Moniciones, oraciones, lecturas y homilías

Domingo Segundo de Cuaresma

Ciclo C

 

Moniciones de entrada:

(A)

        

En nuestra vida diaria vivimos momentos de tormenta y momentos de calma; días de lluvia y días de sol; temporadas de sufrimiento y temporadas de gozo.

También en la Palabra de Dios encontramos escenas de tristezas y pasajes de alegría. Hoy se nos ofrece una de esas escenas de luz, la transfiguración de Jesús.

Celebramos la Eucaristía para alimentarnos de la Palabra de Dios y del Pan que nos da Vida. Nos ponemos en pie…

(B)

 

Los Apóstoles llevan  ya cierto tiempo conviviendo en el grupo de Jesús. Le ven todos los días y hablan a cada momento con Él.

Un día, Jesús toma a un pequeño grupo y se va con ellos a la montaña del Tabor, fuera del ruido y de la vida monótona, para estar en un lugar de silencio y tranquilidad. Allí, al liberarse de las preocupaciones y de la monotonía de cada día, empiezan a fijarse en Jesús y a conocerle de una forma diferente, más clara y transparente.

Nosotros, ahora, en la tranquilidad de esta Iglesia, en este espacio de oración de esta Celebración de la Eucaristía, vamos a intentar mirar a Jesús con ojos nuevos, con mirada clara. Porque Jesús es alguien distinto a los demás.

 

(C)

 

Bienvenidos a celebrar la Eucaristía del segundo domingo de cuaresma.

Escuchar a Jesús es una característica esencial del cristiano. Hoy nos propone vivir con Él la experiencia del monte Tabor, dónde Dios nos invita a escuchar a su Hijo predilecto.

Dispongámonos a celebrar esta Eucaristía como una experiencia profunda de podernos encontrar con el Señor y escucharle.

 

(D)

 

El relato evangélico que vamos a escuchar hoy, nos recuerda aquella voz que conmovió a los discípulos y que debería resonar también hoy en el corazón de esta profunda crisis que vive la humanidad: «este es mi Hijo amado. Escuchadlo».

Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad, que no engaña, que no miente, que no promete lo que no puede dar, que no traiciona, que te comprende y te perdona todo. Alguien que sabe por qué vivir, ofreciendo respuestas a las preguntas fundamentales de la vida y, la esperanza para morir.

Al celebrar la Eucaristía vamos a prestar atención al mensaje que hoy nos trae Jesús

 

 

Acto penitencial:

(A)

 El Dios en quien creemos, el que está a nuestro lado en el caminar de cada día. El Dios que nos conoce en la realidad de lo que somos, nos acepta, comprende y anima. Es el Dios del perdón infinito y cariñoso. 

SACERDOTE: Tú, Señor, eres el CAMINO. Pero nosotros a menudo vamos perdidos, por otros caminos opuestos a los tuyos, por caminos fáciles y comodones, por caminos de placer y de egoísmo, sin preguntarnos dónde nos quieres tú...(silencio) SEÑOR TEN PIEDAD.

 

SACERDOTE: Tú, Señor, eres la VERDAD. Pero nosotros huimos de la verdad y vivimos con mentiras, con medias verdades, con miedo a lo real, con hipocresías y dobleces, sin atrevernos a hacer caso de las llamadas que encierra tu Palabra... (silencio) CRISTO, TEN PIEDAD.

 

SACERDOTE: Tú, Señor, eres la VIDA. Pero nosotros elegimos lo que nos conduce a la muerte organizándonos la vida sin dejarte entrar a ti en ella; perdiendo el tiempo sin añadir Vida verdadera a nuestros años... (silencio) SEÑOR, TEN PIEDAD.

 

(B)

 

La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN a Dios, de ARREPENTIMIENTO, de perdón. En un momento de silencio descubramos qué cosas de nuestra vida nos partan de Dios y de las personas, para arrepentirnos de ello y pedirle perdón a Dios.

(Silencio).

Por nuestros pecados de individualismo, olvidándonos de los demás. Oh Señor, escucha y ten piedad...

Por las veces que no hemos sabido compartir, porque sólo hemos pensado en nosotros. Oh Señor, escucha y ten piedad...

Por nuestros egoísmos, que nos apartan de Dios y de los demás. Oh Señor, escucha y ten piedad...

El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su Salvación y nos lleve  a la vida eterna. Amén.

 

(C)

 

La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN: convertirnos a Dios y convertirnos a los demás. Arrepintámonos de las cosas de nuestra vida que nos alejan de este propósito y pidámosle perdón a Dios.

(Peticiones de perdón relacionadas con alguna lectura del domingo)

  • Por las veces que, por pereza, no hemos vivido ni celebrado la fe. SEÑOR, TEN PIEDAD...
  • Por las veces que hemos celebrado la fe por rutina, con poco interés, sin ningún compromiso. CRISTO, TEN PIEDAD...
  • Por las veces que al celebrar la Eucaristía no nos hemos sentido más cercanos a los demás. SEÑOR, TEN PIEDAD...

 

o

“Yo confieso.....”

El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su Gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.

 

(D)

Queremos que la Cuaresma sea para nosotros una conversión a Dios y a los demás. Antes de pedir perdón a Dios de nuestros pecados, pidámosle ayuda para descubrir cuáles son esos pecados y para arrepentirnos de ellos.

Porque muchas veces cerramos nuestros oídos a tu Palabra. Señor, ten piedad...

Porque muchas veces no sabemos descubrirte en los demás, especialmente en los pobres. Cristo, ten piedad...

Porque muchas veces no aceptamos el sufrimiento, los problemas y las contrariedades de la vida, como Tú lo aceptaste. Señor, ten piedad...

Por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Dios de la Vida y de la Misericordia, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.

 

 

Escuchamos la Palabra

 

Monición:

La figura de Abrahán es altamente significativa para todos los creyentes. Dialoga con Dios y cree en su palabra, incluso contra toda esperanza. Con esta ejemplar actitud de fe logrará la alianza y la bendición de Dios.

 

Lectura del libro del Génesis

 

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo:

-Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes.

Y añadió:

-Así será tu descendencia.

Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber.

El Señor le dijo:

-Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra.

Él replicó:

-Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?

Respondió el Señor:

 -Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

Abrahán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrahán los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos:

 -A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.

 

                                                        Palabra de Dios

 

Salmo:

El Señor es mi luz y mi salvación (Salmo 26)

Monición al Evangelio:

 

Hay momentos en los que nuestros ojos brillan de alegría y son como el reflejo del corazón. Cuando esto ocurre, los amigos se alegran y están juntos y se les pasa el tiempo volando.

Un día, Jesús resplandeció lleno de luz ante sus amigos y vieron de verdad quién era Jesús: Jesús era el Hijo amado de Padre. Quisieron quedarse con él. Comprendieron que quien le escucha y le sigue, es feliz.

Nos preparamos para escuchar esta lectura...

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

 

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube.

Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle.

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

 

                                                        Palabra del Señor

 

 

Evangelio dialogado (Niños)

 

Narrador: Un día, Jesús acompañado de tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, subieron a un monte.

Estando allí, Jesús se transfiguró: su rostro se volvió brillante como el sol y sus vestidos se volvieron resplandecientes como la luz. Y aparecieron hablando con Él el profeta Elías y Moisés, el que sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.

Pedro, impresionado por aquella visión tan maravillosa, le dice a Jesús:

 

Pedro:  Señor, podemos montar tres tiendas de campaña: una para Ti, otra para Elías y otra para Moisés, y nos quedamos aquí para siempre.

 

Narrador: Pedro estaba tan impresionado que no sabía lo que decía.

Pero, de repente, les envolvió como una nube y se oyó una voz que les dijo a Pedro, Santiago y Juan:

 

Voz:  "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo y hacedle caso".

 

Narrador: Poco después, aquellos tres discípulos miraron asustados a su alrededor, pero no vieron a nadie; sólo estaba Jesús con ellos.

 

Palabra del Señor

 

 

Homilías:

 

(A)

Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo marcha bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace exclamar: «Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura». «Yo creía que esto iba a resultar más fácil». «¡Qué necesidad tengo yo de meterme en líos a mis años, con los bien que están... otros». Las frases se pueden multiplicar. La realidad es muy sencilla: al principio todo parece de rosas, pero el camino trae sorpresas... No es que «la ilusión inicial sea falsa». Al inicio está en germen, en promesa todo lo que esperamos, todo lo que nos hace partir y nos pone en marcha. Pero no es posible adelantar todo. La vida va atrayendo, poco a poco, la dura realidad. Y habrá que mirar al principio para recuperar fuerzas y ver que en los objetivos iniciales estaba todo iniciado, aunque no desarrollado.

Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas.

Jesús siente que su grupo de discípulos no está al margen de esta dinámica. Jesús acaba de hablar de la muerte que le espera y se encamina hacia Jerusalén, donde lo anunciado tendrá cumplimiento. Necesita «confirmar» a los suyos para que resistan en el seguimiento a pesar de lo duro que viene.

Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”. Unos seguían a Jesús pero no ocultaban que lo que en el fondo pensaban era sentarse a la derecha de él algún día. El poder, con tal de llegar a él, exige algunas incomodidades, pero después recompensa... Como veis, este funcionamiento no es de hoy. Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder... Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos...

Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde... Y cuando llega, la verdad deslumbra.

 

Jesús elige a los más íntimos, a los «pilares del grupo», para mostrarles, por unos instantes, su identidad y su relación directa con toda las tradición religiosa anterior: Moisés y Elías. Se deja ver para hacer saber su identidad en el marco de una oración.

Suben al monte a orar. Y en la oración es donde acontece lo que ellos no esperan. Lo que acontece les pilla por sorpresa hasta el punto de no entenderlo bien. Pero sucede algo que entenderán más tarde. Ven y escuchan una voz de revelación: Es mi Hijo; escuchadle. Algo así como esto: «Pase lo que pase, triunfe o esté clavado en la cruz, es mi Hijo. No reneguéis ni lo abandonéis».

“Escuchadle”. Hoy se nos grita a nosotros este imperativo... Es difícil escuchar. Muy difícil. Oímos ruidos. Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos como nos invaden. “Me siento muy solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”. Es tremenda la soledad que viene de sentirse excluido por no ser escuchado.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

“Escuchadle”, prestad atención a Dios, dad importancia a Dios, acoged la palabra de Dios... Esta es la revelación del Padre sobre su hijo. Prestar atención a Dios es “escuchar a su Hijo, el Enviado”. Está bien hacer las “obras de Dios”, pero es insuficiente. Ser creyente es ser oyente, ser escuchador.

“Escuchadle”. Escuchar a Dios, prestarle atención es, al mismo tiempo, saberse escuchado por Dios y sentir que nos tiene en cuenta...

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades... Aunque hay veces que tenemos que confesar que nos horroriza el silencio y preferimos el ruido al silencio.

 

Si te detienes un momento, descubrirás que a lo largo de tu vida, en contacto con las personas, subiendo o bajando al «monte Tabor de la profundidad», allí donde se ve un poco más que tierra plana..., se dan situaciones de Tabor con otras personas, con Dios mismo. Dices que entras en la iglesia buscando un poco de paz y silencio y sales viendo las cosas de otra manera, transfigurado... Sales escuchando más y reconociendo mejor y aceptando lo duro de la vida... Sales más evangelizado por el Padre.

Nada de la Escritura es un pasado que no pasa. Es un pasado que nos ayuda a reconocer la revelación de Dios también en nuestro presente...

Calla y escucha. ¡Si aprendiéramos a escuchar! ¡Si aprendiéramos a escucharle!.

 

 

(B)

        

El pasaje clave en este Evangelio de la Transfiguración, son sin duda las palabras dirigidas por el Padre a los tres discípulos preferidos de Jesús: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”.

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

En este contexto, tampoco resulta extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y, sin embargo, solamente desde esa escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

Un famoso médico psiquiatra decía en cierta ocasión: “Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros...entonces, está ya curado”. Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienzas a escuchar de verdad a Dios, estás salvado.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que nos cuesta mucho aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún, alguien que es la Verdad.

Entonces, empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte.

Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

¿Cómo responder hoy a esta invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo amado. Escuchadle”.

Quizás, tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

 

(C)

         Preciosas y estremecedoras las lecturas de este domingo.

Reconocido como Mesías por Pedro, Jesús habla a sus discípulos de la necesidad de la pasión. Es un discurso difícil siempre el tema de la cruz y de la pasión. Los discípulos no entienden bien. No parece que haya mucha dificultad en aceptar a Jesús como Mesías. Donde reside el problema es en aceptar que el Mesías tenga que pasar por la cruz. En la cruz es donde se juega lo esencial de la aceptación de Jesús.

Ante esta situación, Jesús siente la necesidad de hacer ver a los discípulos más íntimos cuál es su identidad verdadera. Por unos instantes, quedan cautivados del resplandor que les envuelve.

En nuestra existencia humana, nos decimos en los momentos de alegría y euforia: “Si no fuera por estos ratos...” “Vamos a disfrutar ahora, que lo malo ya vendrá...” Tenemos todos pequeños “tabores” o momentos en los que la vida se carga de sentido y el resplandor de unos momentos fugaces nos sirve para vivir la cotidianidad prosaica de la vida. La concentración de la luz dura poco en el tiempo, pero perdura a lo largo de los días. Se hace referencia que nos impulsa hacia delante.

Ser compañeros de otros peregrinos por la vida, nos trae sorpresas. Un día inesperado nos sorprende un gesto de bondad que no esperábamos en una determinada persona. Lo mejor que el otro lleva dentro sale y nos deslumbra. La luz percibida cambia todos nuestros esquemas y se entabla una nueva relación. Otras personas han sido sorpresa para nosotros y nosotros hemos sigo alguna vez sorpresa para gente que quizás nunca nos lo dijo.

Si analizas tu relación con Dios, verás que de vez en cuando se te conceden pequeños “tabores”. Ser compañeros de Jesús nos trae sorpresas: un día nos maravilla y se nos llena el corazón de ganas de estar con Él, de permanecer con Él. Descubrimos que es un compañero que vale la pena.

Lo que hace que los íntimos de Jesús quieran hacer tres tiendas y quedarse en el Tabor no es lo que tienen que decir a Jesús, ni lo que Jesús les cuenta. Es simplemente las ganas de contemplar. Callar y contemplar. Nunca el otro es tan grande como cuando nos sorprende y nos deja “mudos”; entonces comprendemos que no sabemos todo sobre él y que necesitamos contemplar mucho para descubrir lo que es invisible a primera vista.

Hermanos, quizás hoy tenemos mucha necesidad de creyentes que, de tanto acompañar a Jesús, hayan tenido momentos de Tabor y nos quieran comunicar lo que vieron y sintieron. Hay revelaciones y experiencias de Dios que sólo vamos a conseguir caminando muchos días y muchas noches con Jesús, subiendo donde Él sube, recorriendo los caminos que Él recorre. Permanecer con Jesús es obligarse a escucharle.

Hay que atravesar mucho espesor de superficialidad para llegar donde está la luz que cautiva. Algunos llaman a esto desierto, otros fidelidad y otros nombres posibles... Pero el Tabor nos remite a una manera de existencia en contemplación, aunque todavía no nos sea dada ni nos sea posible.

Estoy seguro de que Dios tiene reservados para nosotros momentos de luz, encuentros reanimadores de fuerzas.

Que el Señor os llene de su luz.

 

 

 

(D)

Hace tiempo leí una pequeña historieta que me gustó. En una leprosería había un leproso que se pasaba el día encerrado sobre sí mismo, triste y sin esperanza. Hasta que un día comenzó a sonreír. Todo el mundo se preguntaba ¿qué había pasado? Y se dieron cuenta de que todas las mañanas se asomaba al muro que lo separaba de la calle. Se subía al muro. Bajaba y comenzaba a sonreír. Llenos de curiosidad se acercaron. Una señora todos los días pasaba a esa hora por allí. Esperaba ver al leproso. Y desde la calle le regalaba una sonrisa. Y esto era suficiente para hacerle feliz a aquel hombre lleno de angustia y tristeza durante todo el día.

Me viene esta anécdota precisamente, el segundo domingo de Cuaresma, en el que leemos la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Un momento en el que Jesús se transforma y todo él se ilumina dejando transparentar lo que lleva dentro detrás del muro de su humanidad.
Con frecuencia todos nos quedamos a esta parte del muro y no vemos la vida que camina por la calle ni las sonrisas que nos llegan.
Vemos a los demás, no por lo que llevan dentro, sino por lo que vemos desde afuera.
Vemos a los demás, tapados y escondidos detrás del muro de sus cuerpos.
Vemos los árboles, desde su áspera corteza, y no vemos la savia que corre por dentro.
Vemos las rejas de la cárcel, y no vemos a los hombres que sufren privación de libertad allá dentro.
Vemos las rejas de los conventos de clausura, y no vemos esas almas contemplativas que han consagrado su vida a Dios y dedican sus vidas a orar por la Iglesia y el mundo.
Vemos la enfermedad y vemos muy poco al enfermo.
Vemos el pan de la mesa, y no vemos el sudor de quien lo ha ganado con su amor y el esfuerzo de su trabajo.
Vemos el cuerpo gastado y arrugado del anciano ya cansado, y no vemos al hombre que vive y siente y ama y tiene necesidad de cariño, allí dentro.
Vemos a la Iglesia desde sus debilidades humanas, y no vemos al Jesús que vive resucitado en ella.
Vemos el pan de la Eucaristía, y vemos muy poco al Jesús que se encierra dentro de ese pan.

El leproso fue capaz de subirse al muro y así poder ver la vida que caminaba por la calle y la sonrisa que alguien le regalaba cada mañana, suficiente para sentirse vivo durante el día.

La transfiguración de Jesús nos hace ver no el muro de su cuerpo sino la transparencia de lo que hay dentro de El. Como el leproso que revive por una sonrisa mañanera venida del otro lado del muro, también los discípulos comenzaron a revivir, llenos de alegría, al ver esa sonrisa transfigurada de Jesús. “Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Hasta ahora le conocían a través del muro de su humanidad. Aquella mañana comenzaron a verlo desde dentro, desde su divinidad escondida.

Es importante ver la corteza del árbol. Pero es más importante ver correr la savia que sube por dentro del tronco y hace brotar las ramas, las flores y los sabrosos frutos. Hoy cuidamos mucho la estética de “nuestro muro” y ello nos impide ver el alma, el corazón y la vida que llevamos dentro. Nos quedamos con la superficie y nos olvidamos de la profundidad que se esconde por detrás.

Nos miramos y nos vemos cada mañana en el espejo. Pero el espejo no nos muestra nuestra verdad interior. No nos muestra nuestro corazón ni nuestra alma. Es preciso aprender a mirar y ver no lo que llevamos de cáscara sino lo que vive dentro, late dentro, ama dentro. Es preciso aprender a mirar al mundo y descubrir a Dios. Es preciso mirar al hombre y descubrir en él, a un hermano.

 

(E)

 

Todo cambia en el mundo. Según los científicos, hubo un tiempo en que la tierra era un inmenso globo de fuego que se desprendió del sol. En este globo de fuego fueron apareciendo los mares, los montes, las plantas, los animales, nosotros y tantas cosas que hay en la tierra. ¡ Qué cambio tan grande! ¡Quién lo diría!

¡Quién diría que, de aquella enorme masa de fuego, hayamos salido nosotros y lo que nos rodea!

Nosotros mismos fuimos cambiando y estamos cambiando. Hubo un tiempo en que cada uno de nosotros era una pequeñísima cosa en el vientre de nuestras madres y esa cosa pequeñísima se fue desarrollando. Aquel era un mundo tranquilo, sin ruidos. Eso sí; había allí el latido de dos corazones. Por ley de vida, a los nueve meses, dimos el primer paso y vinimos al mundo, tan distinto de aquel en que habíamos estado. Durante algún tiempo continuamos apegados a nuestras madres, que meses y meses nos llevaron en sus brazos. Poco después nos relacionamos con otros niños; fuimos cambiando y llegamos a ser jóvenes; llegamos al matrimonio, a tener hijos o la vida sacerdotal... Nos fuimos haciendo mayores o nos vamos haciendo mayores. Si llegamos a la vejez, ¡qué de cambios no se dan en un anciano! El anciano se debilita día tras día; su vista disminuye; sus oídos se vuelven sordos; sus fuerzas van a menos; va dejando de hablar; ya no logra recordar hoy lo que hizo ayer. Le duelen todos los huesos; las ocupaciones, a las que antes se dedicaba con gusto, ahora las deja con pena.

A ancianos y no ancianos, por ley de vida, nos llega el momento de dar el paso al otro mundo. Y si cuando nacimos vinimos al mundo con dolor de nuestras madres y con dolor nuestro, cuando muramos iremos para el otro mundo con dolor de nuestros familiares y amigos y con dolor nuestro.

El dolor de venir a este mundo se convirtió en sonrisa de nuestras madres y sonrisas nuestras. Esas sonrisas de niño inocente en la cuna, esas sonrisas de madre que mira extasiada a su niño. El dolor de ir para el otro mundo esperamos que se convierta en sonrisas de Dios y en sonrisas nuestras, en eterna alegría. Estando en el vientre de nuestras madres, jamás pudimos imaginar las cosas que encontraríamos en este mundo; y estando en este mundo, tampoco podemos imaginamos las cosas que encontraremos en el otro. Por eso dice san Pablo: «Ni el ojo vio ni el oído oyó ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (I Cor 2,9).

Según el Evangelio de hoy Jesús, en el monte Tabor, les hizo vivir algo de cielo a los tres Apóstoles que le verían sudar sangre en el huerto de Getsemaní. Estos tres Apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, se sentían tan contentos y felices que no querían bajar del monte. Y Pedro exclamó:

«¡Maestro, qué hermoso es estar aquí!» (Lc 9,33).

Hermanas y hermanos; si después de aquel inmenso globo de fuego, por un cambio muy grande, estamos aquí, también esperamos que, por un cambio muy grande, después de este mundo en el que Jesús participó en nuestros sufrimientos, estemos en el cielo participando en la felicidad de Jesús y podamos exclamar: «Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí!».

 

 

Oración de los fieles

(A)

Jesús nos enseña a orar con su mismo ejemplo. Oremos con Él y como Él al Padre.

  • Para que escuchemos siempre la Palabra de Jesús y nos dejemos transformar por ella. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que descubramos a Cristo en los demás, especialmente en los más necesitados. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que la Iglesia se renueve y se transforme continuamente. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que todas las personas pongamos nuestro esfuerzo en la transformación del mundo. ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

Oremos: Ayúdanos, Señor, a ser siempre testigos de tu Pasión y de tu Gloria, de tu Cruz y de tu Resurrección y que para ello nos dejemos renovar por la fuerza de tu Espíritu.

 

(B)

         Oremos confiadamente a Dios, nuestro Padre, que es generoso y misericordioso con nosotros.

  • Por las personas que trabajan en la transformación del mundo, para que con el esfuerzo y colaboración de todos, se consiga un mundo más justo, más solidario y fraternal. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Por la Iglesia, para que se renueve y se transforme continuamente y así pueda iluminar la vida de los hombres. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Por todos los cristianos, para que sepamos descubrir a Cristo, transfigurado en los pobres, en los enfermos, en los que sufren. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Por nosotros mismos, para que nos esforcemos en nuestra vida por caminar tras los pasos de Jesús. ROGUEMOS AL SEÑOR.

         Oremos: Escúchanos, Señor, y ayúdanos, para que como discípulos tuyos sigamos siempre tus pasos.

 

(C)

         Jesús nos enseña a orar con su mismo ejemplo. Oremos con Él y como Él al Padre.

  • Para que escuchemos siempre la Palabra de Jesús y nos dejemos transformar por ella. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que descubramos a Cristo en los demás, especialmente en los más necesitados. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que la Iglesia se renueve y se transforme continuamente. ROGUEMOS AL SEÑOR.
  • Para que todas las personas pongamos nuestro esfuerzo en la transformación del mundo. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Oremos: Ayúdanos, Señor, a ser siempre testigos de tu Pasión y de tu Gloria, de tu Cruz y de tu Resurrección y que para ello nos dejemos renovar por la fuerza de tu Espíritu.

 

(D)

         Dirigimos nuestras súplicas y presentamos nuestros deseos a Dios, nuestro Padre, como también Jesús lo hacía. Lo hacemos diciendo: TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

  • Para que nos sintamos y seamos solidarios con los demás, como Jesús lo fue con los hombres.

TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

  • Para que nuestra parroquia sea, de verdad, una familia unida y solidaria.

TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

  • Para que no nos dejemos llevar del individualismo, olvidándonos de los demás.

TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

  • Para que, compartiendo generosamente con los demás lo que somos y lo que tenemos, venzamos la tentación de pensar sólo en nosotros.

TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

Oremos: Ilumina, Señor, nuestras vidas con tu Palabra y haznos generosos y solidarios para ser verdaderos hijos tuyos.

Símbolo:

Hoy encendemos el Cirio Pascual (Avance de la Transfiguración definitiva de Cristo)  Que su luz transforme nuestras oscuridades.

Y un miembro de la Comunidad presenta una luz que enciende en el Cirio Pascual, mientras se dice:

Señor, yo te traigo esta luz, en este domingo en el que hemos recordado la transfiguración de tu Hijo. Esta luz es el símbolo de Jesucristo. Es una luz mortecina y pequeña. Te la ofrecemos como expresión de nuestra lucha y de la lucha de toda la Iglesia por transformar el mundo. La queremos hacer según tu Hijo Jesús y a sabiendas de que la definitiva nos la regalarás Tú en tu Reino.

 

. PRESENTACIÓN DE DONES

 

GAFAS:

•     Estas gafas, indican nuestro compromiso personal de abrir los ojos del corazón para reconocer a Jesús como el Señor en los lugares donde él se suele hacer presente: En la Eucaristía, en su Palabra, en el hermano, en el más necesitado, en nuestra conciencia, en medio de la asamblea reunida en su nombre.

 

AURICULARES

•     Estos auriculares expresan nuestro compromiso personal de abrir los oídos a las palabras de Jesús el Señor que nos habla con claridad a través de la Sagrada Escritura y a través de los acontecimientos de nuestra vida.

 

 

Prefacio…

 

Señor y Padre nuestro, hoy te damos

gracias por el regalo de la Cuaresma.

No nos dejes caer en la tentación

de malgastar esta nueva oportunidad que nos brindas.

 Infúndenos tu Espíritu,

que dé alas a la imaginación

y sacuda nuestra inercia,

para que empecemos a tomarnos más en serio el Evangelio. 

Que nuestro ayuno

sea un no rotundo al consumismo

y un sí de corazón

a la solidaridad con los pobres de este mundo. 

Que nuestras privaciones

sirvan de ayuda a los más necesitados

y de alivio a los que sufren.

Que las procesiones

no desfilen sólo por las calles,

sino que vayan por dentro

y acaben con el egoísmo,

el etnocentrismo y la indiferencia.

Queremos estar siempre contigo,

siempre en contacto,

siempre en oración,

para escucharte en todo momento

y en todo instante decirte

que cuentes con nosotros.

Hoy comenzamos.

Por eso, con los ángeles, los santos y con toda persona de buena voluntad,

te alabamos cantando:

 

Santo, Santo, Santo...

 

 

Padre nuestro

 

El Padre del cielo nos quiere elevar a lo alto de la montaña, al lugar donde llegan los esforzados que han seguido fielmente a Jesús. Que Él nos dé fuerzas para volver a los hermanos y anunciarles con nuestra vida que Dios nos quiere a todos como hijos. Padre nuestro...

 

Nos damos la paz

 

Vamos a pedir al Señor que nos dé ánimos para arriesgar nuestras vidas y así conseguir que haya más paz en la tierra, y que un día podamos conseguir la verdadera Paz en ese mundo que Dios nos tiene preparado a todos sus hijos.

 

Compartimos el pan

 

Jesús quiere vernos reunidos junto a Él, por eso no invita a su mesa.

Dichosos los invitados a la mesa...

 

Oración final

 

A tus amigos, Señor,

les ocurrió lo mismo que nos sucede a nosotros

cuando oramos.

Siempre que pasamos un rato contigo

comentamos lo bien que nos dejas,

cuánto nos sanas por dentro, cómo nos energizas la vida...

Después viene el trajín de cada día y no volvemos a acordarnos,

te olvidamos enseguida,

te traspapelamos en los agobios, en el trabajo,

mientras seguimos recordando nostálgicos,

¡qué bien se estaba contigo!

 

Nos organizamos la vida dejando para ti las sobras del reloj.

Vivimos agitados, nos ocupan mil cosas y para un rato que tenemos de descanso...

la tele te gana la partida; una película nos distrae,

un libro nos reclama, tenemos pendiente una llamada,

podría hacer una comida, una chapuza o cualquier cosa.

y sentarnos a tu lado, hablar un poco contigo lo vamos dejando, aunque estamos convencidos del bien que nos hace,

de lo que nos descansas, nos animas, nos dinamizas y nos habitas.

 

Subiste con tus amigos a una montaña alta y apartada,

nosotros tenemos que proponernos buscar el lugar

y el momento adecuado.

 

Cuando estamos contigo a solas,

cuando hacemos silencio, cuando nos ponemos a tu escucha

nos ocurre lo mismo que a Pedro, a Santiago y a Juan,

que nos cambias del todo,

sentimos que nuestra vida se transfigura

porque tú nos pones en contacto

con lo mejor de nosotros mismos,

tú nos descansas del trajín cotidiano, nos impulsas a perdonar,

nos reconcilias con nosotros mismos,

nos haces los protagonistas de nuestra historia

y nos llenas de tu amor.

Así, de esa manera,

podemos con todo y la vida contigo se vuelve una fiesta.

 

¿Cómo no le vamos a contar a todos este secreto que nos llena de gozo? Y para ello danos tu bendición…

 

 

 

Bendición final:

 

Con la luz de tu palabra y la fuerza de tu Cuerpo y de tu sangre queremos hacer un mundo nuevo y una historia distinta. Un mundo solidario, sin discriminaciones, un mundo limpio y cálido, donde todos disfrutemos de ser hermanos. “Bajamos” ahora de la montaña de nuestra celebración  y somos enviados a la vida de cada día, para hacer realidad estos deseos. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros. Amén.