Reflexión de Navidad

Gloria a Dios

Cuando los ángeles cantan la gloria de Dios, cuando nosotros lo seguimos repitiendo, ¿de qué estamos hablando? ¿Dónde está, Señor, tu gloria? No en los pedestales, en los photocall, en las entregas de premios. No en las portadas de los magazines, ni en las listas de éxito de la revista Forbes. Tú no decidiste entrar en el mundo por la puerta de la fama, del glamour o del éxito. Optaste por otro camino, y llegaste desde abajo.

Cuando oigo en los medios hablar de “tocar la gloria”, “estar en la gloria”, etc. siempre evoca momentos de triunfo, de victoria y celebración: la victoria de un equipo en una competición deportiva es, quizás, el mejor reflejo de esta gloria. Suena el canto de Queen “We are the Champions”, del cielo cae confeti, miles de gargantas rugen, entusiasmadas, y el capitán eleva la copa, aupado por los suyos. 

Qué distinta esa gloria a la tuya. La tuya es la constatación sencilla de que la victoria final es del amor, de nada más. 

Es la gloria de la coherencia, de la fidelidad a un proyecto y a una gente. Es el brillo de un amor que se da. Así, tan puro, tan pequeño, tan sencillo y tan difícil. No hay más camino, ni más sentido, ni más horizonte. Todo lo demás, a su lado, es pura fachada.

¿Qué es lo que más admiras en Dios, y en el misterio del Dios hecho niño en Navidad?

____________________________________

 

«¡… y en la tierra paz a los hombres que él ama!» (Lc 2, 13)

Ahí está el anuncio del ángel. Gloria a Dios, y paz en la tierra. Un binomio inseparable. Porque la guerra, la división, la violencia, desgarra el corazón de un Dios que nos quiere con locura. La paz es la respuesta al amor. Es una decisión, una opción, y un compromiso. Construir la paz, tender una mano, bajar los puentes levadizos.

 

Seguramente hay en mi vida alguna que otra guerra, alguna que otra alambrada puesta, algún que otro muro que me separa de otros. No es fácil abrir esas puertas. Pero es necesario, para facilitar el encuentro y la concordia. 

 

 

El grito de paz en la tierra no es la constatación de algo que ya está ocurriendo –demasiadas veces sabemos que eso no es verdad–. Es, más bien, una declaración de intenciones. 

Lo que Dios quiere, lo que en Jesús propone, lo que con nosotros espera, es que, a su manera, desde la pequeñez de un niño, construyamos, juntos, la paz.

 

¿Cómo puedes, hoy, contribuir a llenar la tierra, tu tierra, tu espacio y tus ambientes, de paz?

 

 

Tanto por hacer

Practica el amor, y no el odio,
haz la paz, y no la guerra.
Si tienes ganas de bronca,
haz crucigramas,
y déjate de tonterias.

Haz de tu casa un hogar,
y no un refugio antiprójimo,
Haz, con tus manos, sombras chinescas
para alegrar a los niños tristes.

Ahueca las manos,
haz con ellas un megáfono,
llévatelas a la boca,
y ahora grita,
a pleno pulmón,
que ya está bien
de poner barreras
entre hombres,
entre pueblos,
entre historias,
entre “nosotros” y “ellos”.

Haz, en tu porción de tierra,
un jardín, un huerto, o un parque,
no una trinchera.