Moniciones y homilías Domingo 3º Pascua C

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)…  hoy sigue resonando la gran alegría que nos trajo el Domingo de Resurrección: ¡EL SEÑOR ESTA AQUÍ! ¡EN MEDIO DE NOSOTROS! Y, además, nos invita a participar de su Cuerpo y de su Palabra. ¿Quién sino el Señor puede hacer eso?

Que la celebración de esta Eucaristía nos ayude a no dejarnos llevar por el pesimismo cuando las cosas no nos salen bien. El Señor está en medio de nosotros y, su fuerza resucitada, nos tiene que hacer ser testigos de su amor y de su presencia. ¿Lo intentamos?

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La fe en Jesús movió los corazones de los apóstoles. Hoy, en las lecturas que vamos a escuchar, nos quedaremos asombrados de la gigantesca fe de estos amigos de Jesús. Fueron capaces de reconocer su presencia y, sobre todo, obedecer a Dios antes que a los mismos hombres. Escuchemos con atención.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1) Por la Iglesia. Para que a pesar de las dificultades no pierda la esperanza de que, Jesús, es quien dirige todo lo que es y todo lo que hace por el Evangelio. Roguemos al Señor.

2) Por todos los que trabajan en las parroquias. Por los sacerdotes, catequistas, grupos, etc. Para que nunca se cansen de echar las redes para dar a conocer el mensaje de Jesús. Roguemos al Señor.

3) Por todos nosotros. Para que alimentemos nuestra fe con el pan de la Eucaristía y el pan de la Palabra. Roguemos al Señor.

4) Para que, cuando las cosas no nos vayan bien, miremos a la otra orilla; es decir, a Jesús, y le pidamos la ayuda necesaria para seguir trabajando por un mundo mejor. Roguemos al Señor.

5) Por los que no esperan en nada. Por los que han perdido la fe en Dios. Para que el Espíritu Santo mueva sus corazones y sus almas y puedan reconocer a Jesús como Resucitado. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 3º de Pascua  /  C

 

No está de moda ir contracorriente en aquello que, a los ojos de la fe y del evangelio, no se ajusta. Ser cristiano, en algunos momentos nos puede inducir a cierta “desobediencia civil”. Esto, por si lo hemos olvidado, no es nuevo. Lo dice, meridianamente claro, la lectura primera que acabamos de escuchar: “hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres”.

1.- ¡Feliz Pascua con el Resucitado, hermanos!- Y que no nos quedemos atrás a la hora de proponer (no imponer) aquello que desde el Evangelio sabemos que sería la gran alegría del mundo y el gran secreto para que todo lo que nos rodea tuviera un horizonte lleno de luz. Ya, el Papa Benedicto XVI, en un mensaje pascual nos lo recordaba. “Para hacer frente a la gran crisis del mundo, tenemos que rearmarnos moralmente”. Y es verdad. Si nos dedicamos exclusivamente a sujetarnos a las reglas establecidas por los poderosos de turno, a dejar a un lado los derechos de los más débiles, a marginar a todo el que no piensa como nosotros…el resultado será o sería catastrófico.

Como cristianos no podemos perder la esperanza. En algunos momentos, y por diversos cauces, escuchamos que el mundo está perdido. Que no hay solución. ¡Mentira! La Pascua, el paso del Señor Resucitado, nos ha dejado la fuerza y el tesón de los que creen en El. ¿Podemos decepcionar al Señor con nuestro absentismo? ¿Por qué no echar, una y otra vez, las redes de nuestras buenas voluntades allá donde pensamos que todo está acabado? ¿Qué es difícil? ¿Que el cansancio hace mella en nuestro seguimiento a Jesús?

¡Es el Señor! Y, por el Señor, antes y después, ahora, mañana y siempre nos hemos de emplear a fondo para sembrar en su nombre, para remar con El y para intentar que el mundo, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, conozcan (los que todavía no lo han escuchado), reconozcan (los que lo han olvidado) a un Cristo que trae vida, ilusión y coraje para todos.

2.- ¡Feliz Pascua con el Resucitado, amigos! No nos puede agobiar la ausencia de frutos. Aunque existan razones para el pesimismo, para mil y una preocupaciones, el Señor nos invita, nos sugiere que hay que seguir adelante. Que la barca, aunque aparentemente esté vacía, se sostiene porque El va al timón. ¿Le queremos? ¡Que se note en nuestro combate del día a día!

Eso nos falta: confianza absoluta en Él. No podemos castigarnos tanto. No podemos centrar toda la labor pastoral, catequética, caritativa, asistencial o lúdica exclusivamente en nuestras fuerzas. El Señor, al fin y al cabo, es quien nos otorga la capacidad para hacer frente a las contrariedades.

Los apóstoles, como nosotros en algunos momentos, estaban a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. Sólo, cuando apareció el Señor, el panorama cambió de color.

Que también nosotros, lejos de abandonar cuando el horizonte es oscuro, imploremos, recemos y miremos al cielo buscando la mano siempre tendida de Jesús que sale en los momentos más amargos de tristeza y de dolor. ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! ¡MERECE LA PENA OBEDECER AL SEÑOR!

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Cuando uno se presenta al examen de ingreso a la Universidad, su preocupación es ¿qué preguntas nos harán?

En esto los cristianos tenemos una enorme ventaja. Todos sabemos las preguntas que nos harán cuando lleguemos a Dios. Y también sabemos cuáles debieran ser las preguntas a hacer a aquellos que son elegidos para gobernar en la Iglesia.

 

Jesús, antes de concederle a Pedro la primacía en la Iglesia, no le examinó ni de Teología, ni de Derecho Canónico, ni de Sociología, ni de Psicología, ni tampoco de Moral, ni de cómo se llevaba con las autoridades, ni de su capacidad diplomática para relacionarse con los Gobiernos.

Jesús le hizo una sola pregunta.

Pero ésta repetida tres veces. “¿Me amas más que estos?”.

 Ni siquiera le pregunta si le ama, sino si “ama más”. Porque quien quiera ser cabeza de los demás, debe “amar más que los demás”.

 

Gobernar no es solo preocuparse de la ortodoxia doctrinal. Ni tampoco de la disciplina eclesiástica. Ni tampoco de las normas de liturgia. Todo eso estará bien.

Pero gobernar al Pueblo de Dios es mucho más: es crear comunidades de amor. Es crear comunidades testigos del amor. Y para ello es preciso crear comunidades que se sientan amadas.

 Jesús cabeza de la Iglesia, fue el que “más amó”, porque “amó hasta entregarse a sí mismo y dar su vida por la Iglesia”. Y quien quiera representarle en la Iglesia, tendrá que hacerlo como El lo hizo: “amando”.

Quien no ama, gobierna.  Quien no ama, manda.  Quien no ama, ordena.  Quien no ama, condena, excomulga.

 

Y no fue esto lo que Jesús pidió a Pedro. A Pedro se le pidió:

 “Apacienta mis corderos”. “Pastorea mis ovejas”. “Apacienta a mis ovejas”.

 

La Iglesia necesita de la fidelidad a la Palabra. Pero la Iglesia es mucho más que “ortodoxia”.

La Iglesia necesita de la fidelidad al “Amor”. Porque la Iglesia es fundamentalmente “comunidad de amor”. “En esto se conocerá que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros”.

No nos dice que se nos reconocerá como discípulos por lo que sabemos sino por lo que amamos.

No nos dice que se nos reconocerá como discípulos por pensar todos igual, sino por amar.

Todos sabemos que Dios es verdad. Pero Dios es sobre todo “Amor”.

San Juan no dijo que “Dios es verdad”, sino que  “Dios es amor”.

 

El examen de Jesús a Pedro nos lleva a decir: Iglesia de la verdad, sí. Pero una verdad animada e iluminada siempre por el amor. Benedicto XVI nos dijo: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”? (1Jn 4,16) “Estas palabras expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”. Y añade: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel...”(Dios es amor n. 1) El Papa cita una frase de San Agustín: “Ves la Trinidad si ves el amor”. Digámoslo de otra manera: “Ves a la Iglesia si ves el amor en ella”.

 

 

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San Pedro había negado por tres veces a Cristo en la noche terrible del Jueves al Viernes Santo. Después de la resurrección, Pedro había recuperado la fe, pero quedaba pendiente una rectificación de aquella triple ofensa. El Señor quiso lavar su mancha con una triple pregunta que le permitía al discípulo llamado a ser vicario de Cristo testimoniar delante del resto de los apóstoles el amor por el Maestro, que había quedado en entredicho. Pero, además, Cristo quiso darle una lección a Pedro y, de paso, a todos los demás. Por eso no sólo se limitó a preguntarle si le amaba, sino que tras cada afirmación de su futuro vicario en la tierra, el Señor le encomendó la tarea de cuidar del rebaño que le iba a seguir, en el presente y en el futuro. “Si me amas -venía a decir Cristo a Pedro- demuéstramelo trabajando por mí y por mi causa”.

Es lo mismo que nos dice a cada uno de nosotros: si me amas, trabaja por mí; si me amas, evangeliza y haz apostolado; si me amas, ayúdame en los que están sufriendo pues todo lo que hayas hecho al más pequeño a mí me lo has hecho.

La lección que nos da Cristo a través de aquel triple interrogatorio a Pedro es que el amor no es un sentimiento solamente, no puede quedarse reducido a un sentimiento. El amor sin obras es una caricatura del amor, es incluso ofensivo. No le puedes decir a alguien que le quieres y, a la vez, no ayudarle o incluso hacerle daño. Obras son amores y no buenas razones, decimos en castellano. Así lo enseñó Cristo.

La fe, como el amor, es un itinerario. No se consigue de una vez para siempre. Y nada garantiza su continuidad. La fe nace de la escucha de la Palabra de Dios. Pero exige permanecer a la escucha fiel de esa palabra.

El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua evoca la crisis de la fe y de la vocación de los discípulos de Jesús (Jn 21, 3-19). Pero también su recuperación gracias al mismo Jesús Resucitado. Bien lo refleja el comentario de la Comunidad de Bose a este evangelio.

El relato nos presenta un paso simbólico que va de la noche al amanecer, y por tanto de las tinieblas a la luz (vv.3-4). Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. Primero se dice que los discípulos no sabían que era Jesús (v.4) y después se afirma que ya sabían que era Jesús (v.12).

 

Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no pescaban nada (v. 3), a la satisfacción ante una pesca abundante (v. 6.8). Y un cuarto paso los lleva de la carestía, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), a la abundancia del almuerzo que Jesús les prepara (vv. 9-12).

 

LA FE, EL AMOR Y LA MISIÓN

 

De todas formas, el núcleo del evangelio que hoy se proclama se centra en el diálogo de Jesús con Simón Pedro.

 

• “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Llama la atención que Jesús se dirija a Pedro con su nombre original. Es como si al traicionar a Jesús hubiera perdido el nombre de Pedro que Jesús le había impuesto. Quien dejó de afirmarse en Jesús parecía perder su condición de “roca” en la que habrían de afirmarse los demás.

 

• “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. En otro tiempo, ante la pregunta de Jesús, Simón Pedro había respondido en nombre de los discípulos, dando cuenta de su fe en el Maestro. Ahora se trata de descubrir que la fe exige la fidelidad del amor. Un amor que nunca puede darse por sabido. Un amor que siempre hay que declarar, como se profesa la fe.

 

• “Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas”. Simón Pedro no deberá olvidar que Jesús es el único y el verdadero Pastor del rebaño. Apacentar las ovejas y los corderos es un elemento esencial en la misión del apóstol. Pero es una misión confiada. Es una responsabilidad. Las ovejas y los corderos son del Señor.

 

EL SEGUIMIENTO

 

Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Un escenario bien conocido por Simón. Allí pescaba en otros tiempos. Y allí decide regresar, como si para nada contase el tiempo vivido junto a Jesús. Como si hubiera olvidado la llamada y la misión.

 

• “Sígueme”. En el evangelio son tan importantes las palabras como los gestos. Jesús camina por la orilla del lago, como en otro tiempo. Invita a los muchachos a echar de nuevo las redes, como en otro tiempo. Toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da, como en otro tiempo. Jesús repite los signos y la palabra de otro tiempo

 

• “Sígueme”. Con esa invitación había llamado a los discípulos. Esa palabra se había convertido en la clave del discipulado. Y ahora Jesús la dirige a los que parecen haber olvidado la llamada. Por encima de la crisis permanece la fidelidad del Señor. Y, a pesar de la crisis, se espera la fidelidad del discípulo.

 

• “Sígueme”. Esa es la palabra que Jesús resucitado dirige hoy a su Iglesia, para que abandone todo lo que la ata y encuentre el camino de la libertad. Y esa es la palabra que dirige a cada uno de los cristianos. A los que se consideran fieles a la llamada primera y a los que, alguna vez, se han escandalizado, han titubeado y han pensado abandonar el camino de la fe.

 

- Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, sabemos que tú nos buscas y nos llamas a pesar de nuestros olvidos y traiciones. Escuchando tu palabra y recordando tus gestos, podemos reconocerte, aun en medio de las crisis de la fe y del amor. Ven a nuestro encuentro para que podamos seguirte con fidelidad. Amén. ¡Aleluya!

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“No tengamos miedo de ser cristianos y de vivir como tales”. Este, entre otros, fue el mensaje que el Papa Francisco derramaba sobre todos los fieles presentes en el Regina Coeli del día 7 de abril. Y es que, para anunciar y tener el coraje de lleva a Cristo a este mundo nuestro, primero tenemos que ser y vivir como cristianos. ¿Cómo anunciar lo que desconocemos?

 

 

1. ¡Feliz Pascua con el Resucitado, hermanos! - Que no nos quedemos atrás a la hora de proponer (no imponer) aquello que desde el Evangelio sabemos que sería la gran alegría del mundo y el gran secreto para que todo lo que nos rodea tuviera un horizonte lleno de luz. Como cristianos no podemos perder la esperanza. En algunos momentos, y por diversos cauces, escuchamos que el mundo está perdido. Que no hay solución. ¡Mentira! La Pascua, el paso del Señor Resucitado, nos ha dejado la fuerza y el tesón de los que creen en El. ¿Podemos decepcionar al Señor con nuestro absentismo? ¿Por qué no echar, una y otra vez, las redes de nuestras buenas voluntades allá donde pensamos que todo está acabado? ¿Qué es difícil? ¿Que el cansancio hace mella en nuestro seguimiento a Jesús?

 

¡Es el Señor! Y, por el Señor, antes y después, ahora, mañana y siempre nos hemos de emplear a fondo para sembrar en su nombre, para remar con Él y para intentar que el mundo, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, conozcan (los que todavía no lo han escuchado), reconozcan (los que lo han olvidado) a un Cristo que trae vida, ilusión y coraje para todos.

 

2. ¡Feliz Pascua con el Resucitado, amigos! - No nos puede agobiar la ausencia de frutos. Aunque existan razones para el pesimismo, para mil y una preocupaciones, el Señor nos invita, nos sugiere que hay que seguir adelante. Que la barca, aunque aparentemente esté vacía, se sostiene porque Él va al timón. ¿Le queremos? ¡Que se note en nuestro combate del día a día!

 

Eso nos falta: confianza absoluta en El. No podemos castigarnos tanto. No podemos centrar toda la labor pastoral, catequética, caritativa, asistencial o lúdica exclusivamente en nuestras fuerzas. El Señor, al fin y al cabo, es quien nos otorga la capacidad para hacer frente a las contrariedades. Qué bien lo expresaba el Papa Francisco en el inicio de su pontificado al recordarnos que no hemos de abandonar la cruz. Que, la cruz, ha de ir siempre con nosotros.

 

Los apóstoles, como nosotros en algunos momentos, estaban a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. Sólo, cuando apareció el Señor, el panorama cambió de color.

 

Que también nosotros, lejos de abandonar cuando el horizonte es oscuro, imploremos, recemos y miremos al cielo buscando la mano siempre tendida de Jesús que sale en los momentos más amargos de tristeza y de dolor.