Moniciones y homilías

Domingo 4º de Pascua  / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)…  seguimos celebrando con gran alegría la PASCUA DEL SEÑOR. Hoy, el Resucitado, se nos presenta como el BUEN PASTOR.

Su voz es para nosotros un motivo para vivir, creer y confiar.

Su bastón, o cayado, es para todos los cristianos, la seguridad de que, con Jesús, estamos llamados a una vida eterna. ¿Quién nos puede ofrecer eso si no es Jesús?

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar son una llamada a estar pendientes de la Palabra del Señor. Hay muchas cosas que dificultan nuestra amistad con el Señor. Hoy, Jesús, nos dice que, todo el que le sigue tendrá una vida eterna. Que nada ni nadie nos arrebate la oportunidad de vivir con Él y para Él. Escuchemos…

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que nunca falten hombres y mujeres, chicos y chicas dispuestos a dar su vida por el Evangelio. Pidamos al Señor para que no nos falten sacerdotes. Roguemos al Señor.

2. Por nuestra tierra. ¡Cuántas ideas y cuántos ruidos! Pidamos al Señor que no nos perdamos el escuchar su Palabra. Que la reflexionemos y la pensemos. Roguemos al Señor.

3. Por los que actúan como si fueran dioses. Por aquellos que tienen la mano excesivamente dura para mandar o imponer sus ideas. Para que sean más comprensivos con los que les rodean. Roguemos al Señor.

4. Por los que se han marchado lejos del camino de la fe. Para que vuelvan al encuentro con el Señor. Pidamos por tantos padres que se preocupan de que sus hijos hagan la comunión pero, luego, olvidan educarlos en la fe. Roguemos al Señor.

5. Pidamos por los sacerdotes de Fuengirola. Para que seamos sus colaboradores. Para que el Señor les de fuerza para seguir adelante en el anuncio del Reino de Dios. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 4º de Pascua  /  C

 

Domingo del Buen Pastor. Y, necesariamente, nuestras miradas se centran en el auténtico, radical, nítido y verdadero Pastor: Jesús de Nazaret. Qué atinado estuvo recientemente el cardenal Sodano cuando, al hilo de los últimos acontecimientos (con ensañamiento incluido) que sacuden a nuestra Iglesia, afirmaba “no tiene la culpa Cristo de la traición de Judas”. Y es así.

1.- En plena Pascua, la fiesta del Buen Pastor, nos invita a dar gracias a Dios por aquellos pastores que se dedican en cuerpo y alma a su Ministerio Sacerdotal.

Demos gracias al Señor porque, el Buen Pastor, sigue siendo en la inmensa mayoría de los consagrados, un modelo de referencia y de coherencia. Porque, el Buen Pastor, sigue siendo lo más importante y esencial en el corazón de cientos de miles de hombres que saben que, en la fidelidad, en el amor o en el silencio, en el trabajo de cada día o en el evangelio, es donde encuentran su apoyo y estímulo para seguir adelante.

2.- Nada ni nadie puede desdibujar o desfigurar aquella imagen (no idílica y sí real) que tenemos de los pastores que intentan (intentamos) buscar el reino de Dios, el bien de las personas y desvivirnos hasta más no poder por nuestras comunidades. ¿Qué no todo lo hacemos bien? ¿Qué no llegamos donde debiéramos? ¿Qué, una gota de tinta, tiñe una gran jarra de agua cristalina? Es verdad. Pero, el Buen Pastor, siempre nos exige permanecer, perseverar, intentarlo.

Buen pastor, no es desde luego, aquel que viendo las orejas al lobo, huye despavorido. Buen pastor no es aquel que vive plácidamente su vida y exige honradez a los demás. Buen pastor no lo es, por supuesto, aquel que predica una iglesia a su medida o construye una comunidad a su imagen y olvida que la Iglesia es universal o que, la Iglesia no es personalista o una institución a la carta.

3.- Hoy, más que nunca, pedimos por los sacerdotes. Estamos a punto de culminar este Año Sacerdotal. No ha sido precisamente un “año de rosas” para los sacerdotes. Hemos estado constantemente en el candelero y no precisamente tratados con justicia o con cariño. En el fondo (y aún con la que nos está cayendo) el “buen pastor” molesta. Es decir; aquellos que ponen la pobreza por encima de la riqueza; aquellos que defienden a los más débiles, las vidas de los no nacidos o valores muy distintos a los que la sociedad, desde el púlpito de tantos medios de comunicación, propaga como la conquista más grande de nuestros tiempos.

4.- Pidamos al Señor que, en este día del Buen Pastor, los sacerdotes seamos capaces de conducir (con ilusión y renovada esperanza) a todas las comunidades que tienen derecho a disfrutar de esos valles, de esos pastos, de esa comida que son –ni más ni menos- el semblante o el rostro del Dios vivo.

Sí; amigos. ¡Bravo por los buenos pastores! Por aquellos que, aún con algunas flaquezas y defectos, llevan adelante con tesón y con entusiasmo, la obra encomendada por Jesús.

--¡Bravo por los buenos pastores! Por aquellos que no se amilanan ante las dificultades, acoso o derribo.

--¡Bravo por los buenos pastores! Por aquellos que, como Cristo, son conscientes que el Reino de Dios conlleva contradicción, persecución, incomprensión y cruz.

--¡Bravo por los buenos pastores! Por aquellos que, en una atmósfera de desasosiego y muerte, proclaman a los cuatro vientos la alegría de la Pascua: ¡JESÚS HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

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El testimonio suscita vocaciones. Es el lema de la 47 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra en el IV domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”. La fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo.

Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, el Papa quiere invitar a todos los que el Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta.

Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el “hombre de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra.

La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo “visto” personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él. De la experiencia de Dios surge el compromiso de servir al pueblo de Dios a él encomendado, dedicando su tiempo, sus cualidades, su vida entera especialmente a los más necesitados.

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Un Evangelio de tres versículos y con ocho verbos.
Por tanto tres versículos dinámicos.
Veamos: “escuchar”, “conocer”, “seguir”, “dar vida”, “no perecer”, “no arrebatar”, “dadas por el Padre”, “somos uno”.

Estos ocho verbos, de alguna manera están indicando el dinamismo de la comunidad eclesial, de la que Jesús es el Buen Pastor. No olvidemos algo fundamental: el buen Pastor será siempre Jesús.
Porque los demás “pastores” no son sino representantes llamados a actuar en nombre suyo.
Y serán sus representantes en la medida en que actúen con la mentalidad y el estilo de Jesús.

 

 

 

 

Con frecuencia, tenemos la idea de que el “rebaño de la comunidad” es propiedad de los pastores humanos representantes de Jesús, el Buen Pastor.

 

 A decir verdad, nadie es dueño del rebaño, nadie es dueño de la comunidad.

El único dueño es El.

 

Y nadie puede hacer del rebaño lo que quiere, sino lo que quiere Jesús.

Nadie puede hacer del rebaño una propiedad privada.

 

Ni modelarlo a su gusto y antojo, sino al estilo que quiere Jesús hoy.

 

Los pastores tenemos bien definidos y marcados nuestros caminos en y con la comunidad.

 

“Escuchan mi voz”. La verdadera voz que se debe escuchar en el rebaño es la del Pastor Jesús. Por tanto, cuantos se encargan de hablar en su nombre, tienen que hablar lo que Jesús quiere decir hoy a su rebaño. No sus ideas, no sus gustos y preferencias espirituales.

 

No sus teologías particulares, sino el Evangelio de Jesús.

 

Me conocen”. La inmensa mayoría de los fieles no conocen a su pastor.

 

Muchos ni conocen su nombre.

Muchos nunca le han tratado.

Muchos nunca le han cogido de la mano porque viven demasiado protegidos.

Ovejas que no conocen a su pastor y pastor que no conoce a sus ovejas.

A todas las atiende en el anonimato.

El verdadero pastor acompaña y sigue el mismo camino de las ovejas.

El verdadero pastor no pastorea desde lejos sino desde cerca.

El verdadero pastor tiene que oler a oveja.

El verdadero pastor tiene que oler a pueblo, no a oficina.

Jesús olía a cuna de pastores.

Olía a establo de ovejas.

Jesús olía a pueblo sencillo.

Olía a enfermos.

Olía a ciegos, a leprosos, a cojos y paralíticos.

Olía a gente que tenía hambre.

 

El mejor perfume de un pastor es el olor a gente, a pueblo.

Un día los niños querían tocar a Jesús. Y los discípulos se lo prohibieron.

También ellos trataban de hacer de guardaespaldas de Jesús.

Y El les llamó la atención: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

 

Me siguen”. No seguimos a los hombres. Seguimos a Jesús.

Los hombres no podemos suplantar a Jesús.

Los hombres no podemos ser nunca la medida de nuestros fieles.

Los hombres, a lo más, debiéramos ser las primeras ovejas que escuchan, conocen y siguen a Jesús.

Y así marcarles el camino. Pero no podemos pedirles que “nos sigan a nosotros”.

 

Yo les doy la vida”. El único que puede dar vida es Jesús.

Los fieles no están llamados a vivir nuestra vida de pastores, sino la de El, el Buen Pastor.

Nuestra misión de pastores no es la de dar la vida.

Sino mostrarles dónde está la vida.

Cuando más, tenemos la misión de evitar que les quiten la vida.

Evitar alguien haga estragos en el rebaño.

Pero donde el miedo a estos estragos tampoco puede ser razón y motivo para limitar las legítimas libertades del rebaño.

Prudencia, sí. Miedo, no.

El miedo paraliza al pastor y también al rebaño.

Somos el único rebaño donde ovejas y Pastor vivimos la misma vida.

 

 “No perecerán”. Y no perecerán porque la vida que reciben es la vida verdadera, la que nunca muere, la “vida eterna”. Por eso somos “un rebaño de inmortales”.

 

Pero esta vida tiene amenazas también de muerte.

 

Hay pastizales que son peligrosos.

Hay hierbas que están enfermas de productos químicos.

Hay fuentes contaminadas.

Y hay enfermedades contagiosas.

Y esas también pueden darse en el rebaño.

 

Pero no podemos vivir solamente de “miedos al peligro”. No podemos vivir de miedos que impidan a las ovejas crecer. No podemos vivir de miedos que impidan al rebaño pensar.

 

No podemos vivir de miedos que impidan al rebaño la libertad. Los peligros no podrán ser nunca una razón para esclavizar al rebaño.

 

 

 

El Evangelio de hoy es bien cortito, apenas tres versículos. A veces, pocas palabras dicen más que un montón. La parábola del Buen Pastor tiene una redacción muy curiosa, describe al Buen Pastor y describe también a las ovejas. Hoy se fija más en las ovejas que en el Pastor mismo. Si la característica del Buen Pastor es que “da la vida por las ovejas”, la característica de las ovejas es que “escuchan su voz y le siguen”.

Escuchan la llamada y la respuesta es el seguimiento. Dos elementos esenciales en la vida de la comunidad cristiana.

Escuchar a Dios en una sociedad llena de ruidos. Con frecuencia, se hacen análisis de los ruidos de la ciudad en la cantidad de decibeles, casi siempre superamos los límites permitidos. La voz de Dios tiene pocos decibeles, pero suficientes para ser escuchada por quienes tienen todavía oídos atentos.

Jesús se define como Palabra. Nosotros tendríamos que definirnos como “oídos”, como “escucha”, porque la fe nace precisamente de escuchar a alguien. Alguien que nos habla de sí y nos llama. El seguimiento no es sino la respuesta a la Palabra escuchada, lo cual significa que una de las características fundamentales de toda comunidad creyente es la proclamación y la escucha de la Palabra. Donde no hay proclamación no puede haber escucha. Pero donde no hay escucha, la Palabra no pasa de ser un simple sonido vacío.

Para escuchar hay que proclamar. Tan importante como la proclamación es la actitud de escuchar. Por eso, uno de los momentos importantes en la celebración de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Es una pena cuando se escucha decir: “Padre, he llegado cuando ya habían leído el Evangelio, ¿me vale la Misa?” El problema no es si me vale o no la Misa, el problema es que no he “escuchado” a Dios. Por consiguiente, ¿dónde puede estar la respuesta del “seguimiento”?

Cuando queremos escuchar música, tratamos de que haya silencio en la sala. Es que solo en el silencio se puede saborear la música. Cuando queremos escuchar la Palabra de Dios, también es preciso hacer silencio en la sala del corazón y de la mente porque sólo en ese silencio interior podremos disfrutar de la música de la Palabra de Dios.

Decir que “mis ovejas escuchan mi voz” significa que estamos atentos a lo que Él nos dice. Y que disponemos de tiempos adecuados para esta escucha. A veces pienso, y perdonen mis pensamientos, que estamos más atentos al celular que llevamos en el bolsillo que a la Palabra que se proclama desde el altar.

“YO LAS CONOZCO”

Es fácil conocer a todos los miembros de la comunidad mientras son pocos, pero la cosa se complica cuando vemos parroquias enormes y con miles de fieles. ¿Se puede hablar entonces de que el pastor conoce a sus ovejas? Yo tengo muchas dudas de que los Pastores conozcan hoy a su rebaño y hasta me atrevería a decir que es imposible. También es cierto que los métodos de pastoral tampoco se prestan mucho para ello: pastoral de “sillón” o “pastoral de despacho”. Conoces a los que vienen, pero quién conoce al resto que no viene.

Esto me hace pensar que “pastores” no pueden ser sólo los Obispos o los Sacerdotes. Pastores no debiéramos sentir todos, hasta se me ocurre que debiéramos pensar un poco en la “pastoral del padrinazgo”. Es decir, que cada creyente se hiciese cargo de un no creyente. Que cada uno que viene a Misa se hiciese cargo, padrino, de otro que no viene e hiciese una pastoral de acompañamiento. Es cierto que nadie regala la fe al otro, pero todos podemos ser puentes entre unos y otros. Algo que, por otra parte, no veo muy fácil porque pienso en los padrinos de Bautismo, de Confirmación y me pregunto para qué sirven. ¿Acaso asumen una verdadera responsabilidad de acompañamiento de fe de sus ahijados? Hasta donde da mi experiencia, me parecen más “padrinos de adorno” que padrinos que ejercen una verdadera paternidad espiritual.

Pero, el hecho de que algo no funcione, no puede ser obstáculo para hacer nuevos ensayos, nuevas experiencias.

Tampoco pretendo con ello reemplazar a los “pastores de sillón y despacho”. Es posible que muchas de las funciones de los despachos pudieran delegarse y el pastor dedicarse un poco más a salir al encuentro, a conocer a aquellos que la Iglesia le ha encomendado. Jesús no tuvo despacho alguno. El único despacho y sillón de Jesús fueron los caminos por donde transitaba la gente.

SILENCIO PARA ESCUCHARNOS

No sólo necesitamos del silencio para escuchar la Palabra de Dios, sino que también necesitamos del silencio para escucharnos a nosotros mismos. No. No se trata de un ensimismamiento egoísta que nos encierra en nosotros mismos.

Se trata más bien de escuchar los latidos del corazón, los latidos del alma, los latidos de la vida. Se trata de escucharnos a nosotros. Escuchar lo mejor que llevamos dentro. Escuchar nuestros propios silencios interiores. Escuchar las voces de nuestro corazón. Escuchar nuestras ilusiones y esperanzas. Escuchar nuestras tristezas y alegrías. Escuchar nuestras penas y nuestros gozos.

Es que todos, aunque parezca mentira, llevamos una música dentro de nosotros. Los compositores musicales, antes de escribir la partitura la escuchan dentro, luego no es sino cuestión de poner las notas en el papel. Un amigo mío que suele escribir poesía me comentaba en una ocasión: “No puedo escribir lo que primero no siento y escucho dentro. Por eso hay días que, aunque quiera, no me sale nada.”

¿Cuántos conocemos la música que llevamos dentro de nosotros? ¿Cuántos conocemos lo mejor de nosotros mismos? Yo estoy seguro que cada uno lleva dentro mucha más bondad, gracia y santidad, de la que nos imaginamos. Lo que sucede es que no nos enteramos de ello. Es posible que dentro de cada uno haya tesoros todavía inexplorados, riquezas no descubiertas, vida que aún no hemos estrenado.

Por eso necesitamos tiempo silencioso para meternos ahí dentro, bucear en nuestro corazón y reconocernos en todo lo bueno que tenemos. No es soberbia reconocer la bondad que hay dentro. Al contrario, pienso que es ser desagradecidos con Dios, el no tomar conciencia de tanto don secreto que hay en nuestras almas. ¡Cuánto bien nos haría el dedicarnos cada día unos minutos a este buceo submarino de nuestro espíritu! Posiblemente nos sentiríamos más a gusto con nosotros mismos y nos valoraríamos un poco más, que también es importante.

PARA QUE NOS ESCUCHEN

Para que nos escuchen tenemos que hablarles. Hablar a los que tenemos cerca, hablar a los que están lejos. Para hablar a los que están cerca es preciso hablar su propio lenguaje, su propio idioma. De lo contrario, necesitamos de traductores. Por eso, una de las preocupaciones de la pastoral es, sin duda, si hablamos el lenguaje de la gente o seguimos hablando ese lenguaje exotérico de la teología. Anunciar el Evangelio no es tanto decir lo que nosotros pensamos sino lo que Jesús quiere decirles, es hablar con el lenguaje de la vida, no con el de los libros, es hablar desde ellos y para ellos. Cada uno debiera sentir que aquello se dirige personalmente a él. Cuentan de San Juan Bosco que solía escribir sus homilías, pero primero se las leía a su madre para ver si ella había entendido lo que quería decir.

Para hablar a los de lejos hay que ir hasta los demás. Esto implica meternos en el mundo de ellos, participar de su propio espacio. Meternos en sus problemas, participar de sus propias alegrías, solidarizarnos con sus penas y sufrimientos. Incluso, participar de su ambiente festivo. Es aquí donde los seglares tienen un campo que les es propio. El sacerdote no puede llegar a todos esos ambientes, pero a donde él no llega, sí pueden llegar los seglares. Además no de una manera solemne e intencionada, sino de una manera espontánea, natural, como uno más del grupo. De los seglares se ha dicho que “son el corazón del mundo en la Iglesia y el corazón de la Iglesia en el mundo”. A lo que yo agregaría: “Los seglares son el mundo traído al Evangelio y el Evangelio llevado como fermento al mundo.” En este sentido, pudiéramos hablar de laicizar más el Evangelio y evangelizar más lo mundano. No son realidades que se opongan, sino realidades que mutuamente se necesitan. El Evangelio necesita del mundo para encarnarse y el mundo necesita del Evangelio para transformarse. ¿Será esta una opción de los seglares o no será más bien una vocación, una misión?
 

El Papa Francisco ha reclamado a sus curas y obispos que sean pastores con olor a oveja. Cristo olió a nosotros y le crucificaron, y continuaba oliendo a nosotros cuando resucitó para salvarnos.

La arrogancia mata y el amor salva. Ésta es la gran lección: estamos hechos de amor y esperanza aunque a veces nos ensombrezcamos de odio y de rabia.

1.- Seguimos en este tiempo de la Pascua, atónitos y deslumbrados, por los fulgores de la Resurrección de Cristo. Antes de su resurrección ya nos dejó muchas pistas para que pensáramos qué significaba ser cristianos o discípulos suyos. No podemos quedarnos exclusivamente en el ser buenos, en afanarnos por un mundo mejor, en compartir algo de lo nuestro (eso lo puede realizar cualquiera que no sea creyente) para afirmar que nuestra vida cristiana ya es “como Dios manda”. Hay que ir más allá.

El Buen Pastor, Jesús, espera nuestra adhesión hacia Él. Implica el dejarnos guiar, seducir y regir por su cayado y por su voluntad. Tres huellas, del Buen Pastor, nos pueden ayudar a no alejarnos de El:

La Palabra: nos ilumina. Nos anima en tiempos de dificultades. Nos rescata de atolladeros en los que, por diversas circunstancias, nos hemos metido. La Palabra del Buen Pastor es siempre segura, certera, sabrosa. No escucharla nos lleva, en la mayoría de los casos, a un desconocimiento total de la personalidad y de la misión de Jesús.

La Oración: con la oración, el Buen Pastor, se relaciona personalmente con cada uno de los miembros de su rebaño. Con la oración, Jesús, nos señala la vía que hemos de escoger para no perdernos en las noches oscuras de la vida. Con la oración sentimos la necesidad de entrar en diálogo con Aquel que nos ama, que nos comprende y que nos quiere tal y como somos.

La Eucaristía: sin ella, los amigos de Cristo, nos debilitamos. El cristiano que no vive ni participa de la eucaristía corre un serio riesgo: ser un simple borrego. Se deja ordenar por lo dictados del mundo. Se alimenta exclusivamente por otros alimentos perecederos que la sociedad ofrece, para embellecer el cuerpo o agradar el paladar, pero en detrimento de la belleza del espíritu o del alma.

2.- En un tiempo en el que escasean tanto los líderes, necesitamos de Alguien que presida y motive nuestra existencia. Que nos reconozca con nuestro propio nombre y apellidos. Que nos trate con cierta dignidad y delicadeza. Como Jesús nada ni nadie.

Será difícil alcanzar la meta que Jesús nos propone. Será ardua la tarea de que, los pastores que dirigen la Iglesia, seamos tal y como Jesús se nos mostró. Pero siempre nos quedará el empeño de no abandonar cuando “tantos lobos” intentan apagar la voz de la verdad de Dios y, otras veces, arremeter contra los pastores que –con pecados y virtudes- intentan/intentamos orientar la vida de nuestras comunidades cristianas.

Demos gracias al Señor, en este Domingo IV de Pascua, porque sigue encabezando nuestro peregrinar por esta tierra e, incluso, dando la vida por cada uno de nosotros.

 

3.- Os pedimos, en este Día del Buen Pastor, una oración por nosotros (por los sacerdotes). Grande la misión que nos ha encomendado el Señor, y muy frágiles en muchas ocasiones nuestras fuerzas. Por nuestras debilidades, pecados e inseguridades. E igualmente por aquel que preside la Iglesia en la unidad: el Papa Francisco en la que nos invita a involucrarnos más y mejor, con más intensidad y sencillez, para llevar al Pueblo de Dios a la coherencia en la fe.

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Normalmente los hombres consideran que Dios les está cercano, les ama, cuando escucha su voz, cuando atiende a sus súplicas. Para la mayoría, el milagro es el certificado, la prueba del amor de Dios. De ahí las crisis de fe -de una fe poco formada, ciertamente- cuando aparentemente Dios no escucha nuestras súplicas.

Deberíamos, sin embargo, ser coherentes con nuestros propios criterios y aplicarlos a nuestra relación con Dios. Si así lo hiciéramos nos preguntaríamos: ¿Estoy escuchando yo la voz de Dios? ¿Estoy atendiendo a los gritos de socorro que me lanza Dios desde su dolor, desde su necesidad? ¿No estaré dándole motivos sobrados para creer que no le quiero?.

Porque, además, si los planes de Dios a veces se escapan a nuestra inteligencia, no le ocurre lo mismo a Dios con los nuestros; es decir, que Dios no nos pide cosas que no podamos hacer, sino que sólo solicita de nosotros la ayuda que sí le podemos dar.

         Dios es un buen Señor y tiene derecho a encontrar buenos vasallos, buenos criados, buenos amigos, buenos discípulos.

Él ha dado la vida por sus ovejas, por nosotros. ¿Qué más podía hacer? ¿Podía haber manifestación de amor mayor, podía hacer un milagro más beneficioso para el género humano que salvarle de sus pecados y abrirle las puertas de la vida eterna?.

Por eso tiene derecho a encontrar en nosotros una respuesta equivalente. Debemos oír su voz y seguirle, porque sólo si lo hacemos puede completar en nosotros la obra que ya inició; sólo entonces podrá darnos la vida eterna prometida.

Debemos ser las buenas ovejas que tiene derecho a encontrar tan buen pastor.