Homilías Semana Santa

 

Homilías 2016 ©

 

Parroquia Ntra Sra del Carmen

(Fuengirola)

 

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Domingo de Ramos

 

La pasión de Cristo no es sólo una página del pasado. Es también una página del presente, en la que seguimos teniendo responsabilidad. La pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy sufriendo en el hombre hermano, con el que Jesús se ha identificado:

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Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que sienten angustia y se sienten solos, como hicieron los discípulos predilectos en el huerto de Getsemaní.

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Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando vendemos nuestra vida por treinta monedas de plata; cuando nuestro deseo de medrar nos lleva a hacer negocios no limpios a claudicar de nuestros valores más sagrados: familia, amigos, honradez, sinceridad, cuando vendemos nuestros mejores ideales por causas que no merecen la pena.

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando buscamos en la violencia la solución de nuestros problemas, como aquellos que prendieron a Jesús con palos y espadas; cuando dejamos que cualquier tipo de violencia se apodere de nuestro corazón.

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando acusamos injustamente a los hombres, como lo hicieron los líderes religiosos de Jerusalén; cuando no respetamos a los hombres y los acusamos sin verdad, cuando descalificamos injustamente.

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando le negamos por vergüenza y cobardía, como hizo Pedro; cuando nos dejamos arrastrar por el respeto humano y no confesamos con valentía y sinceridad nuestra fe; cuando no defendemos la justicia por miedo a problemas y dificultades o al que dirán...

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos lavamos las manos como Pilato; cuando no vivimos comprometidos con la causa de los que sufren, cuando nos encogemos de hombros ante las injusticias, por miedo a las consecuencias.

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes hoy en boga, como hicieron las turbas de Jerusalén; cuando somos uno más del montón, que condenamos a ciertos hombres porque todo el mundo lo hace así, sin ponderar lo que hay de verdad en esas condenas.

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Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos burlamos de los que sufren, de los marginados de la sociedad, como hicieron los soldados: cuando nos reímos del dolor ajeno, especialmente de los débiles.

No acusemos solamente a los judíos: démonos hoy un sentido golpe de pecho, porque todos nosotros seguimos siendo responsables de la pasión de Cristo que aún no ha acabado. No podemos encoger los hombros porque “en este mundo tenemos que vivir”. “Somos nosotros los responsables de este mundo... Soy yo el responsable de este mundo”.

 

Jueves Santo

La fiesta del Jueves Santo está íntimamente relacionada con el Amor.

Por una parte, el Amor Fraterno. En aquella cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles –el primer Jueves Santo de la Historia- Jesús nos habló del Amor y nos dejó su Mandamiento: “AMAOS UNOS A OTROS COMO YO OS HE AMADO”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, “nos esforcemos por vivir el Mandamiento del Amor”, ya que si nos amamos, nos dice Jesús, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que concienciarnos individual y colectivamente: A) De la necesidad que tenemos de AMARNOS: no tanto con palabras, sino con obras y de verdad. B) De la necesidad que tenemos de AYUDARNOS y de COMPRENDERNOS, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión. C) De la necesidad que tenemos de COMPARTIR lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad, nuestro tiempo. D) De la necesidad que tenemos de PERDONARNOS: unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.

Pero hoy, además de ser el día del Amor Fraterno, es también el día del AMOR DE CRISTO, que en una tarde como ésta, hace 2000 años, nos amó hasta el fin. Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras:

Cristo nos manifestó su amor con AMOR. Por amor: acogía y perdonaba a los pecadores, curaba enfermos, ayudaba necesitados, defendió a la mujer adúltera,  perdonó  a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con PALABRAS CARIÑOSAS: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupan por sus hijos; les invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con GESTOS. Muchas veces en la vida acudimos a los gestos, porque los gestos, a veces, expresan más que las palabras. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del Jueves Santo, es el lavatorio de los pies: un servicio propio de esclavos. Y es que Jesús quiere ser, no sólo maestro, hermano, amigo, sino esclavo nuestro.

Cristo nos manifestó su amor con PROMESAS. Jesús nos promete la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría”.

Agradezcamos a Jesús todo lo que por nosotros ha hecho por AMOR y aprendamos de Él a amar, a comprender, a perdonar.

 

    

Viernes santo

En esta tarde solemne, acabamos de escuchar la narración de la Pasión y Muerte de Jesús. Narración que, si no es posible, sería bueno que cada uno de nosotros la volviera a leer. Porque son palabras que debemos sembrar en los surcos de nuestra vida. Para que den fruto.

No pretendo, ahora, comentar esta narración. Diría que no necesita de comentario. Necesita, sobre todo, contemplación, es decir, ABRIRNOS A ELLA, dejarla penetrar en nosotros.

En estos tiempos en que suele faltarnos la tranquilidad y el sosiego para atender a lo más importante, hoy, en este día de silencio, de casi podríamos decir “pasmo” ante este hecho escandaloso y sorprendente de la muerte en la Cruz del Hijo de Dios –de nuestro hermano Jesús que se entrega a la muerte por amor hacia todos, todos, los hombres- hoy, me parece todos deberíamos conseguir lo que puede parecer un milagro: olvidarnos de nuestras preocupaciones cotidianas y saber mirar la cruz. Mejor dicho: SABER MIRAR AL CRUCIFICADO. Como hemos escuchado en la narración del Evangelio de San Juan: “Mirarán al que atravesaron”.

Sepamos mirar al Crucificado. Sin miedo, sin temor, pero sí con seriedad. CON SERIEDAD que quiere decir desde lo hondo de nuestro ser, pensar y obrar. No sólo con sentimentalismo, mucho menos como si fuera –casi como una celebración folklórica-, sino como algo muy importante en nuestra vida, en nuestra vida cristiana.

Sepamos mirar al Crucificado. Es nuestro Rey, es nuestro Hombre, es nuestro Dios, Crucificado.

Pero crucificado no COMO EL FIN DE UN CAMINO, no como el fin de la película, sino como el momento del triunfo, del inicio de un nuevo camino. Porque la película de la vida de Jesucristo no termina en la Cruz; sigue, desemboca en la Resurrección, sigue en nuestra vida –en la vida de cada uno de nosotros y en la vida de la humanidad- para llevarnos a todos a la gloria de su Reino.

Sepamos mirar al Crucificado. Ahora, después de orar por todos los hombres para que a todos llegue el río salvador, vivificante, transformador del amor del Dios y Hombre crucificado, adoremos su Cruz. La cruz que es madero de suplicio, SUPLICIO COMPARTIDO POR TANTOS HOMBRES, de ayer y de hoy, que comulgan en la cruz de Cristo, porque son bienaventurados que sufren, que padecen hambre, que viven en el dolor o en la soledad, que son perseguidos, que luchan por la justicia y la paz...

Al venerar y besar la Cruz de Cristo, VENEREMOS Y BESEMOS TAMBIÉN todo dolor y toda lucha de cualquier hombre y mujer que comparta la Cruz de Cristo. Y sepámonos preguntar qué hacemos por COMPARTIR este dolor, por ayudar a esta lucha. Desde la Cruz, Jesucristo, es más que nunca hermano y compañero, amigo y amante de todos los hombres, de todos nosotros. Desde la  Cruz, Jesucristo, nos enseña a vivir con los brazos abiertos, con el CORAZÓN ABIERTO –con el corazón traspasado- del que brotó sangre y agua, símbolos de amor y de vida, para que también en nosotros lo que sea cruz se convierta en RESURRECCIÓN. Pidamos, hoy, con una esperanza que cubra y supere todo lo que hay en nosotros de pecado, de rutina, quizá de “pasotismo”. Jesucristo, desde la Cruz que hoy contemplamos y adoramos, espera más de nosotros. Él se ha entregado hasta la muerte por nosotros. ¿Cuál es nuestra respuesta?

 

Vigilia Pascual

 

¡No es la misa vespertina de todos los sábados!. Es la Vigilia Pascual: Vigilia de oración, de espera, de cumplimiento de promesas. Vigilia madre de todas las vigilias. ¡Qué pena que la noche de las noches tenga tan poca fuerza en nuestros pueblos! Se pelea la gente por ponerse la ceniza y la mayoría dejan pasar la gran Vigilia. Es el fruto de una manera de hacer catequesis... O quizá, es mejor tener un Dios muerto que un Dios vivo. Así le recordamos como ausente, y nos ahorramos el vivirle como presente.

Como las mujeres que van de madrugada al sepulcro, el pueblo creyente se reúne en oración para escuchar las lecturas de la historia de la salvación que apuntan a este momento cumbre de la acción de Dios. Todo comienza de nuevo. Es la hora de la Nueva Creación. Es la hora del Hombre nuevo nacido por el agua y por el Espíritu.

Lo nuevo de la Vigilia no es la Eucaristía (¡dos días sin ella lleva la Iglesia!), lo nuevo es lo que precede a la Eucaristía: el rito del fuego y el pregón pascual; las lecturas que condensan la acción de Dios a lo largo de toda la historia de salvación con la proclamación del himno pascual: el aleluya; el rito del agua bautismal que tiene sentido después de la proclamación del relato de la resurrección. Pero lo nuevo no debe dejar en segundo plano a lo que es lo importante: la Eucaristía memorial de la muerte y resurrección del Señor.

De madrugada, con el misterio del alba comenzando, las mujeres (sin nombre al principio del relato) van al sepulcro. No encuentran nada. No encuentran lo que esperaban...

¡Es la eterna pedagogía de Dios! Nosotros buscando lo que nos imaginamos. Dios sorprendiéndonos con lo que ni nos podíamos imaginar...

Nosotros con nuestros esquemas. Dios con los suyos, desbaratando todo lo nuestro, llevándonos siempre más allá. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

No busques a Dios como te lo imaginas. No lo encontrarás.

No busques a Dios donde lo dejaste. No lo encontrarás.

No busques a Dios cuando tú quieres. No lo encontrarás.

Es inútil madrugar para buscarle. Dios madruga más que tú.

Es él quien te sorprenderá: cuando menos lo esperes donde menos te lo pensabas, y del modo que no te imaginas.

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Dios es original y desconcertante. Su lógica en nada coincide con nuestra lógica. De Melo cuenta una historieta en la que pone de manifiesto estas curiosidades de Dios.

Entre tantas de sus cosas, un día a Dios se le ocurrió bajar al mundo a divertirse con los hombres jugando con ellos al escondite. Como no estaba acostumbrado a esos juegos, consultó primero con los ángeles. 

¿Dónde encontraría el mejor escondite para que los hombres no pudiesen dar con él? Algunos le dijeron: “Lo mejor es que te escondas en el fondo del mar. Allí nadie te irá a buscar”. Otros le aconsejaron que el mejor lugar sería el cementerio del pueblo. Con el miedo que tiene la gente a los muertos, jamás se les va a ocurrir buscarlo allí.

De pronto escuchó a hablar de un gran sabio que había en la tierra. Y Dios se dijo a sí mismo: mejor le consultó al sabio porque debe conocer muy bien a los hombres. Cuando Dios le consultó al sabio, éste muy sereno le respondió: “Si no quiere que nadie le encuentre, escóndase en el corazón de los hombres. Y verá que allí nadie lo va a buscar”.

Siempre es más fácil buscar lejos. ¿Será por eso que las grandes noticias también vienen siempre de lejos? Es que las de cerca pareciera que no tienen interés. Y por eso conocemos mejor a los de fuera que a los de dentro. Sabemos mucho de los que están lejos y sabemos muy poco de los que tenemos en casa.

Tenía un compañero en el Seminario. En aquel entonces era costumbre entre nosotros los estudiantes,  a la noche en la oración, hacer una breve reflexión a los compañeros. Este buen compañero siempre comenzaba diciendo: “Dice un filósofo chino....” “Dice un filósofo griego...” Nunca decía el nombre del filósofo. Un día, le pregunté: “Oye, quién es ese filósofo chino a quien has citado”.

Con mucha malicia me respondió: “Yo”. Pero si digo que soy yo ninguno de vosotros me creeríais, pero cuando lo digo en nombre de un filósofo, todos me creéis”.

A parte de la falta de confianza y seguridad en sí mismo, ponía de manifiesto la mentalidad de los que le escuchábamos. No creemos a los nuestros. No creemos a los que tenemos cerca. Mejor escuchamos a los de lejos a quienes no conocemos.

Y Dios no se revela desde lejos, sino que se revela acercándose siempre al hombre. ¿A caso la encarnación no significa la cercanía de Dios al hombre? Siempre nos lo imaginamos “en el cielo”, cuando en realidad, Dios vive mucho más en la tierra donde tiene los tesoros de su corazón que somos las personas. Cuando queremos vernos con Dios, lo primero que pensamos es: “tengo que ir a la Iglesia”. 

¿A cuántos se les ocurre visitar a Dios en el propio corazón? 
¿A quién se le ocurre pensar que el mejor lugar de Dios y donde Dios mejor se siente, no es el templo vacío, sino el Sagrario del propio corazón? ¿Acaso, cuando tú quieres quedarte un rato a solas con El, lo primero que piensas no es: “me voy a la Iglesia”?

A todos nos cuesta mucho creer eso que tantas veces hablaba Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. “Tú en mí y yo en ellos”.

¿Quieres encontrarte con Él? Búscalo en tu corazón.

¿Quieres verlo? Míralo habitando tu corazón. ¿Quieres hablar con Él? Háblale en tu corazón.

¿Quieres adorarle? Adórale en tu corazón.

¿Quieres alabarle? Alábalo en tu corazón. ¿Quieres contarle tus cosas? Cuéntaselas en tu corazón.

No tienes por qué ir tan lejos. Porque lo tienes demasiado cerca. Dentro de ti mismo. Además lo puedes ver, cerrando tus ojos. Le puedes hablar sin necesidad de palabras. Le puedes adorar sin necesidad de ponerte de rodillas.

Este fue el problema de la Pascua para María Magdalena y los discípulos.

Lo buscaban entre los muertos y Él estaba jugando con las flores en el jardín.

Lo buscaban entre los muertos y Él estaba divirtiéndose con los vivos. Lo buscaban en el sepulcro y Él estaba ya en sus corazones.

La Pascua de Resurrección fue un verdadero jugar de Dios con los hombres al escondite. 

Resucitó donde menos ellos lo podían esperar. Pensaron en un robo, y él estaba escondido en su propio corazón. Pensaron en un muerto, imposible dar con Él si estaba vivo. Miraban a la oscuridad del sepulcro, y El disfrutando del bello sol del jardín. 

Lo que ellos consideraban “tristeza”, era El empujándolos a descubrirlo. Lo que ellos consideraban “vacío”, era El empujándolos a encontrarlo.

Como a nosotros...

 

Domingo de Resurrección

 

La alegría que cantan las campanas, los aleluyas que resuenen en el templo son signos claros del gozo nuevo de este día bendito de Pascua. Nos somos cristianos por el hecho de creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte; somos cristianos porque creemos en el perdón, en la alegría, en la liberación, en la resurrección, en la Vida. El corazón de nuestra fe es una esperanza de que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección.

Pascua es la experiencia de que no estamos en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que nos han liberado de la losa que reducía la existencia a oscuridad y esclavitud. Pascua es luz, gozo, vida nueva.

Para muchos la cuestión difícil no está en saber si tienen fe en la resurrección, sino en saber si sienten deseo de resucitar y si tienen ganas de vivir. Lo esencial no es resucitar dentro de diez, de veinte o de cincuenta años, sino vivir ahora como resucitados. Pascua significa que podemos resucitar, que podemos experimentar una vida nueva. El cristiano no cree en la vida futura, sino en la vida eterna, que ha comenzado ya, que se vive desde ahora.

Para que la Pascua sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de esa zona de la propia alma en la que se está demasiado vivo: intereses, temores, tristezas, egoísmos. Y hay que resucitar en esa zona en la que estamos demasiado muertos: resucitar a la fe, a la esperanza, al perdón, al amor, a la paz, a la alegría.

La comunión pascual es no absolutizar el pan de esta vida, para poder saborear el pan de la otra vida, pan de justicia, de sinceridad, de entrega, de fraternidad. No hay que celebrar solamente la resurrección que aconteció hace dos mil años, sino hay que intentar que la Pascua sea fiesta actual en la resurrección de los cristianos, que atestiguan ante el mundo que es posible morir y resucitar.

La gran prueba que Cristo ha resucitado, de que Cristo vive, es que su amor vive, que hay personas y comunidades que viven de su vida y que aman con su amor.

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La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.

Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengáis miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1,17-18).

Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. Él es la “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. Él es “el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.

Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a plenitud.

Él está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. Él está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. Él está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.

Él está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. Él está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.

Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.

Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.

Hoy es la Fiesta de vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.

Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

 

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