido el sacramento del bautismo?

Por eso hoy os invito a hacerlo con detenimiento.

 

«Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él» (Mt 3,15,17).

 

EL JORDÁN COMO SIGNO DE CONVERSIÓN Y PERDÓN

 

La aparición pública de Jesús comienza en el Jordán. Una gran masa de gente llega allí para dejar su pecado y Jesús se mezcla con ellos, se mete en las aguas fangosas y se deja salpicar por todos los pecados de la humanidad.

Jesús es nuestro Jordán. ¿A qué nos compromete nuestro bautismo?

 

- A sumergimos en Cristo;

- a participar de su misión;

- a renacer por medio del agua y del espíritu.

 

SUMERGIRNOS EN CRISTO

 

El bautismo, recibido siendo adulto, es como entrar en el

Jordán, enterrar nuestro pecado y salir renovados.

En el origen no estaba el pecado original. Estaba el sueño amoroso de Dios: el amor, la vida, la plenitud... En el plan de Dios no estaba el pecado.

Por eso no podemos anclarnos en la negatividad. Somos criaturas amadas y queridas por Dios.

 

Esto no puede taparnos el saber que estamos situados en un mundo donde hay lados oscuros, y esos lados oscuros se ubican, muchas veces, dentro de nosotros, dentro de cada uno en particular. Por tanto tengo que ser consciente de que existe pecado dentro y fuera de mí.

Nadie puede dudarlo. Esta sociedad marginada que necesita nuestra atención, nos está enseñando el pecado del mundo. Pero hay pecado también en nuestro interior.

 

No podemos echar la culpa a los demás de que en el mundo haya guerra, racismo, sida, pornografía, esclavitud... Todos somos culpables cuando actuamos fríamente y pasamos de largo como si ello no fuese con nosotros.

 

Por eso hoy vamos a dejar de nuevo que el agua de nuestro bautismo lave nuestro corazón. Vamos a darnos cuenta de que Dios nos brinda, una vez más, la misericordia regeneradora y el perdón.

 

Vamos a vernos limitados, frágiles, irresponsables... Vamos a confesar nuestros fallos y vamos a sumergirnos en nuestro Jordán –“Cristo”-, para que Él nos limpie y nos regenere.

 

Pues sólo el Señor puede convertirnos en portadores de misericordia. Sólo su gracia puede desterrar nuestras murallas de desaciertos, para que pueda entrar la luz. Sólo su bondad es capaz de hacer que nos dejemos abrazar por el Padre y sepamos, de verdad, quién es Dios.

 

PARTICIPAR DE SU MISIÓN

 

Jesús llega a bautizarse al Jordán porque tiene clara su misión. El ha venido a cumplir la voluntad del Padre y la llevará a cabo hasta el final. Pero Jesús necesita seguidores, necesita a las personas. Él no es solitario ni, mucho menos, egocéntrico. Él es don, salido de sí, entregado sin límites por amor a todos los hombres.

 

Jesús se ha fijado en cada uno de nosotros. Somos protagonistas de la obra de la salvación.

 

Hemos elegido libremente ser cristianos e implicarnos en su misión. Y aquí está la realidad; Él nos ha hecho una oferta y nosotros hemos respondido desde la libertad más absoluta.

 

Debe de ser grandiosa la dimensión que tiene el testimonio de quien está dispuesto a dar razón de la fe y de la esperanza en medio del mundo.

Pues si nosotros queremos ser uno de ellos, trataremos de poseer de verdad el espíritu de Cristo, que recibimos el día de nuestro bautismo y dejaremos que se encarne en nuestro interior. Porque cuando esto suceda mostraremos a Dios con nuestra vida, en ese proceso transformador que hace grande a la persona. Y nos sentiremos con fuerza para cumplir la misión encomendada, porque nuestra respuesta se habrá traducido en el reconocimiento de nuestra pequeñez y en el acercamiento a Dios para que nos cambie por dentro, hasta que surja de nuestro interior el milagro de ver en los demás al mismo Cristo.

 

No creas que esto no es para ti. Todos tenemos necesidad del bautismo, sin excepción, pues todos formamos un mismo cuerpo y todos tenemos un mismo Señor: Jesucristo.

 

Pero ser cristiano, estar bautizado, es entrar en un mundo al revés: te verás obligado, cada día, a ir cuestionando situaciones de este mundo en el que te desenvuelves; no porque sea malo -al contrario, «el mundo es el lugar en el que habita Dios»-, sino porque hay muchas zonas en las que todavía reinan la injusticia, el dinero, el poder, la fama, la impureza. En esas zonas son aplastados los pobres y los pequeños, y tanta injusticia pudre los corazones. Por eso este cuestionamiento que hemos hecho nos acercará a Dios, ya que si no, el bautismo no tendrá los frutos deseados. Pues no debemos ignorar que nosotros también somos, en muchas ocasiones, solidarios con el pecado del mundo.

 

Tomemos conciencia, seriamente, de que somos enviados a ser luz en medio de esta generación y aparezcamos ante ella con el estilo de Jesús basado en las bienaventuranzas, ya que solamente seremos luz para los demás cuando estas condiciones iluminen nuestra vida.

 

«Nadie puede hacer visible la novedad de Dios, si antes no ha cambiado las profundidades de nuestro corazón» .

 

RENACER POR MEDIO DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU

 

Cuando las personas perdemos la noción de Dios nos alejamos de la conciencia de pecado y huimos.

 

Por eso es necesario renacer, dejar a Dios que me revele mi pecado y lavarme con el agua que limpia y regenera.

 

Al salir del Jordán ya no seguiré los planes de los hombres, seguiré los planes de Dios. Me dejaré empapar por su palabra y me dejaré iluminar por su luz. Entonces seré testigo de los pueblos, cumpliendo su encargo. Y diré a todos: Escuchad lo que dice el Señor:

 

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde».

 

Dejaré también que el espíritu de Dios habite en mi alma.

Dejémosle obrar a través nuestro. Llevémoslo a los demás con nuestras palabras. Olvidemos fórmulas e ideologías y mostremos a la Persona, Jesucristo. Un ser alegre, vivo, lleno de paz, de luz, de sensibilidad... un ser que no ha venido a traer un libro de fórmulas y recomendaciones, sino un corazón de carne donde habita el amor.

 

 

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

 

. ¿Qué significa para mí estar bautizado?

. ¿He encontrado a Cristo en mi realidad de cristiano?

. Después de tantos años de bautizado, ¿sigue dando el sacramento sentido a mi vida?

. ¿Qué zonas existen en mí en las que todavía no he dejado entrar la acción de la gracia?

. ¿He llevado a Cristo a los lugares en que me toca vivir?

. ¿Hago ver con mi vida que aquello que la salvación que Jesús ha venido a traer ha llegado ya?

. ¿Hago ver que su pan alimenta, su alegría es plena y su evangelio es luz que santifica?

. ¿Aplico mi vivencia de bautizado a mi vida personal, familiar, comunitaria, eclesial...?

. ¿Es Jesús el agua viva que sacia mi sed de amistad, de comunión y amor?

 

 

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PARA LA REFLEXIÓN EN GRUPO

 

Hacemos silencio y tomamos conciencia de que estamos bautizados.

. ¿Qué incidencias tiene en nuestra vida el estar bautizado?

. ¿Qué actitudes, de las que tenemos, dejaríamos de tener si no estuviésemos bautizados?

. ¿Somos conscientes de los compromisos que conlleva el estar bautizado?

. ¿Qué motivos nos llevan a bautizar a nuestros hijos?

. ¿Vivimos en serio nuestro bautismo?