CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO A

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… Bienvenidos, amigos y hermanos, a esta celebración del IV DOMINGO DE ADVIENTO. Nos quedan pocos días, muy pocos, para iniciar la Santa Navidad. Hoy, con María y José, nos sentimos peregrinos hacia Belén. ¿Queremos ver al Señor? ¿Lo esperamos? ¡El sale a nuestro encuentro!

Ella, la Virgen, dio lo mejor de sí misma: a Jesús. Que también nosotros y, animados por nuestra Madre, preparemos de verdad nuestras casas, nuestros corazones y nuestras vidas para que –el Señor- nazca de verdad en nosotros.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La confianza, expresada por nuestros antepasados, se cumple en Jesús. El Señor, Hijo de Dios, vendrá a salvarnos. Lo hará saliendo del cuerpo virginal de una mujer llamada María. Que las lecturas que vamos a escuchar nos alienten y nos empujen a vivir con emoción estas últimas horas antes de la Navidad.

 

PETICIONES

1. San José es patrón de la Iglesia. Para que la Iglesia sea como José: confiada en la Palabra de Dios y valiente protectora de Jesús. Roguemos al Señor.

2. María es Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Para que sepamos imitar a María en su obediencia, paz, sencillez, amor y generosidad hacia Jesús que viene en Belén. Roguemos al Señor.

3. Por todos los que estamos reunidos aquí en esta eucaristía. Para que adornemos cristianamente nuestros hogares y ventanas. Para que no olvidemos que, antes que nada, la Navidad es el acontecimiento de DIOS en Belén. Roguemos al Señor.

4. Hemos escuchado como José y María pasaron por dificultades y por incomprensiones. Que nosotros seamos valientes cuando, por ejemplo, vengan a nuestro encuentro dudas y sombras. Roguemos al Señor.

 

HOMILÍA DOMINGO 4º DE ADVIENTO A

Con este cuarto domingo culminamos el adviento. ¿Hemos preparado bien el camino de nuestras familias para que el Señor entre en ellas? ¿Hemos dispuesto el corazón y las entrañas de nuestras personas para que Dios hable? ¿Buscamos a Dios como fuente de toda esperanza y razón suprema de la próxima Navidad?

1.- Busquemos al Señor, amigos, y no dejemos en estos días previos a las Navidades que nada distorsione lo que a los cristianos nos importa: el acontecimiento que celebramos es el Nacimiento del Señor en Belén.

¡Son tantas cosas las que juegan a nuestro favor! La sensibilidad, la familia, la parroquia, la fe….

¡Son tantos los aspectos que pueden ensombrecer estos días santos! El consumo, no celebrar a Dios con la escucha de su Palabra, con la caridad, la sobre abundancia de cosas….

Estamos alegres y, teniendo como telón de fondo el mensaje de las lecturas del pasado domingo, seguimos apostando por la esperanza. ¡Dios asoma en el horizonte! Y, por lo tanto, la alegría brota en el semblante de un cristiano. ¿Que te encuentras agobiado? ¿Que tienes problemas? ¿Vas a permitir que, el bosque, no te deje ver y disfrutar de la luz?

2.- Hoy, con Santa María, recorremos los últimos metros que distan para llegar a Belén. El “Dios con nosotros” se hará posible gracias al “SI” de una humilde nazarena que, aún sin entender nada, supo cumplir la voluntad del Señor.

Diversos personajes nos han ayudado a estar en tensión durante el tiempo de adviento (Isaías, Juan Bautista….) ahora, de la mano de José y con María, nos adentramos en la noche oscura de Belén. Comprobaremos que, hoy como entonces, muchos siguen sin acoger al Niño. Que, otros, se dejan seducir por los magnates y poderosos que instan a marginar a ese “Niño” que, desde el día de nuestro Bautismo, entró en nuestro corazón. ¿Navidades santas o paganas? ¡Qué dilema!

Tal vez, también nosotros, como José… tengamos dudas y hasta temores. ¿No será mucho lo que Dios nos pide?

Dejemos que la próxima Navidad nos invada con su Misterio. Soñemos y, en el sueño, ojala que Dios nos dé la oportunidad de soñar con El. ¿Hemos soñado alguna vez con el cielo? ¿Hemos soñado con Dios, con María, con Jesús o con el Espíritu?

3.- Las Navidades, entre otras cosas, tienen la virtud de despertar lo más hondo de la sensibilidad de las personas. Bien es cierto que no sólo deben de conducir a eso. Por ello mismo, estos días, los hemos de aprovechar al máximo: que crezca nuestra vida interior (al contemplar al Dios que se hace Hombre); cultivando nuestras buenas obras (asombrándonos de lo que Dios hace por nosotros) y siendo fuertes en las pruebas (al ver a un Dios Todopoderoso que muerde el polvo de nuestra tierra).

Amigos; apuremos estos últimos instantes. ¡Dios está a la puerta! ¡Dios está llamando! ¡Que no pase de largo! ¡Que, con José y María, preparemos ya –interna y externamente-- nuestros hogares y nuestras almas para que de verdad se note que un Niño nos va a nacer!

Si Jesús, al nacer, no encontró más riqueza que el amor y la ternura de José y María que, por lo menos encuentre también en nosotros el mejor pesebre donde hacerse presente: nuestro corazón.

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José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Sabemos que en el lenguaje bíblico decir de una persona que “es justo” es lo mismo que decir que “es bueno”, “es santo”. Y en la religión judía era justo el que cumplía la Ley con fidelidad y devoción. Pues bien, aquí es donde yo veo la grandeza del alma evangélica de José. José conocía la ley de Moisés según la cual “si una joven virgen está prometida a un hombre y otro hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella los sacaréis a los dos a la puerta de esa ciudad y los apedrearéis hasta que mueran” (Dt 22, 23).

María estaba prometida con José, pero aún no habían comenzado a vivir juntos; si José denunciaba a María por estar embarazada antes de vivir con él, el castigo a María podía ser la lapidación. Así lo decía la ley de Moisés. José conocía a María, José conocía esta ley, José era un hombre justo. ¿Cómo debía actuar, cómo debía demostrar su justicia? El comportamiento de José me lleva inmediatamente a pensar en el comportamiento de su hijo, Jesús, cuando le presentaron a la mujer adúltera y le preguntaron “¿Tú qué dices? (Jn 8). Ya sé que se trata de dos casos muy distintos, pero la respuesta de Jesús puede ayudarnos a entender el sentido que José daba a la palabra “justicia”.

Jesús conocía tan bien como los fariseos lo que Moisés había mandado en la Ley para estos casos; por eso, la respuesta de Jesús es sorprendente e inesperada para los fariseos: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra”. La justicia de Jesús, como, en este nuestro caso, la de José, fue una justicia misericordiosa, una justicia basada no en la Ley de Moisés, sino en la ley del mandamiento del amor a Dios y al prójimo. ¿Es así nuestra justicia? De la respuesta que demos, podremos deducir cuál es nuestra bondad evangélica, nuestra santidad.

2.- Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Jesús, el niño que va a nacer de María, no vendrá a juzgar y condenar, no será esa su finalidad primera, vendrá en primer lugar a salvar, a perdonar los pecados del pueblo. No porque, legalmente, el pueblo mereciera el perdón, sino porque el niño que va a nacer viene enviado por un Padre misericordioso, porque viene, él mismo, como juez misericordioso. Tenemos que aprender los cristianos a ser jueces misericordiosos, según la justicia del evangelio, es decir, según la justicia de Jesucristo, según la justicia de Dios. Nuestra pobre justicia legal es, muchas veces, una justicia inmisericorde, una justicia antievangélica. Está bien que los jueces, en los tribunales civiles, apliquen la justicia legal; nosotros, los cristianos, en el tribunal de nuestra conciencia y en nuestro comportamiento ordinario, debemos aplicar siempre la justicia misericordiosa, la justicia evangélica, la justicia de José, la justicia de Dios.

3.- Le pondrá por nombre Emmanuel que significa: “Dios con nosotros”. La preparación propia del Adviento debe consistir en eso: en hacer posible que Dios, el Niño que va a nacer, pueda quedarse a vivir con nosotros. Que no le echemos de la tierra, que no le matemos y le crucifiquemos nosotros, con nuestros comportamientos mezquinos y antievangélicos. ¡Que José, el patriarca San José, nos enseñe a convivir, en paz y justicia, con María y el Niño!

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La figura de José

 Diversas figuras nos han ido apareciendo a lo largo del Adviento: Isaías, Juan Bautista, María. Hoy aparece en el relato del Evangelio la figura de San José. José aparece lleno de asombro, lleno de duda y perplejidad, con el temor de un  hombre bueno y honrado.

El problema de José

¿Cuál era el problema de José? José está desposado con Maria, la cual, antes de vivir juntos resulta que espera un hijo, por obra del Espíritu Santo. En la costumbre judía, los desposorios, que se celebraban antes de la boda, eran un compromiso matrimonial para los desposados, que ya eran marido y mujer. Si José quería romper ese compromiso no tenía más remedio que repudiar a la que ya era su mujer.

¿Por qué intenta José repudiar a su mujer? No es probable que José fuera ignorante de lo que pasaba con su mujer. Porque no parece probable que María, que conocía el misterio que se estaba realizando en ella, se lo hubiese ocultado. El problema de José no está en si cree culpable o inocente a su esposa.

El problema de José reside, más bien, en que conociendo de labios de María el secreto de su concepción virginal, no entiende el Misterio que encierra la acción de Dios. Por eso José quiere retirarse. ¿Qué pinta él allí?

Y entonces recibe el anuncio del ángel del Señor que le aclara el misterio que se está realizando en María. Esta es la afirmación central del Evangelio de hoy: la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María, es una concepción virginal, milagrosa: es obra del Espíritu Santo. Dios le confía  a José ser el padre legal del niño que va a nacer. Él será el que reciba a Jesús en el linaje de David al que José pertenece. Por eso, José le pondrá el nombre al niño, que es una función propia del padre entre los judíos.

 

Modelo de hombre de fe

José, el hombre justo, supera la prueba que se le ha presentado a su fe; desiste de abandonar a su mujer y, fiado en la Palabra de Dios, se adentra en la luminosa oscuridad  del misterio; asume su misión con responsabilidad y se entrega con plena disponibilidad al plan de Dios, renunciando a todo protagonismo de relumbrón. La figura de San José aparece así en el Adviento como modelo de hombre de fe.

Nosotros

A nosotros, a cada uno, como a José, nos llama el Señor. Nuestra vida también conoce la prueba de la fe, y también como José hemos de responder al proyecto de Dios. Ante la pregunta, el miedo, la duda, la perplejidad, contamos con la respuesta de Dios en su Palabra. No se nos ofrecen evidencias, por eso nuestra respuesta es en la fe. Respondemos fiándonos. Hemos de entrar en contacto con el Misterio oscuro y luminoso de un Dios que se hace Dios-con-nosotros. Un Dios cercano.

Hemos de fiarnos. No se nos ofrecen evidencias palpables. La fe, como decía san Juan de la Cruz, es noche oscura, pero noche vencida por el clarear de la alborada.

Hemos de aceptar a Jesús y ponerle nombre en nuestra vida: nombre de pobre, de hermano, de comunidad, de marginado, nombre de ayuda, de sonrisa, de perdón, de escucha, de palabra cercana…

Hemos de aceptar, como José, los planes del Dios-con-nosotros. Hemos de fiarnos y confiarnos en el misterio de Dios, que nos necesita, como a José, para seguir naciendo en nuestro mundo.

Que San José, modelo de creyente, nos ayude a responder, callada pero eficaz y confiadamente, al Dios que pide nuestra ayuda para seguir naciendo en nuestro mundo.

 

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José es justo porque observa la ley, que obligaba al marido a disolver el matrimonio en caso de adulterio y porque suaviza el rigor de la ley evitando la difamación pública.

José es justo, fundamentalmente, porque acepta el plan de Dios, aunque no lo entienda, le desconcierte y desbarate todos sus planes.

De José aprendemos a no juzgar ni herir a las personas, a ponernos en el lugar de los demás, a aceptar lo que no entendemos de nosotros mismos y de los demás, a tomar decisiones, a saber vivir un proyecto de pareja, a luchar por nuestros sueños,  el valor de la discreción, de la reflexión, del silencio...

Para hacerse presente, Dios no se sirve de grandes personajes, sino de una joven  y sencilla pareja que se conoce, se enamora y se casa. El nombre de Jesús –Dios salva- expresa su destino y su misión.

Todos tenemos un nombre en el corazón de Dios -nos conoce y nos llama por nuestro nombre- , y una misión que cumplir.

Dios sigue necesitando nuestra capacidad de amar, de creer, de crear,  de servir,  para seguir naciendo en el mundo y para hacer posible su mensaje de ternura, cercanía, paz, justicia y liberación.

Nuestra fe no consiste en creer que Dios existe, sino en descubrir con inmensa alegría que, en Jesús, Dios se hace cercano. No estamos solos.  Dios está con nosotros, compartiendo y solidarizándose con la vida, dificultades,  alegrías, aspiraciones y anhelos de cada persona. Camina con cada ser humano, con cada criatura, dándonos fuerza, ilusión, apoyo y luz.

Si, como María y José, nos abrimos al Misterio, al Espíritu, Dios viene  a nuestra casa, nace en cada uno de nosotros y llena nuestra vida de encuentro, de alegría, de esperanza y de sentido.

Y en cada uno de nosotros nace Dios.

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Título: ¿Qué nos dice un nombre?

Tema: Hay salvación en el nombre de Jesús. Adviento 4, Año A

Objeto: Se puede conseguir un libro del significado de los nombres en una biblioteca. Usted puede usar también las tarjetas o cartas que se consiguen en las tiendas de regalos y en librerías. Las hay que traen el nombre y lo que significa.

Escritura: "Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21 - NVI).

¿Qué nos dice un nombre? ¿Alguna vez te han preguntado qué significa tu nombre? ¿Sabes lo que significa? Cuando tu mamá y papá supieron que iban a tener un bebé, ellos pensaron mucho en el nombre que te pondrían. Puede ser que buscaran en un libro que da el significado de los nombres. Busqué varios nombres para ver lo que significaban. (Usted puede buscar el significado de los nombres de varios de los niños que tiene en su grupo. Si no tiene un libro, hay varios lugares en el internet que dan esta información).

Juan es un nombre muy popular entre los varones y Juanita, o variaciones de este nombre, entre las niñas. Su nombre significa "regalo cordial de Dios".

¿Conoces a alguien llamado Daniel o Daniela? Su nombre significa "Dios es mi juez".

He conocido a algunos niños llamados Miguel y niñas llamadas Micaela. Este es un gran nombre que significa "uno que es como Dios". Uno de los ángeles en la Biblia se llama Miguel.

Cuando José y María supieron que iban a tener un bebé, ellos no tuvieron que ir a una biblioteca a conseguir un libro para escoger el nombre de su bebé. De hecho, no tuvieron que escoger su nombre. Dios envió un angel a decirle a María y a José "le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". El nombre de Jesús significa "el Señor salva". Dios nos amó tanto que envió a su único Hijo a morir en una cruz para salvarnos de nuestros pecados. La Biblia nos dice que no hay otro nombre por el cual podamos ser salvos.

¿Qué nos dice un nombre? ¡Si el nombre es el de Jesús, nos dice que hay salvación!

Señor, te damos gracias que hay salvación en el nombre de Jesús. Durante esta época tan festiva, ayúdanos a recordar que es Su cumpleaños el que celebramos.