Charla cuaresmal de D. Alfonso Crespo en Stella Maris

EL PERDÓN DE LOS PECADOS,

«LA GRAN MISERICORIDA DE DIOS»

 

El itinerario de la reconciliación y el perdón de los pecados

 

            «De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (Papa Francisco)

 

           

            Aprendimos, siendo niños, las cinco cosas necesarias para hacer una buena confesión: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Sobre este itinerario hacia el perdón vamos a meditar.

 

Primero: «Examen de conciencia»

Mirar el rostro del Padre:

«El hijo, entrando dentro de sí, recapacitó» (Lc 15, 17)

Segundo: «Dolor de corazón»

La mirada a mi interior:

«Padre, no merezco llamarme hijo tuyo» (Lc 15, 19)

Tercero: «Propósito de enmienda»

Dar mi «sí» a Dios, que quiere perdonarme:

«¿Quieres curarte?» (Jn 5, 6)

Cuarto: «Decir los pecados al confesor»

 La necesidad del signo, de hablar y escuchar:

«Iré y le diré…» (Lc 15, 18)

Quinto: «... Y cumplir la penitencia»

 Misericordiosos como el Padre:

«Anda y haz tu lo mismo...» (Lc 30, 37)

 

 

EL PERDÓN DE LOS PECADOS,

«LA GRAN MISERICORIDA DE DIOS»

El itinerario de la reconciliación y el perdón de los pecados

 

 

Celebramos el Año Jubilar de la misericordia. El Papa Francisco ha querido fijar bien el significado de esta palabra, que recorre las páginas de la Biblia: «Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado» (Bula Misericordiae vultus, 2).

            Dice Santo Tomás que «es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia». La misericordia divina no es en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad del poder infinito de Dios. Es por esto que la Liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón» Paciente y misericordioso es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. El Salmos 103, destaca esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (cf. MV, 6).

            La misericordia de Dios se hace más explícita y cercana cuando se expresa en forma de perdón: «el perdón  es la gran misericordia de Dios». En este Año Jubilar, el Papa ha querido poner en el centro el sacramento de la Reconciliación y el Perdón: «De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (MV, 17).

            Estas reflexiones quieren ayudar a experimentar «en carne propia» la grandeza de la misericordia de Dios, que se manifiesta en el sacramento de la Reconciliación. Con el deseo de que cada vez que nos acerquemos a este sacramento sea para nosotros fuente de verdadera paz interior. Pretendo diseñar un itinerario de la reconciliación con Dios, señalar los pasos para celebrar con gozo el sacramento de la Penitencia. Hoy se acercan a los confesionarios personas que reclaman con humildad: «Padre, no sé cómo confesar, ¡ayúdeme!» «¿Cómo hacer una buena confesión? »

            Me inspiraré en los cinco pasos tradicionales, que seguramente aprendimos en el Catecismo. Para hacer una buena confesión es necesario: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. A cada uno de estos cinco pasos dedicaremos estas charlas.

            Algunas de estas reflexiones, están expuestas, con  mayor amplitud,  en mi libro La entrañable misericordia de nuestro Dios.

 

 

Primero: Examen de conciencia

Mirar el rostro del Padre:

«El hijo, entrando dentro de sí, recapacitó» (Lc 15, 17)

 

            Hablar de perdón, es traer al registro de nuestra memoria la parábola más entrañable, la del hijo pródigo. Nuestro corazón se ensancha cuando comienza el relato: «Les propuso esta parábola: Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y el Padre les repartió el patrimonio... Y el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano…» (cf. Lc 15, 11-24). Parábola, que termina en abrazo y fiesta. En ella, podemos entrever de forma ejemplar los cinco pasos de una buena confesión.

 

1. El examen de conciencia: ¿hacia dónde dirigir mi mirada?

            El primer paso de una buena confesión es «el examen de conciencia». ¿Cómo realiza el hijo pródigo su examen de conciencia? El evangelio nos dice que el hijo que se fue de la casa de su padre, cuando se siente desvalido y solo, cuando ha derrochado su fortuna y solo le queda comerse, junto a los cerdos, unas pocas algarrobas, «entró dentro de sí, recapacitó…».

 

La imagen borrosa del Padre

            ¿Sobre qué recapacitó aquel hijo prófugo? ¿Se puso a pensar sobre todas sus malas acciones? ¿Hizo una lista de sus pecados y fechorías? ¡No! Lo primero que le vino a su la mente con un profundo dolor, lo que le hizo recapacitar es «la memoria de su Padre»: «Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre… me pondré en camino hacia mi Padre…».

            He aquí, una primera clave para promover una buena confesión. Por lo regular, solemos comenzar poniéndonos ante nosotros mismos y pensando en todo lo malo que hemos hecho; incluso a veces, queremos encontrar más de lo que hemos hecho, o bien nos decepcionamos porque siempre hacemos lo mismo… Con una cierta falsa humildad también decimos: «no tengo pecados… con mi edad, ya…». Nadie se jubila del pecado… y menos anticipadamente.  

            El primer paso de una buena confesión no es situarme ante el espejo de mí mismo. Mirarme a mí como el centro de todo. No se trata en este momento de «averiguar lo que he hecho mal». El primer paso, el detonante de una buena confesión es ponerme ante Alguien. Preguntarme ¿a quién he hecho mal? ¿De qué casa me he ido, juntando todo lo mío? ¿A qué Padre he dejado triste porque me he alejado de él?

            Benedicto XVI, llama a esta parábola «la del Padre que tenía dos hijos».

 

La parábola entrañable del «Padre que tenía dos hijos»

            Con esta parábola, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nos ayuda en nuestro camino de conversión, mostrándonos la auténtica imagen de su Padre y nuestro Padre. El objetivo de nuestra conversión no es nunca «ser más buenos sino volver a la casa del Padre», estar en su casa… nos hace más buenos.

            Por eso, Jesús se empeña en mostrarnos el auténtico rostro de Dios, eliminando sus falsas imágenes. Nadie como Él para hacernos comprender cada vez mejor cómo es su Padre Dios. Y nos lo describe como a niños, con ejemplos, en parábolas. De su boca salió la más bella de todas. La del padre saliendo a la carrera al encuentro del hijo pequeño que vuelve de lejos, y saliendo igualmente a persuadir al hijo mayor, cuyo corazón no está con el padre, para que entre en casa. Ese doble salió («echo a correr»: Lc 15,20.28) es el más bello retrato de Dios, convertido siempre a todo ser humano. Cualquier otra imagen que no refleje a este Dios vuelto al hombre, es una caricatura o falsificación.

            Podemos afirmar, de todo corazón: antes de querer volver yo a Dios, ya está mi Padre Dios saliendo en mi busca…

 

Los dos hijos que se fueron

            Junto al retrato del padre, que es lo esencial de la parábola, debemos centrar nuestra atención sobre los dinamismos de conversión de uno y otro hijo. El pequeño no vuelve porque le acuciara el hambre y se le arrugara el estómago. Eso, en todo caso, es coyuntural. Su monólogo interior le lleva a rebuscar en su ser más íntimo («entrando dentro de sí mismo, recapacitando», v.17; podríamos decir: haciendo «examen de conciencia»); en el interior de su corazón, almacena registradas las experiencias de su padre, y de ellas emerge la imagen borrosa del amo compasivo y justo, que no deja pasar hambre a sus jornaleros. Si algo le frena a volver, no es el padre, sino él mismo, la imagen de su fracaso como persona, que le lleva a auto degradarse de hijo a jornalero: «ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros» (v. 19). Pronto se verá sorprendido por lo poco que conocía a su padre.  El padre «al velo de lejos se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (v. 20).Apenas le permitió decir su confesión, en la que lo único que se atrevía a pedir era un contrato de jornalero cualquiera. Manda vestirle como un hijo y le organiza una fiesta de bienvenida: «Este hijo mío estaba perdido y lo hemos encontrado, ha vuelto a la vida». ¡Qué fiesta!

            Pero menos aún le conocía el primogénito. La au­tosuficiencia de la propia abundancia, vivida no como gracia, sino como mérito propio: «hace tantos años que te sirvo...» (v. 29), le ha cerrado sobre sí mismo, ha bloqueado su memoria; el padre tendrá que argumentarle: «tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo» (v. 31). Su corazón petrificado le ha encerrado en sus propios intereses: «nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos» (v. 29); sus intereses son distintos al único interés del padre, que no es otro que la vuelta de su hermano: «este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado» (v.32). Curiosamente, esta muerte y esta vida, este haberse perdido y este ser encontrado están sucediendo también en el hermano mayor. Si uno se fue del amor del padre, el otro no había entrado nunca en el amor de su corazón.

            La naturaleza del pecado de ambos es la misma: el abandono de la gratuidad del amor del padre, su egoísmo. La diversidad de escenarios y de comparsa -malas mujeres o los amigos (vv. 29.30)- no la altera. La del pequeño es una conversión desde su vieja experiencia del amor paterno; la del mayor desde la lógica persuasiva del amor gratuito y permanente del padre: Para ambos ha sido necesario avivar el recuerdo del amor paterno, abrir los ojos a la presencia cariñosa del abrazo del Padre.

            La parábola termina (sin terminar) en la fiesta del padre, que no lo sería sin la conversión recíproca de los dos hermanos, signo de que han sido reabsorbidos en la conversión (comunión) permanente del Padre a ambos. No hay fraternidad si no hay paternidad y filiación: volver a la casa del Padre nos devuelve la dignidad de hijos y el consuelo de ser hermanos. La fiesta del Padre es la que están todos sus hijos.

            El mundo se ha olvidado de Dios, ha abandonado la casa paterna, incluso ha negado la existencia del Padre… y se esfuerza por construir una sociedad fraterna… Pero la comunión fraterna es impensable sin la experiencia personal previa de ser de nuevo recibidos en la casa paterna con el abrazo del Padre de misericordia.

 

Dios, Padre de misericordia

            El primer paso del itinerario de la conversión no es «examinarme», contemplar mi pecado, ensimismarme en mi maldad, desilusionarme ante mi continuo fracaso, flagelarme ante el espejo de mi soberbia destronada. El primer paso es «contemplar el rostro del Padre» que me espera; ante su mirada comienzo yo a mirarme a mí mismo: no me miro ya con mis ojos, sino con los ojos misericordiosos de Dios… por eso tengo remedio, puedo salir del pozo más oscuro, de la lejanía más remota.

            De aquí el empeño que tuvo Jesús de predicarnos y mostrarnos la auténtica imagen de su Padre. La revelación progresiva del nombre de Dios, va destruyendo las imágenes parciales de Dios y pone en relieve el auténtico rostro de Dios, al que le corresponde también un corazón. La Biblia da un salto revolucionario al hablarnos de un Dios que tiene corazón: que se entristece por el ser humano y sus pecados (cf. Gén 6,6), que pastorea a su pueblo con «corazón integro» (cf. Sal 78), que siente como su «corazón le da un vuelco y se le conmueven las entrañas» (cf. Os 11,8). El libro de Oseas es un canto al corazón de Dios. 

            Pero hay una nota de su personalidad que nos revela Dios y que sobresale sobre todas las demás: su misericordia. La misericordia no es el único rasgo de Dios pero sí es el rasgo capital. Todas las demás cualidades de Dios están al servicio de su misericordia. Si Dios es eterno es para tener misericordia eternamente, de generación en generación. Si Dios es omnipotente, lo es para poner su omnipotencia al servicio de su misericordia. Si Dios es sabiduría, ésta tiene por objetivo principal dirigir y orientar la misericordia de Dios. Si Dios es infinito, lo es para que su misericordia sea infinita. Quien no percibe y siente la misericordia de Dios no sabe nada de Él. Más aún, tiene una imagen distorsionada de Dios.

            La historia de Israel, llega a su cumbre en el Nuevo Testamento: el Mesías anunciado, el Salvador esperado es Jesús de Nazaret, el Cristo. Él es la gran misericordia de Dios: la meta de la historia y la prenda de la eternidad. El evangelista Lucas nos describe de forma magistral la misericordia y la ternura de Dios y nos presenta a Jesús como el Señor que actúa en nuestra vida mediante la misericordia. Basta echar una mirada a las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15) y a todas las escenas de perdón que narra el evangelio (cf. Lc 7,36-50; 19,1-10). La Historia de la salvación no puede ser otra cosa que una historia de misericordia, que culmina en Jesucristo. Él se reviste de buen pastor para guiar con bondad y misericordia a su pueblo y ocupa el lugar del buen samaritano para cuidar nuestras heridas.

            Este Padre de misericordia nos ha conseguido para todos el perdón, mediante el sacrificio en la Cruz de su Hijo para la salvación de todos. Él murió perdonando y del corazón herido brotaron, como nos enseñan bellamente los santos Padres, los sacramentos que nos reconcilian con su Padre: el Bautismo que nos perdona el primer pecado y la Reconciliación y Penitencia que nos perdona las ofensas con las que con frecuencia nos alejamos de su amor. 

 

2. En examen de conciencia «creyente»: «Padre he pecado… contra Ti»

            El primer paso de una buena confesión es reconocer ante el Padre, no ante mí mismo, nuestra condición de pecadores: «Padre he pecado… contra Ti», son las palabras que intenta decir el hijo pródigo, y que no puede pronunciar porque el Padre le tapa la boca no con la mano sino con un beso de amor.

            El hijo pródigo comienza su vuelta a la casa del Padre al ser consciente de su situación. Mediante un examen de conciencia que le denuncia la verdad de su vida descubre la gravedad de su pecado: ¡ha abandonado la casa paterna! El hijo experimenta una serie de sentimientos confusos, que necesita esclarecer y ponerle nombre. Conviene, también adentrarnos en nosotros mismos, en un íntimo examen de conciencia, para aclarar una serie de sentimientos que experimentamos cuando se inicia en nosotros el itinerario de la conversión.

            El examen de conciencia es la primera de las prácticas de piedad que desaparecen cuando la vida espiritual empieza a declinar. El examen de conciencia ha sido acusado de ser una práctica de escasa utilidad. Quizá hemos confundido el examen de conciencia con la fórmula: ¿Qué pecados he cometido? Si es así, se comprende que pueda ser aburrido: todos los días parecen iguales entre sí y mis pecados los mismos. Podríamos renovar la importancia del examen de conciencia si cambiáramos la pregunta inicial ¿qué pecados he cometido? por otra de más intimidad: ¿Quién soy yo ante ti, Dios mío?  ¿Cómo vivo mi relación contigo, Padre mío?

            Desde estas preguntas comprendemos uno de los libros más bellos de la historia, las Confesiones de San Agustín, en las que presenta su conciencia a Dios, releyendo su vida a modo de un examen de conciencia final. San Agustín nos ofrece un texto que explicita el significado de este examen de conciencia y nos ofrece una pedagogía para realizarlo adecuadamente: «Recibid, Señor, el sacrificio de mis confesiones que os ofrece mi lengua, que vos mismo habéis formado y movido para que confiese y bendiga vuestro santo nombre... El que os refiere y confiesa lo que pasa en su interior, no os dice cosa alguna que no sepáis, pues muy cerrado que esté el corazón humano, no impide que le penetren vuestros ojos; ni la dureza de los hombres puede resistir la fuerza de vuestra mano, antes bien cuando queréis, ya usando de misericordia, ya de justicia, deshacéis enteramente su dureza, ni hay criatura alguna que se esconda de vuestro calor. Pues que os alabe mi alma, Señor, de modo que os ame y confiese a vos vuestra misericordia, de modo que os alabe» (Confesiones, Libro V, 1).

            Primero, la confessio laudis (confesión de alabanza): Ponernos delante de Dios, contemplando nuestra propia vida, es ante todo provocar en nosotros un canto de alabanza. Es la confesión de alabanza que expresa nuestra vida puesta bajo el amor misericordioso de Dios. Así lo expresaba san Agustín: «Pues alabeos mi alma, Señor, de modo que os ame y confiese a vos vuestra misericordia». El examen de conciencia presta voz a la sabiduría del corazón: «Yo te alabo y te glorifico, Dios mío, porque tú me has amado, me has perdonado, me has conservado hasta este momento, porque sólo tú eres misericordioso, poderoso, santo, porque riges el mundo con tu fuerza y tu sabiduría, porque tú te manifiestas dentro y fuera de la Iglesia». El examen de conciencia comienza por confesar  la misericordia de Dios y su perdón incondicional.

            Segundo, la confessio vitae (confesión de la propia vida): Al sentirnos en presencia de Dios, constatamos dolorosamente que nuestra pobre vida no está a la altura de los dones y del amor de Dios. Y necesitamos decírselo. De la confesión de su misericordia, pasamos a una confesión de mi vida, a narrarle en intimidad lo que me separa de Él. «El que os refiere y confiesa lo que pasa en su interior, no os dice cosa alguna que no sepáis», dice Agustín. El Señor lo sabe todo de nosotros, pero repetírselo es una manera de alabar su bondad.

            No consiste en un amargo remordimiento, en la conmiseración de uno mismo, en el sentimiento de culpa, sino en decir: «Señor, tú me has conservado hasta ahora en tu amor y yo soy incapaz de corresponderte, de estar a la altura de mi vocación de hijo tuyo». Y ahora es cuando puedo comenzar a enumerar todo aquello que me pesa, que quisiera no tener dentro de mí, que me parece estar en desarmonía con lo que yo debería ser delante de Dios y de los hombres. Y lo expreso con un lenguaje de alabanza, de confianza y de paz, a pesar de que se trata de un verdadero arrepentimiento de mis culpas. Pero es un arrepentimiento que al medir la distancia entre el Padre y el hijo, sufre por la desproporción y es por tanto, ya, un acto de amor.

            Cuando nos comparamos con el Decálogo y vamos recorriendo los mandamientos, nos sentimos pecadores, pero nos solemos consolar pensando que hay quienes pecan más que yo. En cambio, si nos medimos con el proyecto de amor que Dios tiene para mí, entonces nos sentimos cogidos y mi falta no admite comparaciones fáciles: «Contra Ti pequé, Señor mío» (Cf. Salmo 50). La gravedad no está tanto en contemplar la carga negativa de mi ofensa como en contemplar a la Persona ofendida: al medir la distancia que el pecado pone entre Dios y yo, descubro que esta se acorta porque Dios sale a mi encuentro. Esto me llena de paz, de consuelo.

            Tercero, la confessio fidei (confesión de fe). La confesión de alabanza y la confesión de la propia vida, promueven la confesión de fe: la fe en Jesús Salvador, la fe que salva al hombre del pecado. La confesión de fe promueve la oración creyente: «Señor, creo en tu fuerza que destruye mi debilidad, creo en el poder de tus dones que fortalecen mi flaqueza e iluminan mi falta de sinceridad, que alumbran mi camino oscuro y sombrío; creo que tú eres el Salvador de mi vida, que has muerto en la cruz por mis pecados». Así se actualiza en mí la Buena Noticia: el Señor ha muerto en la cruz para salvarme de mis pecados: ¡Dame la gracia de tu perdón, Señor!

            El examen de conciencia, con motivo de la preparación para recibir el sacramento dela Penitencia, es un medio capital para madurar y progresar en la vida espiritual. Pero hoy, cuando están de moda tantas técnicas de autoconocimiento y autoayuda, conviene advertir: el examen de conciencia creyente está lejos de un análisis frío de los actos malos que he realizado, un elenco de faltas, un análisis psicológico de mi interior...

            El examen de conciencia «creyente» es «un examen de amor»: contemplar el amor de Dios y desde él examinar el amor que le tengo… Todo examen de conciencia es antes que un examen de faltas, un examen de amor. San Juan de la Cruz, nos filtró la pregunta del final de nuestras vidas, en el Juicio Final: «al final de la vida te examinarán del amor».

Segundo: Dolor de corazón

La mirada a mi interior:

«Padre, no merezco llamarme hijo tuyo» (Lc 15, 19)

 

            Hemos contemplado a Dios, Padre de misericordia. Esta debe ser siempre nuestra primera mirada en el itinerario de la conversión. Mirarle a Él, contemplarle cómo viene en mi búsqueda, dejarme ya abrazar por él, sentir su beso antes de que le pueda decir algo.

            En el hermoso tratado sobre la misericordia, Dives en misericordia, que nos legó san Juan Pablo II, leemos: «La conversión a Dios es siempre fruto del reencuentro de este Padre, rico en misericordia» (DM 13). Un padre que abre sus manos de ternura y fidelidad. «La ternura y la fidelidad de Dios están arraigadas en la condición misma de Dios. La paternidad de Dios, origen de su misericordia, ha encontrado su expresión insuperable en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-30)... La misericordia de Dios rehabilita al indigente y al pecador» (cf. DM 5,6).

            Dice el papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cf. Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón» (MV 9).

            Sólo después, desde la paz que crea en nosotros el abrazo del Padre, nos contemplamos a nosotros mismos, nos miramos y decimos: «Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo…». Pero lo decimos ya sostenidos por los brazos del Padre, levantada nuestra mirada por la mirada misericordiosa del Padre, que me susurra: «hijo mío, estabas perdido… y te he encontrado, estabas muerto y has vuelto a la vida». El abrazo del Padre cubre la desnudez de mi pecado, me reviste con el traje de hijo.

            Esta experiencia, del amor desbordante del Padre, provoca en nosotros el segundo registro de la buena confesión: «dolor de corazón». Al contemplar a quien he ofendido, se me parte el corazón: ¡responder con tanto egoísmo a tanto amor!

 

1. Del remordimiento al auténtico arrepentimiento

            Al hacer el examen de conciencia ante la mirada del Padre, podemos comprender mejor dos sentimientos que experimentamos, a veces con dramático dolor,  y que con frecuencia confunden y entristecen nuestro corazón.

            Muchas veces vamos a la confesión con un sentimiento de culpabilidad grande: he pecado, he fracasado en mis propósitos, he vuelto a caer, me he fallado, siempre lo mismo… Pero el sentimiento de culpabilidad es el efecto de un examen malsano, en el que solo nos hemos mirado a nosotros mismos: observemos como nos ponemos nosotros en el centro: (yo) he pecado, (yo) he fallado), (yo) he vuelto a caer…Esto genera en mí un hondo remordimiento

            Pero hay otra manera de situarme con dolor de mis pecados y no con solo un sentimiento de culpa, sino con una auténtica conciencia de pecado. La conciencia de pecado no me sitúa ante mí sino ante Dios: he pecado contra Ti; Te he fallado, Dios mío; he hecho lo que aborreces… Ponerme ante alguien  que me quiere genera en mí un dolor de corazón no como simple remordimiento de lo que he hecho mal sino como arrepentimiento de haber ofendido con mi conducta a Alguien que me ama.

            Conviene que reflexionemos sobre estos dos sentimientos: no es lo mismo remordimiento que arrepentimiento. En la práctica nunca se dan por separado, pero es importante que descubramos qué es lo que predomina en nosotros.

            La fe inmadura se resiente más bien de ir acompañada de muchos sentimientos de culpabilidad –el remordimiento- y de una menor conciencia de pecado –el arrepentimiento-. La madurez cristiana, en este punto, conlleva el paso del remordimiento a un profundo  arrepentimiento. La madurez espiritual se caracteriza porque está más afectada por una auténtica conciencia de pecado, por el arrepentimiento, por haber ofendido a Dios que me ama, que por el sentimiento de culpabilidad, por el remordimiento, por haberme fallado a mí mismo. Vamos a distinguir estos dos sentimientos profundamente humanos: remordimiento y arrepentimiento:

            Primero, el remordimiento es como una gran humillación hacia mí mismo: me he defraudado a mí mismo, me he fallado a mí mismo. El otro no cuenta en el remordimiento. El remordimiento me lleva a veces a enfermar de desazón y de amargura. Sin embargo, el arrepentimiento es un reconocimiento dolorido de haber atropellado a otro, de no haber cumplido las expectativas que otro, que me ama, tenía sobre mí. El arrepentimiento no me cierra sobre mí mismo, sino que me abre a otra persona. Ese otro, entre los creyentes, es el Dios de Jesucristo y los hermanos. Lo realmente grave no es que yo me he fallado a mí mismo, sino que no he amado a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo.

            Segundo, el remordimiento va acompañado de un auto menosprecio que conduce al auto castigo. La misma palabra re-mordimiento lo dice: morderse una y otra vez. En el remordimiento nos volvemos implacables con nosotros mismos y deseamos ser castigados: ¡no nos perdonamos! A veces, incluso, se puede llegar a lo enfermizo: empleamos nuestras energías en autocastigamos casi de forma masoquista. El arrepentimiento se caracteriza por el deseo de obsequiar y de reparar a ese otro, al Señor y a los hermanos. Mirando al Otro y a los otros, nos vemos urgidos, a reparar el daño hecho y a acrecentar el amor perdido con deseos de obsequio. Aquí las energías se vuelcan en lo positivo: devolver amor.

            Tercero, el remordimiento nos hace fijar nuestra mirada en el pasado; los actos que provocan nuestro remordimiento no podemos olvidarlos e incluso después de años, a veces, nos vienen a la mente de manera turbadora. El arrepentimiento, sin embargo, no se encasquilla en el pasado, abre su mirada esperanzada al futuro.

            El arrepentido, como en el caso de Ignacio de Loyola, actúa así: primero, medita: ¿qué ha hecho Cristo por mí?; segundo, reflexiona: ¿qué he hecho yo por Él? Y pasa inmediatamente a preguntarse: ¿qué he de hacer yo por Cristo? El arrepentimiento, abre la vida a un futuro con sentido, cargado de esperanza. Se incrementan los deseos de obsequiar con mi vida a Alguien que me ama, hasta perdonarme setenta veces siete,

            Es importante, acrisolar en nuestro dolor de corazón estos sentimientos de arrepentimiento: fijar nuestra mirada no en nuestro pecado sino en quien nos ama; aumentar el deseo de devolverle amor por el perdón recibido;  y fijar nuestra mirada no en el pasado del remordimiento sino en un  futuro cargado de esperanza.

 

 2. Promover deseos de conversión: «Sí, me levantaré y volveré junto a mi Padre».

            Volvamos a la parábola ejemplar. El hijo pródigo, huido del amor del padre, piensa: «me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre…» (v. 18). El recuerdo del amor del padre suscita en él el deseo de volver. Su recuerdo actúa en la memoria del hijo perdido como una llamada de gracia.

            Dios es quien siempre llama a la conversión. Y ésta, si es una auténtica respuesta de fe cristiana, tiene una identidad precisa y se reproduce en personas y situaciones diferentes. Siempre es el mismo Dios quien nos llama: el Dios de la misericordia; nos llama a lo mismo: a volver nuestra mirada a Él y acogerlo como Padre; y siempre nos llama por lo mismo: a través de su gracia.

            Pero, al mismo tiempo, este mensaje siempre es diferente, dada la historicidad del hombre a quien se dirige y en quien acontece la conversión: las propias circunstancias. La situación personal varía en cada uno. La situación social y eclesial se modifica y ellas postulan también contenidos y acentos nuevos en la conversión de siempre. Las circunstancias que nos envuelven, condicionan mi conversión y la revisten de matices concretos. Veamos algunos sectores que hoy están reclamando conversión.

            Con respecto a la situación social y eclesial que nos envuelve, pensemos, por ejemplo, en diversos ámbitos que hoy reclaman conversión: en la convivencia social reclama una cultura de la reconciliación, el consenso y la concordia;  en el ámbito de la familia, urge superar el individualismo postmoderno y las diversas concepciones ideologizadas del matrimonio y la familia y restablecer la verdad del amor y la belleza de la familia; en nuestra misma Iglesia, la conversión pastoral a los pobres y excluidos es un leitmotiv continuamente invocado por el papa Francisco; hoy, la mirada al sufrimiento y la enfermedad tiene que revestirse de una misericordia de la presencia y no de la mera asistencia impersonal. Hay muchas áreas que reclaman conversión.

            Estos son algunos aspectos sociales que necesitan de la conversión: los aspectos más históricos de nuestra conversión, hoy y aquí, en este contexto que nos envuelve. Todos debemos luchar, mejor colaborar con la gracia de Dios para que la conversión llegue a todos estos ámbitos.

 

El término de nuestra conversión no es algo, sino Alguien

            Pero hay un aspecto siempre invariable en la conversión. Ningún cambio es posible sin la conversión personal a Dios Padre: el término de nuestra conversión es siempre a Alguien.

            Este es el aspecto invariante que se da en toda conversión auténtica: no nos convertimos a una ideología, a un proyecto, a un mensaje moral, sino al Dios de Jesús y, a partir de Él, a nuestros hermanos. El creyente cristiano se convierte cuando se vuelve al rostro personal de Dios que se revela en Jesucristo. No nos convertimos a valores personales, ni siquiera pura y primariamente a seres humanos, como a los pobres y marginados. Nos convertimos primariamente al Dios de Jesucristo. Esta es la relación fundamental que se regenera en la conversión: es la vuelta a la casa del Padre y dejarnos abrazar por Él. A partir de esta relación filiar restablecida, se regeneran las demás relaciones fundamentales que constituyen a la persona. 

            Pero existe el riesgo de confundir, en la práctica, conversión con una regeneración moral de la conducta, con lo que estaríamos en el terreno de la pura ética: somos y nos comportamos mejor. Esto es conveniente y necesario, pero hablando de conversión cristiana, este no es el objetivo primero, sino una consecuencia de algo primordial: restablecidas mis relaciones primordiales -con Dios, los demás, conmigo mismo, con la naturaleza- mi vida cambia, es mejor; se regenera y se expresa en un comportamiento ético más correcto.

            Si perdemos esta relación con Dios, nuestro esfuerzo por ser mejores puede estar más cerca de un planteamiento filosófico que de una auténtica relación de fe.

            Por eso la conversión es hoy una demanda difícil ya que se ha oscurecido el rostro de Dios en nuestro contexto cultural. Y no sabemos encontrarle. En nuestras sociedades europeas, en el mundo de la opulencia, hay una especie de vacío de Dios, que alguien incluso profetizó como una muerte de Dios anunciada. Dentro de la denominada cultura de la increencia, nosotros mismos sufrimos el impacto de este oscurecimiento de Dios. Se habla de un eclipse del sentido de Dios y  se propone vivir y construir el mundo como si Dios no existiera. En nosotros, hay un increyente potencial y ese increyente lucha dentro de nosotros con el creyente, como Jacob contra el ángel (cf. Gén, 32, 22-30), queriendo conocer el Nombre de Dios. Siempre el hombre ha preguntado a Dios ¿dónde estás? ¿Dónde te buscaré, Señor? Siempre el hombre ha gemido en esta lucha, pero lo realmente grave, hoy,  es que ni se formula la pregunta… incluso, ni interesa.

            Hacer que Dios sea real para nosotros es una obra grande del Espíritu. Es el primer paso para vivir la conversión: que Dios sea real, Dios revelado en su Hijo y, por Él, en la naturaleza, en la historia, en la comunidad, en los pobres, en cada persona, en los gestos y palabras de la Iglesia. La auténtica conversión hoy, como siempre y más que nunca, es buscar el rostro misericordioso de Dios Padre.

 

Un estado de serena insatisfacción: ¡nunca lo conseguimos del todo!

            La conversión es una especie de tarea siempre pendiente, de revelación de Dios siempre nueva en forma de gracia, de respuesta humana no del todo satisfecha. Vivir en estado de gracia es vivir en estado de serena insatisfacción porque queremos amar más a quien nos amó hasta la muerte.

            La vida del hombre es vocación a la santidad. San Pablo nos invita a crecer para llegar a ser un «hombre perfecto, adulto en Cristo» (Ef 4,13). La expresión adulto en Cristo, perfecto en Cristo, indica un proceso de crecimiento hasta la madu­rez personal; la raíz y meta de esa madurez será Cristo (cf. Ef 4, 11-16). La vida cristiana, pues, no es sólo pri­meros pasos, conversión y bautismo. Es camino adulto y autó­nomo en existencia prolongada, proceso de conformación al mis­terio de la Muerte y Resurrección del Señor. El apóstol nos advierte que se puede tratar de una auténtica lucha, como le recuerda al joven Timoteo: «combate como un buen soldado de Cristo» (2 Tim 2, 3)

            Ese instante privilegiado en el que uno quiere volver a la casa del Padre, después de haber reconocido su amor que nos reclama, no es el momento primordial. El momento cumbre es el abrazo del Padre y quedarse como hijo querido en su casa, que vuelve a ser nuestra casa. ¡Y celebrar la fiesta!

            Este segundo momento del itinerario de la conversión, el «dolor de  corazón», sanea todos mis sentimientos. Podríamos decir que es una auténtica terapia del Espíritu para prepararme a recibir con un corazón ancho el perdón y la expresión del amor fiel de mi Padre Dios.

            Hoy asistimos al drama de muchos corazones rotos. Las heridas del amor son muy lacerantes: cuántos matrimonios rotos; cuántas madres que sufren por el abandono de la fe de sus hijos; y abuelos entristecidos porque ven roto su proyecto sobre sus hijos y  nietos; y tantos ancianos que reclaman el amor que rompa sus soledades. Hoy, que hemos conseguido todas las comodidades, sufrimos las incomodidades del corazón. Hace falta reparar muchas heridas del corazón.

            Por ello, es necesario contemplar a Jesucristo que acude en nuestra ayuda, «revestido de buen samaritano». Él no pasa de largo en nuestra vida. Se detiene, nos mira, nos cura las heridas con aceite y vino –signo de los sacramentos- y nos lleva a la posada amable que es la Iglesia.

            Pero conviene terminar bien la terapia que el Espíritu quiere hacer en nuestro corazón: no podemos vivir bajo la carga del remordimiento, apresados por nuestro fracaso o las metas no conseguidas. Lamentablemente, hay a veces buenas personas, creyentes y piadosas que viven la vida con la pesada carga del remordimiento. No acaban de liberarse de su pecado porque simplemente están continuamente recordándoselo. Su mirada esta vuelta al pasado…

            Necesitan, necesitamos todos, vivir la vida no ante nosotros mismos sino ante Alguien que nos ama y nos perdona, nos busca y cuando nos encuentra nos abraza. Este Alguien es el mejor médico, -así vieron también los santos Padres a Jesucristo, como el médico del alma- que sabe curar las heridas del corazón.

            El dolor de corazón no es una herida sangrante por haber pecado es antes que nada el dolor por no haber amado más y mejor a quien más nos ama. Pero no es un dolor que se hace crónico sino que me libera del pasado y me empuja a un futuro cargado de esperanza: desde el dolor de nuestro corazón, cada uno, podemos decir a Dios con gozo, como san Agustín: ¡Tarde te amé! Y donde hay amor, la fe y la esperanza brotan como una nueva primavera.

 

 

Tercero: Propósito de enmienda

Dar mi «sí» a Dios, que quiere perdonarme:

 «¿Quieres curarte?» (Jn 5, 6)

 

            Después del «examen de conciencia» y del «dolor del corazón», el tercer momento de una buena confesión es lo que hemos llamado «propósito de enmienda». Hemos profundizado en el examen de conciencia y hemos aquilatado lo que es el auténtico dolor de corazón, pero el tercer paso de una buena confesión nos puede sorprender: propósito de enmienda.

            ¿Por qué reclama Dios de nosotros un deseo de ser mejores? Incluso ¿porque nos lo reclama como un propósito? Podemos pensar que Dios pone condiciones para perdonar: «te perdono si prometes que vas a ser mejor, si no vas a volver a pecar…».

            No. Volvamos a la condición del ser humano: nos hemos visto heridos y rotos por el pecado. Pero sabemos también que es Dios quien sale a nuestro rescate. Pero Dios no fuerza nuestra libertad. Porque el amor nunca es violento ni se impone contra mi voluntad.   

           

1. «¿Quieres curarte?»

            Dios no quiere hacer nada por la fuerza; el amor, como el perdón es pura gracia. Dios Padre quiere que sumemos a su voluntad de perdonar nuestra libertad que asiente en ser perdonados. Suavemente Jesucristo así nos lo demuestra, con una pregunta que no violenta mi libertad: «¿Quieres curarte?» (Jn 5, 6). Esta es la pregunta que hizo el Maestro de Nazaret a aquel paralítico que aguarda junto a la piscina su sanación, pero no tenía a nadie que le acercara al agua (cf Jn 5,1-15). El inválido le contestó: «Señor, no tengo a nadie…». Sabemos el desenlace de esta conversación. Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».

            Hay preguntas que parecen superfluas: «¿Quieres curarte?». Jesús hace esta extraña pregunta a un paralítico que encuentra en su camino. ¿Qué enfermo no quiere ser curado? Ninguno, desde luego. Sin embargo, ¿deseamos, vivamente, nosotros ser curados de esta herida del alma, que es el pecado? ¿Queremos realmente ser perdonados? No podemos darlo por supuesto. Querer curarnos de nuestras heridas, salir de nuestro pecado presupone, al menos, tres disposiciones:

            Primero: Reconocernos enfermos. Lo cual no es en absoluto obvio. Si tenemos un carácter alegre, o si la suerte nos acompaña en la vida, pensamos que todo marcha a la perfección. Es probable que estaríamos menos seguros de ello si ahondáramos un poco más en nuestro interior. Aun así, nos persuadimos de que gozamos de buena salud espiritual: ¡ no somos tan malos!  Y no sentimos necesidad alguna de ser curados o perdonados. O quizá lo que ocurre es que no queremos reconocer nuestra división interior y la escondemos porque nos resulta más cómodo y más sencillo y nos evita la complejidad y la lucha.

            Dios creó al hombre y a la mujer buenos. Pero Jesús también nos dice que «sólo Dios es bueno» (Mc 10,18), lo cual suena realmente duro a nuestros oídos. Sin embargo, si queremos aceptar tales palabras, ¿cómo entenderlas correctamente y sin que resulten nocivas para nosotros? Nos resistimos a aceptar una visión pesimista de nosotros mismos, y esa resistencia es buena. No sería cristiano pasar del sólo Dios es bueno a todo lo que hace el hombre es malo. Pero hay que andar en verdad, como decía Santa Teresa de Jesús: es la auténtica humildad.  Y la verdad nos hace reconocer nuestra ambigüedad fundamental y la tentación de la mentira, que están inscritas en nosotros. Hay en nosotros una tendencia al mal, como fruto del primer pecado, del pecado que llamamos original: creados a imagen de Dios, somos capaces de lo más hermoso; pero nuestra naturaleza está dañada y, también, es capaz de lo más horrendo. Cuántas veces nos  vemos sorprendidos por noticias espeluznantes y nos preguntamos:  ¿Cómo puede hacer esto el ser humano? 

            Negar esto sería mentirnos a nosotros mismos y esconder la cabeza. Ya lo expresó Jesús en el Evangelio en una parábola llena de un profundo conocimiento del interior del hombre: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo se plantó y se puso a orar consigo mismo de esta manera: Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que gano. El publicano, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; no hacía más que darse golpes de pecho diciendo: ¡Dios mío!, ten compasión de este pecador» (Lc 18, 10-14). La sentencia de Jesús es rotunda: «Os digo que éste bajó a su casa a bien con Dios, y aquél no. Porque a todo el que se enaltece será humillado, y el  que se humilla será enaltecido» (Lc 18, 14).

            Es necesario reconocer nuestra condición de enfermos, de pecadores, para poder demandar y pedir con humildad, con golpes de pecho, la salud y la salvación.

            Segundo: Aceptar que no podemos conseguirlo solos. Queremos curarnos, anhelamos salvarnos, pero es necesario aceptar que no lo podemos conseguir solos. Querríamos bastarnos a nosotros mismos, sin darnos cuenta de que precisamente en eso consiste la mentira original: ¿para qué tenemos necesidad de un Salvador? Esta pregunta casi nunca aflora a nuestros labios, pero vivimos cada día como si el llevar nuestra vida a buen término o hacerla desembarcar en el fracaso dependiera exclusivamente de nosotros. Lo cual puede engendrar en nosotros sentimientos de endiosamiento o de autosuficiencia, aunque lo más frecuente es que dé lugar al desaliento y la desesperanza.

            Por suerte, o por gracia, también en esa desesperanza podemos reconocer que necesitamos ser salvados por alguien distinto de nosotros mismos: Dios o cualquier otro. Quizá no lo sepamos, pero sí comprendemos que somos invitados a salir de nuestro aislamiento, de nuestra mortal cerrazón.

            Querer sanar significa reconocer que tenemos necesidad de los cuidados de otro. Y decirlo con profunda sencillez. Así gritó el paralítico a Jesús, cuando le pregunta si quiere curarse: «¡Señor, no tengo a nadie...!». Cuando contemplamos nuestro pecado, también nosotros debemos decirle a Dios: hasta ahora lo he intentado solo pero no puedo; ven en mi ayuda; mi propósito es dejarme conducir por ti y sentirte cerca de mí: ¡Ayúdame!

            Tercero: Que demos nuestro «sí»  a nuestro verdadero deseo. ¿Quieres curarte? supone una pregunta por nuestra voluntad, por nuestra capacidad de querer de verdad. Esto es hermoso: que seamos solicitados, en lo más íntimo de nosotros mismos, de nuestra responsabilidad, de nuestra libertad. No hay imposición a la libertad del hombre. Jesús formula una pregunta. La grandeza del hombre, que ha sido creado libre es que incluso puede decir «no» a Dios.

            Podemos rehusar ser curados, rechazar el perdón que Dios me brinda. Por eso, es preciso que demos nuestro «sí» a nuestro verdadero deseo, y que lo hagamos libremente, voluntariamente, humanamente. Esto es el propósito de enmienda: «seguiré luchando, ayudado por tu gracia, para estar cerca de ti, Señor; para no hacer lo que me separa de tu amor; para no caer en la tentación de volver a ponerme en el centro de todo, olvidándome que Tú eres el Padre que me amas y me perdonas, que no te cansas de  perdonar, aunque a veces nosotros sí nos cansamos de pedirte perdón».

            Sólo cuando nuestro deseo ha sido confirmado por el «sí»  expreso de nuestra voluntad, la gracia viene a nosotros en forma de curación y liberación salvadora. Sólo entonces suenan las palabras firmes de Jesús: «Queda curado, ¡levántate, coge tu camilla y echa a andar!».

 

2. Sentados a los pies del Señor

            ¿Cómo podemos dar nuestro «si» a Dios, que acude a curarme, a darme su perdón que es medicina? ¿Cómo podemos elaborar nuestro propósito de enmienda? Sólo si nos sentarnos a los pies del Señor Jesús y miramos atentamente a su rostro de misericordia, escuchando las palabras que salen de su boca, descubriremos, maravillados, el don de la reconciliación que nos ha sido dado en Jesucristo, superior a cuanto hubiéramos podido imaginar.

            Necesitamos, como María, la hermana de Marta, sentarnos a los pies del Señor -sentarse a los pies de alguien es reconocerle como «señor»-  y escuchar su palabra (cf. Lc 10,39). Recordemos la bella escena familiar:  «Yendo de camino, entró Jesús en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que acercándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me hay dejado sola para servir? Dile que me eche una mano. Respondiendo, le dijo el Señor: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte y no le será quitada» (Lc 10, 28-42).

            Nuestros «propósito de enmienda», necesita para ser formulado estar previamente junto al Señor; y así, escogiendo la mejor parte -estar con él- seguir en los afanes de la vida no por mi cuenta, cayendo en el estrépito de la vida sino sentir su presencia y caminar acompañado, porque su cercanía nos llena de paz y sosiego para discernir lo mejor, lo que conviene para agradar a Dios y sentirnos felices.

            Recordemos, también, la escena de la mujer pecadora que, llorando, se echa a los pies de Jesús, provocando un escándalo en casa del fariseo: «Un fariseo le rogaba que fuera a comer a su casa con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. Jesús respondió y le dijo: Simón, tengo algo que decirte. Él contestó: Dímelo, Maestro» (Lc 7, 36-40).

            Jesús responde con una hermosa parábola, dialogando con Simón, el fariseo que le ha acogido en su casa: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor? Respondió Simón y dijo: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Y él dijo: Haz juzgado rectamente. Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco. Y a ella le dijo: Han quedado perdonados tus pecados. Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: ¿Quién es este, que hasta perdona pecados? Pero él dijo  la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7, 41-50).

            Aquella pecadora pública, que el Evangelio con delicadez reserva su nombre -sí sabemos el de fariseo: Simón-, después de encontrarse con Jesús, salió con el propósito de amar más, «porque mucho se le había perdonado». También la pecadora puede decir: «¡Tarde te amé!». De su corazón va a fluir el mejor propósito: ¡amar más!

 

El Señor «se ha sentado a nuestros pies»

            Pero resulta, ¡qué grande es esto!, que es el mismo Jesús quien se ha sentado a nuestros pies. En la Encarnación, el Señor se sentó junto a nosotros para ofrecernos en sus palabras y sus gestos la reconciliación que nos hace comensales de la mesa de su Padre. Jesús es nuestra reconciliación: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo» (Jn 3,6). Y ha querido compartir la vida con cada  uno de nosotros. Es una realidad tan impresionante que sus discípulos insisten en ella; por ello gritará san Pablo: «Se hizo semejante en todo a los hombres. No se aferró a su categoría de Dios... Fue reconocido como uno de tantos» (Flp 2, 5-7). Nos toca a cada uno de nosotros dejarnos afectar por esta simple y grandiosa realidad: Dios se ha identificado con el ser humano, conmigo también, en todo «menos en el pecado» (Heb 4,15).

            Descubrimos en Jesús un amor tan extraordinario que trastoca por completo nuestros modos de ver las cosas. Dios no necesita ni nuestra virtud ni nuestra perfección para amarnos y solidarizarse con nosotros. Su amor no pone condiciones. Parece incluso que Jesús muestra mayor ternura cuando trata a personas despectivamente encasilladas en la categoría de los pecadores: la mujer adúltera, la prostituta, el recaudador deshonesto... No es de extrañar que el amor prenda en sus corazones al percibir la actitud de Jesús. Esta plena solidaridad de Jesús, el Hijo de Dios con todos los hombres la va a llevar  «hasta el extremo» (Jn 13,1), pues por ella va a morir. Morirá por amor, y por eso resucitará, culminando así definitivamente su obra de reconciliación.

            Sentados a los pies de Jesús, su rosto nos ilumina. Él no conoce la mentira. Por eso, ante él, el engaño y la mentira quedan al descubierto. Basta con que Jesús se presente en toda su verdad para que emerja a plena luz el combate, que se libra en cada uno de nosotros,  entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte. Entonces, unos se dejan atraer por él, seducidos, y le siguen, pero otros se sienten descubiertos en su profunda mentira y se le enfrentan violentamente. Jesús queda atrapado en el engranaje de las violencias humanas, que acabará triturándolo, llevándolo a la Cruz.

            Pero él es la Verdad y no utiliza las armas de la mentira y de la violencia que usan contra él. Consecuente a la lógica del amor y de la verdad se entrega a la muerte: su muerte es un signo de coherencia, de su amor a la verdad. Pero no es vencido por la muerte. Y resucita. La Resurrección es su victoria, en la que todos estamos invitados a participar. Dice san Pablo: «¡si morimos con él, viviremos con Él!» (cf. Rom 14, 8).

 

El  amor del Resucitado se extiende a los hombres de todos los tiempos

            Por la Resurrección sabemos que ese amor se extiende a todos los tiempos  y abarca a todos los hombres, sean cuales sean sus creencias y sea cual sea su pecado. Comienza así para nosotros una vida nueva. Esta victoria de Cristo sobre la muerte es un don compartido con toda la humanidad. Por ello, a partir de la Resurrección, nuestra mirada sobre la condición humana se transforma: el ser humano, visto en y desde Cristo, es más «un ser salvado que un pecador». El Dios que nos creó es el que nos ha unido, desde siempre, a la Resurrección de su Hijo.

            Lo primero es la reconciliación, no el pecado. Cuando concedemos al pecado el primer lugar, estamos negando, de hecho, la Resurrección de Cristo y sus efectos en nosotros. Tenemos que aceptar el don de la reconciliación y reconocernos a nosotros mismos como muertos que han vuelto a la vida (cf ·f 2, 5).

            Para los cristianos, el Bautismo es el sacramento que celebra nuestra participación en la muerte y Resurrección de Cristo. Por eso el Bautismo es el primer sacramento de la reconciliación, porque proclama nuestro enraizamiento en la Resurrección de Cristo, esto es en la fuente de la salvación. Esto lo vivieron tan profundamente los primeros cristianos que incluso se denominó al sacramento de la Penitencia con el nombre de segundo bautismo.

            Sin embargo, tenemos que acceder a lo que ya nos ha sido dado desde el comienzo de forma progresiva. La reconciliación nos ha sido dada, pero tiene que recorrer su camino y hacernos sintonizar con ella poco a poco. El sacramento de la Penitencia nos recuerda, etapa a etapa, que estamos a la vez ya reconciliados y en vías de reconciliación. Esta realidad es una invitación a esa conversión continua a la que estamos llamados y de la que estamos necesitados.

            El «propósito de enmienda» surge, pues, del agradecimiento al amor recibido y se sustenta no sobre mis propias fuerzas, porque quizá pronto volveremos a caer, sino sobre la potencia del amor de Dios que no decae... Nuestro propósito es siempre amar más porque se nos ha perdonado mucho. Para amar más y mejor, sí serán necesarios, también, unos compromisos más concretos: si el egoísmo anida en mí, necesito trabajar la caridad; sui la avaricia me envuelve, necesito la largueza y generosidad; si la soberbia me asalta, trabajaré la humildad; si la gula me tienta, optaré por la sobriedad.... y así sucesivamente. Pero todo... « para amar más y mejor».

            No se trata solo de trabajar unas actitudes o promover unas virtudes.... las voy a trabajar porque así amo mejor, estoy devolviendo pizcas de amor a quien me dado un amor sin medida. Nuestro «propósito de enmienda» no mira al deseo, quizás egoísta, de ser mejor; mira a Dios para obsequiarle con un amor más limpio y fresco. Si estamos con él, seguro que seremos mejores. ¿No solemos decir: «dime con quién andas y te diré quién eres...»? Si estamos con Dios, andamos en buena compañía y nos pareceremos a Él. 

Cuarto: Decir los pecados al confesor

 La necesidad del signo, de hablar y escuchar:

«Iré y le diré…» (Lc 15, 18)

 

            Pasamos al cuarto escalón de la buena confesión: «decir los pecados al confesor».

            La sola idea de ir a confesar crea un cierto malestar, una impresión de no saber cómo salir del paso, quizá de no saber qué decir o cómo decirlo; y, por si fuera poco, decirlo a alguien a quien no conocemos... ¡o a quien conocemos demasiado! Y luego, vuelta a empezar, una y otra vez... Pues aparentemente nada cambia. Incluso me pregunto ¿pero soy capaz de conocer mi pecado? o ¿no los conoce ya Dios, para qué decirlo a un hombre? ¿Y para qué, si volveré a pecar?

 

1. Un sacramento en dificultades: «Iré y le diré... »

            La palabra confesión se ha devaluado entre nosotros, cuando no ha sido pervertida. Para muchos, está cargada de malos recuerdos y de mala conciencia, aun cuando ya no se confiesen. Sin embargo, confesar quiere decir antes que nada darse, fiarse, confiar en la misericordia de Dios. Éste es su significado primero y original. El sentido de declarar una falta, un pecado cometido es posterior.

            De suyo, el cristiano sólo hace su declaración de faltas en el ámbito de confianza -confesión- que crea el perdón y la reconciliación ya recibida, en la atmósfera de un Dios de misericordia que nos acoge. Cuando estamos confesando (declarando al confesor) nuestras faltas, nuestros pecados, estamos ante todo confesando (proclamando confiadamente) la misericordia de Dios que perdona al pecador.

            La confesión produce un sentimiento de profunda liberación interior porque nos pone en nuestro sitio. Habíamos sido alcanzados por la mentira; habíamos olvidado que no somos Dios y que los hombres son nuestros hermanos y ello ha producido actos que han herido y deteriorado la relación Dios y con los demás. Cuando lo reconocemos y lo confesamos, realizamos un acto de libertad responsable que nos devuelve a nuestra verdad esencial. Es verdad que el reconocimiento de nuestras culpas nos hace sufrir, produce dolor, pero el efecto es la paz y el gozo, ya que hemos quitado las tinieblas de la confusión y resplandece de nuevo la verdad. Al confesar y pedir perdón, somos devueltos a la relación inicial: somos hijos de Dios y hermanos.

            Confesarnos en la comunión fraterna, pidiendo perdón al hermano que hemos ofendido u olvidado; confesar nuestra impotencia simplemente dejándonos acompañar con alguien en un momento de confusión y crisis; la revisión hecha en familia, en pareja o con los hijos; la confidencia en el grupo o la respuesta participativa a la llamada que la misma comunidad parroquial nos hace para preparar y celebrar la reconciliación y el perdón mutuos, suelen ser con frecuencia unas ayudas importantes para preparar y darle aún más densidad a la confesión sacramental.

            Necesitamos la mirada de otro para conocer nuestro pecado. En la experiencia humana descubrimos nuestra culpa, y somos plenamente conscientes de ella, cuando somos mirados por la persona ofendida. Por ello, nos escondemos y nos ocultamos a la mirada de Dios y tememos mirarle a los ojos. Adán y Eva se ocultaron de Dios, porque intuían que su mirada les denunciaría la gravedad de su pecado. ¿No nos hemos sentido denunciados, alguna vez, en nuestra falta o nuestro pecado simplemente con una sola mirada? Recordemos en nuestra niñez, alguna mirada de nuestros padres; sin palabra, con los ojos, nos dicen: «lo has hecho mal».

            Alzando nuestros ojos hacia el rostro de Jesús crucificado, empezamos a comprender la enormidad de su amor por nosotros: «Él me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 20);  y dejándonos mirar por Él, calibramos la magnitud de nuestro pecado. Fue la mirada de Jesús la que provocó en Pedro las lágrimas dulces del arrepentimiento después de la negación: «El Señor, volviéndose, miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor cuando le dijo: Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, rompió a llorar amargamente» (Lc 22, 56-62).

 

«Iré y le diré…»

            «Iré y le diré…»  reflexiona en alto el hijo pródigo. La reconciliación pasa por la confesión, por la palabra. Es quizá lo más difícil, pero también lo más auténticamente humano, lo más necesario y lo más liberador. Para el ser humano, nada existe verdaderamente mientras no se exprese en palabras. El enamorado no acaba de declarar su amor, por muchas rosas que haya enviado o por muchas miradas furtivas que haya entrecruzado, hasta que dice: ¡Te quiero! Cuando decimos algo, es cuando ese algo acontece realmente para nosotros. Hasta entonces está aún en germen, en proceso de gestación. La palabra es ya un fruto maduro.

            Y no nos referimos a un discurso bellamente construido. La palabra es patrimonio de todos, incluso de los menos instruidos o más tímidos. Basta recordar el discurso elocuente del fariseo frente el monocorde discurso del publicano. Éste sólo pronunciaba la palabra hecha gesto de darse golpes de pecho, repitiendo como una jaculatoria: «Dios mío, ten compasión de este pobre pecador»  (cf. Lc 18, 10-14).       La palabra es a veces un simple balbuceo.

            Pero esa simple palabra encierra en sí una extraordinaria riqueza. Así ocurre en la palabra dicha en la confesión:

            Primero, la confesión, como toda palabra, es ante todo relación. Podemos decirnos las cosas a nosotros mismos, y no es poco ser conscientes de la propia falta, del propio pecado; eso ya es avanzar un buen trecho. Pero confesar es dirigirse a otro para manifestarse, lo cual es de una enorme belleza, porque ese movimiento hacia el otro es ya reconciliación, apertura, victoria sobre la tentación de encerrarse en uno mismo. Es reconocimiento del hermano, al que con sólo dirigirnos a él ya le estamos diciendo: mi aventura humana no es solitaria, yo necesito de ti y tú de mí. La confesión es en sí misma un reconocimiento de nuestra filiación y de la mutua solidaridad fraterna.

            Segundo, la confesión es también un acto liberador  que establece la diferencia entre el sentimiento malsano de culpabilidad -el remordimiento- y la conciencia limpia de pecado -el arrepentimiento-. Uno de los principales efectos de la mentira es que nos instala en la confusión de no saber distinguir lo verdadero de lo falso. La confesión nos permite salir de este atolladero, y al reconocer ante otro mi verdad descubro  la verdad y, a la vez, la parte de mentira que habita en mí. Y entonces la verdad denuncia mi mentira y se muestra como algo deseado y que produce una profunda libertad. El Salmo 31 lo expresa con una honda carga existencial: «Mientras yo callaba se consumían mis huesos y me pasaba el día entero gimiendo, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí secando mi savia como el bochorno estivo. Te declaré mi pecado, no te encubrí mi delito. Propuse: confesaré al Señor mi culpa; y tú perdonaste mi culpa y mi pecado... Tú eres mi refugio, tú me libras del peligro y me rodeas de cantos de liberación».

            Al «decir» mi pecado siento que me desprendo de él, me libero del yugo que me oprimía, del nudo de la garganta que me asfixiaba. Soy testigo, como confesor, de tantos suspiros de alivio y liberación: de tantos gestos de llegar al confesionario encorvado -santo Tomás definía al pecador como un hombre encorvado sobre sí mismo- y salir con la cabeza alta... Y es que quien dice su pecado y quien oye en la  intimidad a Dios que le dice, por medio del sacerdote: «Yo te perdono  en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo... », está sintiendo sobre él el mismo gesto del Padre de misericordia que le abraza y le susurra: «este hijo mío se había perdido y lo hemos encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida... ».   

 

Siempre lo mismo: la diferencia entre  repetir y «re-comenzar»

            Puntualicemos un aspecto. En ocasiones se producen fallos excepcionales que requieren reconciliaciones igualmente excepcionales. Pero es más frecuente que nos desanimemos por el hecho de caer continuamente en las mismas faltas. Repetimos las mismas faltas, producidas por unas mismas actitudes y tendencias muy arraigadas en nosotros. Cuando, movidos por el deseo de reconciliación, nos hemos levantado y hemos acudido a confesar nuestros pecados y a pedir perdón, teníamos ciertamente la intención de denunciar el mal que habíamos hecho, y era firme nuestra voluntad de no reincidir en él. Es lo que llamamos popularmente propósito de enmienda. Creemos que en aquel momento éramos realmente sinceros y estábamos animados por un deseo verdadero. Y sin embargo, volvemos a recaer una y otra vez. Hay quienes incluso acuden ya a pedir perdón a Dios en el sacramento de la reconciliación con una cierta duda sobre la utilidad de éste: ¡siempre lo mismo... volveré a caer! Pero ¿por qué estamos tan seguros?

            Podemos interpretar la constante repetición de nuestras faltas como fracaso y como incapacidad para querer de verdad. Pero también podemos verlo como sendos pasos de un trabajoso avance hacia una voluntad más firme, hacia una mayor sintonización con la Palabra de Dios. Más que de repetición, se trata cada vez de un hecho nuevo. Más que de repeticiones tendríamos que hablar de re-comienzos. Es un espejismo creer que siempre es lo mismo. Al contrario, cada vez es una parte de nosotros mismos la que experimenta, como por primera vez, la división y la mentira, la reconciliación y el perdón.

            El «re-comenzar» nos introduce en la alegría del don sin límites, generosamente ofrecido en todo instante y sin condición alguna. Nos introduce en la esperanza. Nos regala el gusto y el coraje de seguir adelante, de dejarnos hacer y conducir por el Espíritu de verdad «hasta la verdad completa» (Jn 16,13).

            El avance en la vida espiritual, la vida a la luz del Espíritu, es como un continuo nacimiento. La vida sigue constantemente dándonos a luz; en cada momento podemos «nacer de nuevo» (cf. Jn 3,3), librando la batalla entre la mentira y la verdad y aportando nuestra voluntad al triunfo de la luz en nosotros.

            Cada vez que nos levantamos, subimos un escalón. La vida espiritual es como una «escalera en espiral». Si miramos al frente, contemplamos siempre la misma perspectiva, idéntico paisaje; pero lo estamos contemplando «un escalón más arriba», hasta que contemplemos el paisaje en toda su amplitud... Pero eso solo es posible cuando lo veamos desde arriba, desde la cúspide de la vida, desde la perfección que nos da el encuentro con el abrazo definitivo del Padre, al final de la vida. Porque la muerte no es otra cosa que al abrazo más fuerte de Dios.

 

2. Sacramento de la misericordia: «Yo te perdono en el nombre del Padre... »

            El sacramento de la Reconciliación es, ante todo, el sacramento del perdón de Dios: antes que toma de conciencia de nuestro pecado; antes que confesión de nuestras faltas; antes que cualquier otra iniciativa que nosotros podamos emprender. En cada situación, el perdón de Dios nos resucita a la vida verdadera y nos permite adentrarnos y participar cada vez más en su Resurrección, en la destrucción de las fuerzas de la muerte por las fuerzas de la vida.

            Y de nuevo aquí la palabra se convierte en gesto necesario para que el misterio se haga visible en nosotros: «Por el ministerio de la Iglesia, yo te perdono tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» , dice el sacerdote. También en este momento es necesaria esta palabra, que se nos dice en nombre de Dios, y que sella con el perdón ese diálogo abierto en la reconciliación. Es una palabra que nos recrea y rehabilita. Una palabra que nos dice sacramentalmente el mismo Dios. Por eso, el sacramento de la reconciliación es a la vez curación de nuestra maltrecha relación con Dios y confesión de nuestra fe en Él, encuentro con el Señor que se nos revela en su inmensa misericordia.

            El perdón de Dios nos viene en forma humana, por la mediación de un hombre, por la mediación del hermano: el sacerdote. La tradición católica insiste en esta dimensión corporal. Por Jesús, hemos sabido que el ser humano es camino hacia Dios; que nuestra relación con Dios tiene un cuerpo, el de nuestros hermanos. La fe es gesto y palabra, es relación. Toma cuerpo en lo humano. El sacerdote no es Cristo. Su misión es significar, simbolizar que toda reconciliación, todo perdón, nos viene de Dios Padre por su Hijo Jesucristo. Y a la vez, acompañar la inserción de nuevo en la comunidad que arropa el reencuentro. Toda reconciliación es siempre una vuelta a casa, a la casa paterna y al hogar de los hermanos.

            Para cada sacerdote ser sacramento de Cristo, vehículo tangible de la gracia de Dios es una grave responsabilidad. En la Bula de convocatoria del Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco recomienda a los sacerdotes que administren el sacramento con los mismos sentimientos de Cristo: «Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios» (MV 17).

            Recomienda el Papa una serie de actitudes a los confesores, que yo ahora leo y me recomiendo a mí mismo: «Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia» (MV 17).

            Cuando decimos los pecados al confesor, no estamos diciendo nada que Dios no sepa. Pero al decirlo, estamos confesando su misericordia que acude a nuestra ayuda en el gesto concreto del sacerdote que nos acoge, nos escucha y pronuncia sobre nosotros las palabras que nos liberan y devuelven la paz: «Yo te perdono en el nombre del Padre, y del Hijo... ». Decir los pecados es ante todo una, «confesión de fe en el amor de Dios». Es decirle: «a pesar de todo lo que he hecho, a pesar de la lista de mis pecados, Tú quieres perdonarme, Dios mío. ¡Qué dulce es tu perdón!».

            Decir los pecados al confesor es dialogar con Dios y escuchar sus palabras: «este hijo mío ha vuelto a la vida. ¡Hagamos una fiesta!».

            Nos reconciliamos con Dios y también con la comunidad de hermanos, que es la Iglesia. Cada vez que nos levantamos del confesionario, volvemos nuestros pasos abrazados por el amor del Padre y nos sentimos arropados por el calor entrañable de la Iglesia: recuperamos nuestra dignidad de hijos y volvemos a disfrutar la alegría de la fraternidad. Es la Iglesia, hoy, la encargada de preparar la fiesta del perdón y el banquete de la Eucaristía. Somos unos privilegiados. ¡no nos perdamos esta fiesta!

 

 

Quinto: ... Y cumplir la penitencia

 Misericordiosos como el Padre:

«Anda y haz tu lo mismo...» (Lc 30, 37)

 

            Llegamos al quinto y último paso del itinerario de la confesión: «y cumplir la penitencia».

            Es quizás este último paso el peor entendido. ¿Padre, que rezo? ¿Qué tengo que hacer?: son preguntas que formulamos al final de la confesión. Incluso creemos que si cumplimos la penitencia nos hemos ganado realmente el perdón. No. El perdón de Dios es incondicional. La penitencia es como un recrearme en el amor recibido. Comienza siempre con una oración de acción de gracias por el perdón recibido. Y también, estimula a caminar  y obrar en la dirección contraria a mis pecados: contra egoísmo, caridad; contra soberbia, humildad; contra indiferencia o rutina, amor renovado a los que quiero: a Dios y los hermanos; contra la sensualidad descontrolada, el equilibrio maduro de mis emociones, la dirección y control de mis instintos y mis sentimientos. Pero todo ello, no como paga por el perdón recibido sino como un obsequio de amor renovado a Dios y los hermanos.

            La penitencia tiene el sentido de medicina. ¿Cuál fue la penitencia del hijo pródigo?: revestirse el vestido nuevo y calzarse las sandalias que le ha regalado su Padre, ponerse el anillo de amor, propio de su dignidad de hijo y no de esclavo, como el reclamaba, y participar de la fiesta que ha preparado para él. ¿Y la penitencia del hermano mayor?: sumarse a la fiesta, participar en ella con alegría, sentirse comensal de la mesa de su Padre, compartiendo amor y comida con el hermano recuperado.

            Si el pecado es la ruptura de relaciones, alejamiento de Dios o del hermano, toda penitencia tiene siempre la marca de la fiesta: reafirmar gozosamente mi relación de hijo y restablecer con más fuerza nuestra condición de hermanos.

            ¿Qué sería de la parábola del Padre que tenía dos hijos, de la parábola del hijo pródigo sin ese banquete de fiesta que la culmina? Sería simplemente la vuelta de un prófugo, no el encuentro de un hijo; la benevolencia de un «amo» que reintegra al trabajo a un siervo díscolo y no el amor tierno y misericordioso de un Padre que abraza a un hijo recuperado a la alegría del hogar. 

            Perdón y fiesta van juntos. Penitencia y eucaristía se miran y exigen. No lo disociemos nosotros. Qué hermosas y exigentes son las palabras de Jesús: si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt 23, 5). «Cumplir la penitencia»  es preparar mi corazón para acercarme con el vestido de fiesta al banquete de la Eucaristía.

 

1. La Iglesia prepara la fiesta de la reconciliación

            La Iglesia me arropa para acercarme al sacramento de la Penitencia, y también prepara gozosa la fiesta a la que me invita el Padre. La Iglesia celebra la misericordia de Dios de manera eminente en los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía y de manera específica en el sacramento de la Reconciliación. En él se nos ofrece la misericordia divina, ante todo, en forma de perdón.

            Celebrar es, en lenguaje de la Iglesia, una expresión cargada de sentido. La celebración de la Penitencia es, ante todo, acción de Cristo que, a través de la palabra y el gesto, hace presente la misericordia del Padre perdonando a los pecadores. Pero es, al mismo tiempo, acción de la Iglesia que hace visible la acción de Cristo y transmite su perdón a los penitentes, al tiempo que acompaña a éstos en su conversión y pide con ellos y para ellos el perdón de Dios. El perdón de Dios se nos da explícitamente en la Iglesia y a través del ministerio sacerdotal.

            Tenemos que agradecer a Dios que exista la Iglesia. En ella recibimos, también, el perdón de Dios, hecho sacramento en el gesto y acogida de la comunidad eclesial. El Concilio Vaticano II nos dice: «Quienes se acercan al Sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (LG 11). Siempre que pecamos oscurecemos y debilitamos el testimonio de Jesús, que es la razón de ser de la Iglesia de la que somos miembros.

            Vivir el sacramento de la Reconciliación es ciertamente volver al Padre, pero también es volver a casa, a la casa de Dios, a nuestra casa, restañar y profundizar los vínculos de la comunidad eclesial. Por eso, también, es natural que el perdón nos conduzca a la alegría, a la acción de gracias, que llamamos Eucaristía. Y nos incorporemos gozosos a la fiesta que el Padre ha  preparado para nosotros. La Eucaristía es una fiesta. ¡Qué pobre es la expresión: voy a oír Misa! La Eucaristía es una fiesta y solo admite invitados con el «traje de fiesta» (cf Mt 22, 1-14): un corazón limpio por el perdón de Dios y un deseo de hacer patente la acción de gracias a Dios por el amor desmedido de su Hijo, que se ofrece en sacrificio por nuestra salvación.

 

2. Signos cotidianos del perdón recibido

            El sacramento de la Reconciliación es fuente y cumbre de todo perdón. Pero no es el único surco del perdón de la Iglesia. Supone previamente y exige posteriormente toda una corriente de perdón que el sacramento promueve: somos enviados como testigos de la misericordia del perdón a un mundo que lo necesita, aunque a veces no lo demande.

            Quien recibe el perdón de Dios, se hace testigo del perdón. El Sacramento de la Reconciliación no se agota en sí mismo. Es fuente de gracia y su dinamismo nos remite a la realidad cotidiana de nuestra vida, que nos brinda también mil caminos de reconciliación: cuando con un mero gesto restablecemos una relación; cuando una simple palabra confiesa o perdona un error; cuando la bondad ilumina un rostro que más bien debería irradiar desprecio; cuando se acepta hablar, en lugar de atrincherarse en el mutismo; cuando se re-comienza a pesar de los fracasos; cuando se lucha contra la injusticia; cuando se asumen por desquiciante que resulte, los propios errores...; todos éstos son momentos de reconciliación, de participación real en la salvación otorgada por Dios.

            Permitidme una llamada a los sacerdotes, a mí mismo. El sacerdote, quién además de recibir el perdón tiene como ministerio el ofrecerlo, en nombre de Cristo y en el seno de la Iglesia, se torna por doble motivo testigo del perdón: lo recibe y lo otorga. Todo el ejercicio del ministerio sacerdotal es sacramento de Cristo y, entre otras cosas, sacramento del perdón de Dios. Recordaba el Papa a los misioneros de la misericordia, en su envío el Miércoles de Ceniza, que: «en este ministerio del perdón, ante todo están llamados a expresar la maternidad de la Iglesia. La Iglesia es Madre porque engendra siempre nuevos hijos por el Bautismo; la Iglesia es Madre porque alimenta su fe; la Iglesia es Madre también porque ofrece el perdón de Dios, regenerando a una nueva vida fruto de la conversión. No corramos el riesgo de que un penitente que se acerca y no sienta la presencia materna de la Iglesia que le acoge».

            Lo que llamamos «cumplir la penitencia» es ante todo ser testigos gozosos del perdón recibido, irradiando perdón en mi entorno. Nos vamos a detener en considerar dos ámbitos muy cercanos: la familia en que vivimos y la sociedad que nos envuelve. .

 

«Todo lo vence el amor»: la familia como escuela de perdón

            Detengámonos brevemente en el ámbito familiar: muchos sois esposos, muchos también padres, todos somos hijos. En la familia recibimos los primeros gestos de amor. En la familia vivimos las primeras experiencias de perdón. padres, muchos

            La familia es el ámbito del aprendizaje del perdón, de la reconciliación y del reconocimiento de la verdad de cada uno. En la familia aprendemos a reconocer con humildad el hecho de que la debilidad es la condición de todos aquellos con quienes vivimos. La familia es el lugar de aprendizaje de la misericordia  y escuela de perdón: en su seno experimentamos el realismo de las relaciones interpersonales y descubrimos la capacidad de ser amados y de amar; de ser perdonados y de perdonar.

            El poeta Virgilio dice: «omnia vincit amor», el amor todo lo vence. E invita: «et nos cedamus amori», rindámonos, también, nosotros al amor (Bucólicas X, 69).  Benedicto XVI  cita este pensamiento en su encíclica Deus caritas est DC 4). Digamos también nosotros: todo lo vence el amor. El perdón solo es posible desde la perspectiva del amor. Jesús mirando a la pecadora, y ante el reproche de tantos, justificó el perdón: «sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (cf. Lc 7,47).

            La vida conyugal trae con frecuencia conflictos personales o de convivencia que derivan en reacciones o gestos con los que se daña al cónyuge. Son las heridas del amor. Para sanarlas es indispensable hacer una reflexión interior que lleve a reconocer los errores y a comprender las causas que las motivaron. Este reconocimiento de la realidad mueve el deseo de cambiar las cosas, y lo más eficaz es empezar por cambiar uno mismo de actitud. Los cambios de actitud que parten desde el amor que nos tenemos como esposos, como padres e hijos, son los que tocan más profundo la esencia de nuestras relaciones, y los que nos hacen cambiar.

            El amor se derrama en misericordia cuando se reviste de perdón. A su vez, el perdón acrecienta el amor y lo recubre de fortaleza. Si los esposos no sabemos perdonarnos mutuamente, si en la relación con nuestros hijos no aprendemos a pedir, a conceder y a recibir el perdón, cada uno acaba por desesperar de sí mismo y de los demás; no podremos aceptar amarnos tal y como somos y nos adheriremos a una imagen idealizada del otro, que termina siempre por ser la fuente de graves decepciones: hay hijos que nunca llegan a perdonar a sus padres, para ellos ídolos caídos; y padres desairados por la corta respuesta a sus grandes expectativas sobre sus hijos. No aceptar de la realidad, tensa la cuerda de la convivencia.

            En un entorno poco sensible a la misericordia, conviene plantear una pedagogía de la reconciliación familiar. El pórtico de entrada es siempre el diálogo. El diálogo ayuda a sanar las heridas. Para perdonar hay que dialogar, mirarse a los ojos y cambiar las actitudes o acciones que causaron el conflicto. Para lograrlo es indispensable: escuchar, comprender y amar mejor. El perdón, en la vida matrimonial y familiar necesita expresarse. No solo presuponerse sino expresarse verbal y gestualmente. En el amor, nada debe darse por sabido; en el perdón siempre y en cada caso hay que ser explícitos y claros.

            Cuando hemos agraviado a alguien que queremos, cuando nos sentimos dañados por la persona amada, hay que iniciar un itinerario de perdón.

           

«Despojados y heridos en la cuneta de la vida»: la sociedad que nos envuelve

            Ampliemos, ahora, nuestra mirada a la sociedad que nos envuelve. Queremos que sea una mirada de misericordia, siguiendo el lema de este Año Jubilar: «misericordiosos como el Padre».

            Benedicto XVI comenta en su libro, Jesús de Nazaret, la parábola del buen samaritano. Resalta el Papa emérito que «en el centro de la historia del buen samaritano se plantea la pregunta fundamental del hombre. Es un doctor de la Ley, por tanto un maestro de la exégesis quien la plantea al Señor: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? El doctor de la Ley pregunta a aquel Maestro popular de Nazaret, pero sin estudios reconocidos. Su pregunta nos recuerda al pretencioso que, sabiendo ya la respuesta, quiere alardear de lo que sabe.

            «¿Qué tengo que hacer para salvarme?». En el fondo, se trata de la pregunta primordial que expresa el deseo de todo corazón: ¿cómo salvarme? Jesús remite a aquel experto en la Escritura a que él mismo busque la respuesta: ¿qué dice la Escritura? Y aquel erudito curioso le responde con sabiduría: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo» (Lc 10, 27). Respuesta correcta, le dirá Jesús.

            Pero aquel hombre quiere llegar más al fondo y pregunta sobre su aplicación en la práctica: y ¿quién es el prójimo? Si Jesús le hubiese dicho que respondiera desde su sabiduría, le habría contestado: según la Escritura el prójimo sería el connatural, el paisano… el que es de mi familia; no se consideraba prójimo ni al extranjero ni al samaritano, que eran tenidos por herejes. Sin embargo, es el mismo Jesús quien responde a esta pregunta tan concreta - ¿quién es mi prójimo?- con una  parábola.

            Cuenta como un hombre que, iba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo saquearon y golpearon, abandonándole medio muerto al borde del camino. Es una historia realista. El relato nos dice que el sacerdote y el levita pasan de largo… y que llega un samaritano, esto es, alguien que no pertenecía a la comunidad de Israel y que no estaba obligado a ver en la persona asaltada por los bandidos a su prójimo. ¿Qué hace el samaritano? No se pregunta sobre cuál es su obligación o hasta dónde llega… ni si va a ganar la vida eterna al hacer aquello; ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio emplea una expresión muy rica: se le conmovieron las entrañas, al ver el estado en que había quedado ese hombre (hoy traducimos más suavemente, sintió lástima) y él mismo se convirtió en prójimo.

            Al preguntar Jesús al doctor de la Ley ¿quién de los tres fue el prójimo? la respuesta adecuada no sería señalar al samaritano. Pero Jesús, con la parábola, da la vuelta a la pregunta y, como dice el Papa: «el samaritano, el forastero, se hace él mismo prójimo y me muestra que yo, en lo íntimo de mí mismo, debo aprender desde dentro a ser prójimo... Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mi prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre».

            La primera enseñanza de la parábola es mostrarnos una nueva forma de amar. No se trata del llamado amor político: «do ut des», te doy para que tú me des; sino de un amor de ágape, un amor basado en la desigualdad: doy al que no puede devolverme, al desvalido, al anónimo. Dice Benedicto en Deus caritas est: «Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca» (n. 6).

            Esta es la gran novedad de la parábola. Se muestra así una nueva universalidad: soy prójimo de todos y cada uno sea de la condición que sea.

 

«Ve y haz tu lo mismo»

            Podemos preguntarnos: ¿Qué nos puede enseñar, hoy la parábola para formular este quinto paso del itinerario del perdón:  nuestro deseo de «cumplir la penitencia»? El lema y el logo del Año Jubilar son una buena síntesis y imagen gráfica de la parábola del buen samaritano. Con el lema «Misericordiosos como el Padre» se propone vivir la misericordia siguiendo  el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino perdonar y amar sin medida. El  logo,  se  presenta  como  un  pequeño compendio teológico de la misericordia. Muestra, en efecto, al Hijo que carga sobre sus hombros  al  hombre  extraviado, toca en profundidad la carne del hombre, y lo hace con un amor capaz de cambiarle la vida. El Buen Pastor con extrema misericordia carga sobre sí a Adán, símbolo de toda la humanidad, confundiendo los ojos divinos con los del hombre. Todo el dinamismo del dibujo presenta a Cristo, nuevo Adán, que saca al hombre fuera de la noche del pecado y de la muerte.  

            Jesús despide al que le pregunta con una recomendación: «¡Ve y haz tú lo mismo!» (Lc 10,37). Se nos confía, pues, la parábola, para hacerla  realidad. Hoy, muchos pueblos y personas se encuentran tiradas en el borde del camino: despojadas y heridas por la vida. A veces, bien vestidos o disimulados con el traje del abandono familiar, de la enfermedad, de la depresión, de la soledad… Tenemos que tener el valor de descubrir las nuevas pobrezas y ser misericordiosos, ser prójimo de quien me necesita.

            Pero, existe también el riesgo de mutilar la parábola: simplemente ser el prójimo de lo material, de dar cosas e incluso excusarme diciendo yo no tengo mucho que dar, estoy para que me den. Si damos sólo lo material damos mucho, pero no damos lo esencial.    Y ¿qué es lo esencial?  Benedicto XVI nos guía por esta reflexión: el hombre que yace al borde del camino es una imagen de Adán, del hombre de todos los tiempos, atrapado por el pecado y que ha sido despojado de la gracia; el hombre moderno que se ha olvidado de Dios, que vive como si Dios no existiera…; el sacerdote y el levita, que representan la cultura, el saber… no pueden curar; sólo el samaritano que se le acerca, imagen de Cristo buen samaritano, le acoge y le salva: «Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas –en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos- y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados». Revestirnos de la gracia ¡es lo esencial!

            En la parábola del buen samaritano se ilumina este quinto paso del itinerario para una buena confesión. «Cumplir la penitencia» es ante todo ir a lo esencial, al amor: ¡sólo el amor cura y salva! Necesitamos siempre a Dios, que se convierte en nuestro buen samaritano, que nos cura de las heridas del pecado. se convierte en nuestro prójimo, para que nosotros podamos ser prójimo de todos. Todos necesitamos ser curados y sanados. Pero acto seguido, cada uno debe convertirse en buen samaritano, a ejemplo de Cristo, «que nos amó primero» (cf. 1Jn 4, 19). Estamos llamados a prolongar la encomienda de Jesús: «¡Ve y haz tu lo mismo!» (Lc 10, 37).

 

María nos da a beber la misericordia en el cuenco de sus manos

            En este Año Jubilar de la misericordia, acerquémonos a beber en la fuente del perdón que mana del costado de Cristo. Él nos acompaña como buen samaritano, cura nuestras heridas y nos lleva hasta la posada de la Iglesia, donde recibimos el bálsamo de los sacramentos:  la fiesta del perdón y  el banquete de la Eucaristía.

            Invoquemos con devoción filiar a María, Madre de misericordia. Recordamos una oración aprendida de niños: «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos». Sintiendo su cálida mirada, bebamos en el cuenco de sus manos que nos acercan aún más el agua de la misericordia. Ella profetizó que «la misericordia de Dios llega a sus hijos de generación en generación». Nosotros somos herederos de esta profecía.

 

 

 

Alfonso Crespo Hidalgo

Cuaresma 2016